LAS TINIEBLAS Y LA FE

Santiago Ubieto

 

¿Y ahora qué?.

Es una de las preguntas que surgen de nuestro actual estar en el mundo.

El hombre occidental de hoy, un número importante de los individuos que vivimos en los países de mayor abundancia de bienes materiales, en las sociedades de la abundancia, ha alcanzado un nivel de consumo y también, en muchos individuos, de consumismo nunca imaginados por quienes nos han precedido, ni soñados por nosotros mismos hace tan sólo 40 o 50 años. Es este un hecho característico de las sociedades que algunos denominan avanzadas.

 

Llamo la atención, a modo de digresión muy breve, sobre un nuevo engaño del lenguaje que la sociedad impone, se trata del término bienes al referirnos a las mercancías. Pensemos por un momento en la expresión usual: bienes materiales, bienes, bienes y servicios; llamamos bienes a las mercancías.

La primera acepción del diccionario de bien: "según es debido, con razón, perfecta o acertadamente", otra acepción: "aquello que en sí mismo tiene el complemento de la perfección en su propio género, o lo que es objeto de la voluntad, la cual no se mueve ni puede moverse sino por el bien, sea verdadero o aprehendido falsamente como tal" y otra acepción: " utilidad beneficio", más adelante el diccionario da una clasificación y definición de bienes materiales como: gananciales, de equipo, fungibles, raíces, etc.; es decir, toda clase de mercancías y también de bienes naturales (éstos sí lo son).

En nuestro hablar, en los libros aparece así también, convertimos bien en mercancía, ésta es: "todo género vendible", los significados primeros de bien: lo perfecto,... se confunden con mercancía, lo vendible. El bien es algo vendible al ser lo mismo que mercancía, el bien lo convertimos en nuestro hablar en una simple mercancía. La mercancía es la perfección, lo perfecto, lo vendible es lo perfecto. Sabemos qué hay tras las mercancías.

Sabemos también que, con frecuencia cada vez mayor, las mercancías en su producción proceden de males masivos como: el deterioro medioambiental que ocasiona una parte de la producción y del consumo de mercancías, la explotación salvaje, cruel y masiva de mujeres y hombres sin derechos que cobran por exactamente el mismo trabajo que en nuestro Occidente de derechos 30 veces menos, de millones de niños esclavos en minas, plantaciones, etc., de modos de producir realmente feudales en extensas zonas de algunos países, etc. Males que proporcionan mercancías, las llamamos bienes, males que utilizamos para nuestro beneficio exclusivo, para nuestro provecho. De males obtenemos bienes, gran paradoja.

Aunque es un tema importante este del lenguaje y los cambios que hacemos que producen oscuridad y tinieblas, no es posible incidir en el mismo en este momento, pero sí recuerdo algo que puede servir para la reflexión: Wittgenstein explica que: "Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo" y más adelante: "Que el mundo es mi mundo se muestra en que los límites del lenguaje (del lenguaje que sólo yo entiendo) significan los límites de mi mundo. El mundo y la vida son una y la misma cosa"[1]. Cambiamos el lenguaje, nuestro lenguaje, mi lenguaje y gradualmente el mundo, nuestra percepción y nuestro estar en el mundo. Limitamos el mundo, lo reducimos o lo cambiamos. Modificamos nuestro mundo y por consiguiente nuestra vida, la forma de vivir.

En la misma época y desde otro punto de vista Orwell incide en lo mismo: "¿No ves que la finalidad de la neolengua es limitar el alcance del pensamiento, estrechar el radio de acción de la mente?. Al final, acabaremos haciendo imposible todo crimen del pensamiento. En efecto, ¿cómo puede haber crimental si cada concepto se expresa claramente con una sola palabra, una palabra cuyo significado esté decidido rigurosamente y con todos sus significados secundarios eliminados y olvidados para siempre?" y poco más adelante: "¿Cómo vas a tener un eslogan como el de "la libertad es la esclavitud" cuando el concepto de libertad no exista?"[2].

Recordemos que la sociedad entre sus medios coactivos tiene, además del coercitivo normal, el lenguaje.

Los cambios de lenguaje, del sentido y significados de las palabras son constantes en nuestra sociedad, son unidireccionales y limitativos, se da en todos los órdenes de nuestras vidas. La cantidad de palabras y cambios de sentido es de tal magnitud que posiblemente la gente de hace una o dos generaciones entenderían poco o tendrían una gran confusión.

El lenguaje tal como se manipula y enturbia lo único que consigue es sumergirnos un poco más en las tinieblas.

 

Gran parte de los individuos de nuestra sociedad occidental, la que se encuentra en el centro del sistema, tiene sus necesidades materiales y algo más que eso resueltas. Sin embargo hay una clara insatisfacción en los individuos de esta sociedad, así lo reflejan, desde hace algunos años, numerosos pensadores profesionales y estudiosos de la sociedad. Desde esta situación no hemos sido capaces de avanzar colectivamente, como sociedad y pocos como individuos. Hemos llegado a construir esta sociedad, que es una pequeña parte de toda la sociedad del mundo que llamamos globalizado, la sociedad de la abundancia, pero no vemos nada más y poco hacemos. Una de las preguntas posibles ante esta situación en la que estamos es: ¿Y ahora qué?.

¿Qué hacemos?. No podemos hacer algo con sentido si antes no sabemos quiénes somos, cada uno y todos como sociedad.

El hombre occidental de hoy no tiene una percepción clara ni de Sí mismo ni del mundo, de todo el mundo, y de su hacer en el mundo y con el mundo que se ha dado en llamar globalizado, del mundo en el que está inmerso y con el que se encuentra totalmente interrelacionado de manera vital, al menos para satisfacer sus necesidades de consumo y sus pulsiones de consumismo.

No sabemos qué hacer con nuestras vidas, no sabemos para qué nuestras vidas, no sabemos por qué nuestras vidas. Ante esa oscuridad de no saber huimos de muchas maneras. Huimos de nuestras tinieblas a las tinieblas del brillo artificial y ficticio. En lo profundo de cada uno y en lo profundo del espíritu de nuestra sociedad y de nuestro sistema nos encontramos en tinieblas, en un mundo tenebroso, oscuro, cubierto de sombras en medio del brillo aparente de nuestro mundo de cosas, de mercancías, del brillo necesario para que a lo sumo representemos una ridícula función, un rol vacío, para que la misma función continúe siempre.

 

En lo que la gente escribe, ya sea ficción, filosofía o cualquier forma de pensamiento, las reflexiones y los relatos suelen mostrar un mundo, procedente del real, bastante desesperanzador, eso sin hablar de la historia de los hombres y las sociedades cuando se reflexiona sobre ella.

Diferentes pensadores explican y describen que el hombre occidental de hoy ha perdido la fe: "se tiene por postmoderna la incredulidad con respecto a los metarrelatos"[3]; la incredulidad, dicen esos pensadores, no espera una salida salvadora y, al mismo tiempo, la condición postmoderna es extraña al desencanto.

Seguramente el hombre de la sociedad occidental actual, en lo sustancial, no es muy diferente del hombre de otras épocas, salvo en que hoy tenemos más cosas y las formas y la imagen que dejamos y deseamos que nos seduzcan nos cubren de mayor oscuridad. El hombre, si es en plenitud, es en cualquier época, se es hombre. Pero es ahora cuando se expresa que vive en la incredulidad. ¿Ha tenido el hombre fe alguna vez?.

No parece que la actual sociedad sea extraña al desencanto, como dicen algunos pensadores, posiblemente es extraña a la fe y eso lleva al no desencanto.

Tenemos cuanto podemos desear para satisfacer nuestras necesidades materiales, pero no vivimos felices; andamos por inercia y nos escondemos al mundo real y del mundo real, aunque vivimos en un mundo de información instantánea y de imagen.

Nuestra sociedad occidental, esta sociedad de abundancia de mercancías, tiene su fundamento más firme en la injusticia que nosotros escasamente creemos sufrir y que de forma escandalosa infligimos a la inmensa mayoría de ese mundo globalizado, decimos, pero que sólo lo es en una dirección, la de nuestros individuales y exclusivos interese y utilidad material inmediata; es una injusticia directa, clara, sin paliativos y que para nosotros hombres libres, decimos, no es tal sino que forma parte de nuestros numerosos derechos.

Si el valor básico de nuestro mundo es la injusticia ignorada por nosotros, lo que de ello se deriva no puede ser más que la oscuridad encubierta por el brillo de las cosas, de las mercancías, el autoengaño colectivo, la dilución de nuestra propia responsabilidad en el todo impersonal, en la culpa de la sociedad entera, que es la de cada individuo como tal, la mía, y que nosotros convertimos en nuestro derecho al pervertir nuestra razón, nuestra voluntad y nuestros sentimientos.

Si la sociedad occidental se ve deslumbrada por los extraordinarios avances técnicos y creemos que eso es todo, el fin último, y es lo que nos permite tener mayor poder sobre otras sociedades y eso nos dará respuestas y nos permitirá dominar a nuestro antojo el mundo, la gente, la naturaleza, la vida, tal vez algún día el universo, nuestra sociedad como tal es además una sociedad llena de soberbia y de arrogancia.

Creemos que la felicidad se alcanza con el consumismo, con la posesión de cosas o de gente, y a eso lo llamamos amor, placer buscado compulsivamente sin más fin que el instante de satisfacción propia y tras eso efímero queda el vacío, la inanidad, la indiferencia vacía, la indiferencia ante los demás, la confusión ante la dualidad moral en que nos movemos: lo que creemos debe decirse como correcto socialmente y lo que hacemos en nuestra realidad cotidiana sin cuestionamiento, en la que todo vale; es otra clase de utilitarismo, de nuestro utilitarismo en el sentido más burdo.

Todo eso forma parte de las tinieblas que cubren a nuestra sociedad entera y a cada uno de nosotros, porque no somos, porque jugamos un rol social en esta cuyo fundamento es la oscuridad de la injusticia y el brillo de las cosas.

 

Nos falta algo, entre otras cosas creer, la fe y la pasión que hay en la fe, en los hombres de fe. Fe en algo, fe racional, fe liberadora desde una situación individual y social que nos impulse a construir con solidez.

Es la fe como pasión: " La fe es la más alta pasión del hombre... Pero incluso a aquel que no llega a la fe, ofrece la vida sobradas tareas, y si las emprende con amor, su existencia no será en vano, aunque nunca se puede parangonar con aquellos que se elevan hacia lo más alto y lo alcanzan"[4]. En el mismo sentido, cien años después: "La fe, en este contexto, como asimismo en muchos otros, significa la emancipación absoluta de toda la especie de "ley" natural y, por tanto, la más alta libertad que el hombre pueda imaginar: la de poder intervenir en el estatuto ontológico mismo del universo. Es, en consecuencia, una libertad creadora por excelencia"[5].

 

En lo más hondo, tal vez, las tinieblas tienen su origen en nuestra soberbia y en nuestra ignorancia que provocan una descomunal injusticia global, y la fe racional y liberadora en la sinceridad que lleva a la humildad y en la justicia cuando ésta procede del amor verdadero.

 

 

Las tinieblas

Observado el mundo actual, nuestro mundo entero, no se percibe un mundo de hombres felices, ni en nuestro minoritario Occidente, consumista como sucedáneo de la felicidad, ni en la inmensa mayoría del mundo subdesarrollado económicamente.

Arrastramos siglos de historia, nefasta desde la perspectiva del hombre feliz; siglos de andar por el mundo. Nuestra situación, nuestro estar como individuos no ha cambiado, lo han hecho las formas, algunos avances aparentes, pero nada más. Así, los modos de producción se han refinado en las formas pero su fundamento es el mismo: la explotación de unos hombres por otros, la apropiación de vidas o de partes de ellas por unos hombres en perjuicio de otros hombres. Este punto es fundamental, es lo que nos permite satisfacer nuestras necesidades, las vitales para vivir y las superfluas; cuando esto lo utilizamos de la forma que nos cuenta la historia desde siempre estamos viciando nuestro propio ser hombres y nos convertimos en verdaderos depredadores, pero con capacidad de razonar, y conseguimos que tengamos todas nuestras capacidades, nuestras posibilidades totalmente desaprovechadas, lo que perjudica a cada individuo y a toda la sociedad.

Las miserias provocadas, las guerras, los enfrentamientos, los robos, sean legales o no, las vejaciones, etc.

En realidad hemos estado y seguimos viviendo en las tinieblas, en las que desde siempre hemos individual y socialmente: desatinos y sufrimiento provocados por todos a todos.

 

Tiniebla significa: "falta de luz", también: "suma ignorancia y confusión, por falta de conocimiento" y: "oscuridad, falta de luz en lo abstracto o en lo moral". Estas definiciones que da el diccionario pienso que expresan nuestro estar individual y nuestro estar social.

La idea, la situación de tinieblas subyace en nuestro andar desde los mitos, leyendas o relatos religiosos antiguos que al mismo tiempo sugieren una salida liberadora hacia el hombre total a partir de lo que tiene en sí, salida simbolizada en la palabra como vehículo para ir y hacer en el mundo. La palabra, en este sentido puede interpretarse como: luz, razón o poder entre otras posibilidades. El hombre, en algún momento, aparece dotado de numerosas cualidades y facultades que se expresan por medio de la palabra. No está claro por qué razón el hombre tiene en sí las facultades que lleva dentro, tampoco cómo se han originado, no sé si las teorías evolucionistas u otras lo explican con total claridad. Aunque los mitos y relatos antiguo son eso tan sólo, pueden servirnos, no para explicar, pero sí para ver que en ellos y en lo que transmitían a las civilizaciones en que surgieron se parte de alguna idea del hombre.

Como es natural las explicaciones que aquí se dan no pueden considerarse más que interpretaciones cuestionables y nunca verdades de alguna clase. Son interpretaciones que pueden ser útiles para lo que intento explicar.

Mundos importantes en nuestra cultura y civilización occidental son el judeo-cristiano y el griego. Veamos esto, no sé si analogía, de la palabra que es facultad únicamente del hombre, una forma de expresión y una forma de actuación desde dentro del individuo.

En el mundo judeo-cristiano, el Génesis empieza así: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo... Dijo Dios: "Haya luz", y hubo luz"[6]. La palabra primera la pronuncia Dios, es expresión de una idea, en este caso de la creación, que llega a su concreción, se convierte en realidad, muestra poder creador, pero no de los hombres. La creación empieza por la luz, la palabra origina la luz, es luz.

Una vez creado el hombre, Adán posee el don de la palabra desde el primer momento, empieza a poner a los animales sus nombres, es decir, el hombre está dotado por Dios de sus facultades, según la Biblia, posee el don de la palabra, la luz que manifiesta desde dentro, desde lo que el hombre es, el hombre posee luz.

Poco después, en el mismo Génesis, aparece el relato de la Torre de Babel en el que se muestra cómo la soberbia confunde a los hombres y los separa al no poder comunicarse todos por medio de la palabra. La luz es individual y la totalidad de la luz es colectiva. En Babel la palabra se convierte en algo confuso, supone confusión entre los hombres, oscuridad que procede de la soberbia. Es la idea de la separatividad frente a la unión inicial, frente a la posibilidad de integración, el todo se descompone en sus partes que se separan, el todo es incompleto.

Muchos años después, en lo nuevo, al principio de lo nuevo y en el mismo judaísmo, cuando se acaba de producir la transgresión de las formas rígidas de lo antiguo y se inicia una posibilidad de vida amplia y liberadora, es San Juan quien recupera la idea de la palabra y completa el sentido de lo antiguo: "En el principio existía la Palabra... en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron" y poco más adelante: "La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció"[7]

La palabra, idea y concreción de luz, de Dios origen de la vida. La idea-vida-Dios llega al mundo y se dirige al hombre que la posee desde el primer momento como un don que muestra lo que lleva en sí.

Poco después llega Pentecostés, una lengua, de una u otra clase, permite que todos los hombres puedan volver a comunicarse entre ellos sin las barreras de la palabra rota antes, aquí se concreta en el amor. Frente a la separatividad de Babel aparece la integración, como posibilidad, de Pentecostés. El todo sin que falte ninguna de sus partes, todos los hombres. Frente a la soberbia es el amor.[8]

Tanto en el Génesis como en San Juan se vinculan palabra y luz, palabra y vida, palabra y creación, idea y concreción y en sentidos opuestos se relacionan Babel y Pentecostés, soberbia, confusión, oscuridad y amor, luz; separatividad e integración.

Para los griegos es diferente. Caos, que es el principio, el desorden original anterior a la existencia de los dioses y los hombres, la oscuridad primordial; tiene hijos: Erebo, las tinieblas infernales y Nix, la noche, se casan y dan a luz a Eter, el aire y Hémera, el día, además de Hipnos, el sueño, Geras, la vejez y Némesis, la justicia o castigo. Eter es la parte superior del cielo, la más radiante y pura, morada de Zeus que aparece más tarde. Eter se une con Hemera y da luz a Tierra, Cielo, Mar,... Gea, Gaia nace tras Caos, sin intermediación de varón. Más tarde llega todo el lío de Urano, Cronos, los Titanes, Zeus, etc. y el resto de los dioses que siempre representan algo: pasiones, fuerza, virtudes, etc.

También surge la luz tras el caos, la diferencia está en que en la Biblia, Dios es, sin más, la vida se supone es en El y es anterior a las tinieblas, pero para el hombre empieza y surge de la luz; para los griegos la vida surge del caos, de la oscuridad primordial y la palabra, la idea no existe todavía. En las dos civilizaciones aparece la luz pero con distinto origen y diferente función.

Los griegos hacen aparecer la palabra tras la creación, por llamarla de alguna manera, algo más tarde la palabra da lugar a una lengua luminosa desde la razón, desde la lógica tras la irracionalidad anterior, se avanza en las posibilidades del hombre, en el desarrollo de sus facultades.

En la Biblia la iluminación del hombre llega a partir de la fe, entre los griegos a partir de la razón.

Para los griegos el alfabeto lo inventó Hermes, posterior a los primeros dioses, es también dios de sabiduría, es hijo de Zeus, aunque en la tradición mitológica la escritura fue inventada por Prometeo. Cuenta Platón en Fedro que Teuth (Toth) descubrió el número y el cálculo, y también la geometría y la astronomía, y, además, el juego de damas y el de dardos, y, sobre todo, las letras; explica que "son canales por donde se transmite, en todo tiempo, esa semilla inmortal, que da felicidad al que la posee en el grado más alto posible para el hombre" y luego, "que los escritos que sirven de enseñanza y se pronuncian para aprender-escritos realmente en el alma- y que además tratan de cosas justas, bellas y buenas"[9].

Hay una posible tercera idea de la palabra que no suele considerarse, la palabra como poder. En Egipto, explica el "Libro de los muertos", Ptah ha creado todo lo que existe, antes de él no existía el ser ni existía el no ser, y referido a Ptah: " en los orígenes, las tinieblas cubrían las tinieblas. Encerrado en el vacío, lo Uno, accediendo al ser, tomó entonces movimiento por el calor"[10]. Ptah creó los dioses y Egipto emergido de las aguas primordiales. Gracias a Ptah las palabras divinas fueron pronunciadas al comienzo del mundo y los dioses conocieron la existencia. Ptah es el "corazón y la lengua".

El sentido de la palabra es diferente a los anteriores. Dios, lo Uno, nace, accede al ser en algún momento, pero sobre todo las palabras divinas tienen poder, el "Libro de los muertos" hace referencias a las palabras que mágicas que impiden que los cuerpos se corrompan, a pronunciar el ka las palabras que abren puertas y permiten escapar de divinidades que como Shesmu "devoran el poder mágico de las palabras". Las fórmulas mágicas, las letanías que se recitan para estar en otro mundo, para saber.

Puede pensarse en otro sentido de la palabra: poder, inmortalidad, conocimiento de lo oculto.

 

Tras las tinieblas y el caos, de diversas formas aparece la palabra que, según leyendas y mitos de esas civilizaciones, es Dios, vida, luz o se plasma en razón lógica o incluso en poder, conocimiento de lo oculto o hasta ayuda a alcanzar la inmortalidad.

Los hombres aparecen en algún momento, después de la palabra, ya sea creados directamente por Dios o por Prometeo, en algunas leyendas; en todos los caso habla, está dotado de la palabra, de lo que hay tras ella, con ella empieza su andadura por el mundo. Posee todos sus dones, todo su bagaje para hacer y para ser en el mundo.

Los antiguos órficos decían que el hombre es hijo de la tierra y del cielo estrellado.

Estos mitos y alegorías en los principios de civilizaciones, de formas de estructurar explicaciones, pueden servir como analogías para, de manera simbólica y mítica, explicarnos algo, aunque no puedan considerarse como verdad de ninguna clase. Nos ayudan a ver lo que ya sabemos, que el hombre está dotado de la palabra y tras ella de numerosas facultades más o menos desarrolladas. Que el hombre por medio de esas facultades es capaz de tener claridad, de razonar lógicamente, de influir en el mundo. Sin entrar en cómo han llegado a él esas facultades y en otras consideraciones, el hecho es ese. El uso que hace de cuanto posee le lleva en una u otra dirección porque, al poder decidir qué hace o qué no hace con lo que tiene, posee un grado de libertad. En esa facultad de hacer o de omitir y de ser responsable de sus hechos y de sus omisiones empieza su libertad.

 

A partir de las inimaginables posibilidades que tiene el hombre al desarrollar sus facultades estamos, nos encontramos en el mundo unos a otros, vivimos hoy en una sociedad mundial en la que todos, de una u otra forma, estamos vinculados con todos y con todo. Pero este estar en el mundo del hombre de hoy es insatisfactorio. No voy a repetir o resumir lo mucho hablado y escrito sobre esto, tanto en la literatura como en toda clase de pensamiento o en las simples informaciones, en las noticias que cada hora llegan de todas partes. Es un hecho incuestionado.

Tenemos todo a nuestro alcance, posibilidades sin límites a partir de lo mucho que cada uno poseemos de esas facultades apenas desarrolladas por nosotros. Sin embargo, hemos actuado en dirección contraria a la que nos hubiese permitido construir un mundo mejor. El hombre posee la luz, la razón o, por lo menos, la capacidad para tenerlas siempre presentes, pero eso lo hemos pervertido. Con la libertad que tenemos hemos pervertido la luz, la razón, el poder a nuestro alcance; hemos pervertido nuestra razón, nuestra voluntad, nuestros sentimientos. Andamos en tinieblas.

Las causas de esa perversión pueden ser varias. Hay teorías diversas acerca del llamado pecado original, desde el asesinato del padre hasta creencia para unos, leyendas o mitos para otros de la expulsión de Adán del Paraíso. Pero es el hombre quien usando su libertad actúa de una forma o de otra.

 

Ante las preguntas anteriores: ¿qué hacemos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿para qué?, preguntas de siempre, y ante la ausencia de respuestas tal como nosotros las queremos y exigimos y además las que deseamos y dado lo poco que hemos sido capaces de desarrollar nuestras facultades, huimos de muchas formas: en nuestro mundo occidental hacia las cosas, en otros mundos hacia la desesperanza en la miseria que nosotros provocamos.

Ante nuestra imposibilidad para resolver de forma utilitarista, la nuestra, el problema, aceptamos cuanto la sociedad hace, pero la sociedad somos nosotros.

Tal vez, a lo largo de siglos, hemos puesto tal cantidad de barreras de tinieblas y oscuridad individuales y sociales que eliminarlas supone una tarea tan ardua que ni nos la planteamos, que ser verdaderamente libres como individuos ni lo imaginamos, aunque solemos creer que somos libres.

Una de esas barreras de tinieblas es la injusticia, hay otras, pero tal vez sea una de las que más oscurece la razón y el corazón, injusticia cometida colectivamente por nosotros y asumida individualmente no como tal sino como un derecho más.

Sabemos perfectamente que el sistema capitalista tiene como fundamento más sólido la injusticia institucionalizada, es decir, admitida y profundamente arraigada en las conductas de los individuos, a partir de la que se establecen las relaciones normales en la sociedad hasta el extremo de no cuestionarnos nada. La sociedad, es decir, nosotros, nunca nos lo explica, nunca nos lo explicamos a nosotros mismos, ni queremos que lo haga, ni en la enseñanza y formación que da a sus miembros, ni en los diferentes medios que tiene para informar, difundir, etc. La misma sociedad, nosotros, huye, huimos de cualquier reflexión que suponga cuestionarnos algo de la sociedad y por consiguiente de cada uno de nosotros en nuestra actuación y por qué actuamos injustamente, tan sólo nos planteamos nuestros derechos, mis derechos, que suelen alejarnos de la verdadera libertad tal como los exigimos y se estructuran.

 

Platón, que escribió "La República" para explicarnos, sobre todo, la justicia, cuenta, entre otras muchas cosas, la conocida alegoría de la caverna y lo hace al hablar de la naturaleza humana  "con relación a la educación y a la falta de ella"[11], en esa alegoría nos habla de las sombras y de la luz cuando se produce "esa subida al mundo de arriba y la contemplación de las cosas que en él hay, con la ascensión del alma hasta la región de lo inteligible" y luego indica que lo "último que se percibe es la idea del bien, idea que una vez percibida, da pie para afirmar que es la causa de todo lo recto y hermoso que existe en todas las cosas. En el mundo visible ha producido la luz y el astro señor de ésta, y en el inteligible, la verdad y el puro conocimiento. Conviene, pues, que tenga los ojos fijos en ella quien quiera proceder sensatamente tanto en su vida pública como privada"[12]

Retengamos esta historia de sombras y de luz.

El mismo Platón en "Banquete", nos explica que es "feliz quien posee las cosas buenas" y continúa con la relación del amor y la belleza de las almas, luego llega a las normas de conducta, a los bellos conocimientos, a la belleza absoluta para engendrar virtudes, la verdad. Platón nos enseña que la luz está en la belleza entendida en el sentido amplio señalado antes, en el bien, la virtud,...[13]

Si se acepta eso como correcto, como cierto y lo comparamos con nosotros, con cada uno y con nuestro mundo, con nuestra sociedad, nosotros, lo que vemos es oscuridad, tinieblas, vacío, nada.

Cono es normal en nuestro mundo, cuando se plantea algo como lo anterior, siempre dice que eso es irreal, la gente dice, decía realmente, ahora ni eso, habla de amor platónico referido a algo puro, ideal, inalcanzable o ingenuo por lo absurdo que lo cree. En realidad se rechaza ya no una salida, sino cualquier posibilidad de una salida, aun individual, que suponga algo diferente a lo que hemos hecho siempre, es decir, se rechaza una actuación que, tal vez, nos permita avanzar desde lo profundo y sincero de cada uno, en última instancia nos decimos que nadie actúa así y que sería ingenuo, que el mundo es de otra forma. Pero el mundo lo hemos construido nosotros y lo seguimos construyendo en cada momento.

Según esto, Platón y otros serían unos perfectos imbéciles, es decir, escasos de razón, si sus planteamientos y razonamientos fuesen un mero ejercicio de entretenimiento intelectual, un producto cultural más, una mercancía de consumo sin otras pretensiones, a lo sumo serían diletantes, que se interesan por el saber como aficionados. Sin embargo sus razonamientos desde la razón, desde el corazón, desde el alma, son para vivir, no para hacer especulaciones intelectuales estériles, como suele suceder. Hablan de la naturaleza humana, de nuestra naturaleza en lo que tiene de contradictoria y en algo de lo que puede llegar a desarrollar.

De todo eso hace bastantes años, tal vez todos ellos estén desfasados, pero el hecho es que nosotros, hoy, no nos hemos acercado a la felicidad y sí a masificar la injusticia y aceptarla como un derecho más, sin querernos enterar de lo que realmente hacemos. Quizá los imbéciles, los escasos de razón, no sean Platón y otros sino nosotros que, ante las inmensas posibilidades que cada uno tenemos como hombres, no sólo no hacemos nada sino que pervertimos, viciamos y despreciamos aquello que podría llevarnos a la felicidad.

 

Tal vez la reflexión deba empezar por la injusticia y por la justicia.

La idea de justicia tan sólo nos llega cuando nosotros creemos sufrir alguna injusticia, aunque no lo sea. Reclamamos y exigimos la justicia que la sociedad dice que es tal o la que nosotros creemos que es. Esa idea de justicia depende de culturas, creencias, etc. que impregnan la sociedad y establecen algo a lo que llamamos justicia.

 Una idea de justicia aceptada y puesta en práctica por todos es imposible. Existen distintas concepciones del hombre, diferentes maneras de razonar, creencias religiosas diversas e intereses privados o de grupos sociales opuestos; en todos los casos creen estar en posesión de la idea de justicia que debe imperar en la sociedad; eso es imposible. Según quien sea hegemónico se establecerá una justicia en la sociedad, diferente y hasta opuesta a la que pueda existir en otra sociedad distinta. Si embargo todos dicen que en su sociedad se imparte justicia.

La justicia es importante en la sociedad y se impone la que sea, de ella, de su idea, dimanan leyes. Tendemos a confundir justicia y ley, sabemos de numerosas leyes que son injustas.

Una idea de justicia universal es imposible, lo que no deja de ser revelador de cómo funcionamos los individuos en el mundo. Cuantas declaraciones se hacen en este sentido, con frecuencia solemnes y bastante bien escenificadas, no son más que el engaño de unos y el autoengaño de otros para creer que hemos avanzado en derechos, libertad, etc. Tras esas declaraciones, los que las hacen olvidan que la sociedad está lejos, en su espíritu y deseos verdaderos, de lo que se dice e inmediatamente por razones sociales, políticas, etc. se hace imposible su práctica y se actúa en sentido contrario. Las declaraciones se hacen según unos principios e ideales lógicos en lo abstracto de la sociedad, nada más. Los que tienen por profesión explicar e intelectualizar todo eso, lo que hacen, desde su posibilismo, es explicar, entender y justificar pragmáticamente, es decir, según los intereses exclusivos propios o de su sociedad, el incumplimiento de las buenas palabras.

 

La justicia y la injusticia. Siglos de discusión. Siglos de injusticia y sufrimiento masivo.

La gente suele tener alguna idea de la justicia y de la injusticia, siempre en consonancia con los intereses exclusivos de cada uno. Antes he citado las instituciones, he recordado que establecen las reglas del juego y formas de relacionarse la gente; proceden de conductas arraigadas en los individuos, con frecuencia a lo largo del tiempo, a veces se establecen formalmente, son: leyes, contratos, constituciones, etc. y a veces dan lugar a algunas organizaciones. Sin arraigo una institución como la justicia o cualquier otra, por más hermosa que pueda ser una idea social, jamás funcionará; su práctica depende de los socios de esa sociedad, de sus conductas, de sus valores y además en una cantidad suficiente de gente para que empiece a ser algo aceptado. Si arraiga algún valor en la sociedad y ésta intenta vivir de acuerdo con él, la sociedad se encamina, empieza a construir esa clase de institución. Pensemos en la propiedad privada, está tan arraigada que nadie la cuestiona, en la familia, etc.

 Cuando se cuestiona algo es porque otros valores y las conductas correspondientes van introduciéndose en la sociedad. Hay instituciones que perviven a lo largo de los siglos y otras de menor duración. En las instituciones más apenas se han producido cambios, a veces tan Sólo en las formas dados los avances técnicos o de otras clases que también tienen su origen en las instituciones. Pensemos en la depredación humana como institución y en una de sus varias manifestaciones: en los modos de producción; se han producido cambios únicamente en las formas, nunca en el fondo y cuando se han intentado cambios profundos, al imponerse por la fuerza esos cambios y no tener arraigo en la sociedad ni haber tenido tiempo, los tiempos en esto suelen ser largos, de arraigar como algo normal, las cosas, esas sociedades no han funcionado.

La idea de justicia que procede de la sociedad podemos intuir que es muy difusa y muy diferente según sociedades.

Pero la idea de justicia y su práctica no es algo aislado, es para la vida en sociedad, se plantea cuando hay actuaciones, intereses opuestos, ya sea entre individuos o entre algún individuo y la sociedad.

A partir de eso habrá que plantearse previamente qué desea un individuo cualquiera, que no esté demasiado enfermo, para vivir en sociedad, pues es inevitable. Satisfechas sus necesidades fundamentales, muchos individuos desean ser y vivir libres, eso dice casi todo el mundo y suele considerarse uno de los valores supremos.

La reflexión sobre la justicia debe partir de la reflexión sobre la libertad. Es algo sobre lo que se ha pensado y escrito mucho y por lo que muchos hombres han luchado y han perdido sus vidas. Se plantea la libertad del hombre, del individuo y los límites que el poder, el estado, la sociedad pueden establecer sobre la libertad de los individuos, está también lo concerniente a las libertades formales. Según cómo se viva la libertad los límites serán escasos, según cómo los derechos específicos formales que establece la sociedad en algunos lugares y a partir de qué se entiende por libertad deben ser objeto de una reflexión seria.

En este momento no podemos abordar el tema fundamental de la libertad, vamos a aceptar una idea algo imprecisa, intuitiva, lo que la gente suele entender por libertad, condicionado por la sociedad de cada momento, del nuestro, tanto en las libertades, ya sea lo que Berlin llama libertad positiva y libertad negativa[14] como el concepto amplio del individuo que vive en sociedad, porque este es el hecho.

La libertad de cada individuo está también en la idea de justicia que en Platón es "hacer cada uno lo suyo"[15], pero esto puede suponer conflictos con otros individuos. Si aceptamos, de momento, la idea platónica de que la cuestión está en trabajar para el bien común, la libertad y la justicia últimas serán hacer cada uno lo suyo encaminado al bien común. Tras eso subyace la idea del amor entendido en sentido real, amplio.

La justicia sólo puede estar asociada a la libertad. Pero sólo puede haber justicia cuando el concepto y la práctica suprema de libertad, de hombres verdaderamente libres, esté arraigada en lo hondo de los hombres, que sea la institución superior de acuerdo con el concepto antes señalado. Tras esto, en la idea de justicia y libertad en lo más alto, el desarrollo completo de las ilimitadas posibilidades de cada hombre en Sí y en la sociedad y propiciado por la sociedad.

 

Volvamos ahora al mito de la caverna. volvamos a nuestro mundo real. Sólo vemos las sombras, la luz que por un momento nos ha podido cegar sigue allí, para nosotros fuera de la caverna, en el mundo completo, pero nosotros, que estamos atados dentro de la caverna, sólo vemos las sombras, no es lo que se ve en la luz: la totalidad, la plenitud. Algunos saben que la luz y en ella el mundo pleno está, existe, pero nosotros no lo vemos ni queremos verlo, además, supone esfuerzo, cambios profundos, cuando los hombres de la caverna son desatados no saben moverse inicialmente.

Nuestro mundo es el de las cosas, el de la justicia como institución que nos permite poseer cosas, poseer gente de una u otra forma, representar lo que no somos, estar en nuestra función-espectáculo en las sombras.

No somos libres, no sabemos qué es ser hombres libres y tampoco deseamos saberlo, no sabemos ser ni deseamos ser hombres. En las sombras creemos que lo que tenemos es la libertad, que eso es el mundo, que eso es la vida y lo aceptamos así, aunque sabemos de nuestra insatisfacción profunda encubierta con mil engaños, pero no sabemos por qué, y las cosas que nos ofrece el mundo, siempre insuficientes para nosotros, creemos que nos darán la libertad o por lo menos satisfacción.

La injusticia primera la cometimos en algún momento, luego, las siguientes injusticias tienen menos importancia, son un derecho, se han convertido en hábito y son lo normal en nuestras vidas desde hace siglos. A lo sumo deseamos el ascenso en la escala social para que nuestro beneficio sea mayor, para que la injusticia que cometemos sea mayor. El mundo es injusto, pero creemos que es un mundo abstracto y por tanto está lejos de nosotros, no lo vemos porque nosotros somos el mundo injusto, no lo vemos porque los siglos de injusticia nos aplastan, nos oscurecen, proyectan las tinieblas totales y nos hemos acostumbrado a vivir en las sombras de la caverna, es lo único que conocemos. Pesan tanto esos siglos de injusticia que no sabemos, cada uno y de uno en uno salir, es nuestra cotidianeidad, nuestra responsabilidad diluida, inexistente en nosotros, la injusticia se convierte en norma social, en derecho, en regla de funcionamiento, en actos individuales y colectivos sin responsabilidad, es decir, sin libertad.

El catálogo de injusticias es largo, inacabable, tanto en nuestras vidas individuales como en nuestra vida social. Gano dinero, en ello hay injusticia; compro una camisa, un piso, un terreno, en ese acto hay injusticia, no doy a cada uno lo suyo, me apropio de algo suyo, de una parte de su vida, lo exploto hasta extremos criminales, en su sentido más real, esto no es figurado, lo que ocurre  es que lo asesino lentamente y el asesinato lo cometo conjuntamente con muchos más, entre todos lo ignoramos y lo convertimos en nuestro derecho.

A veces hay alguien que lo dice, un ejemplo sacado de un acto rutinario de cada año: martes, 16 de octubre de 2.001, al presentar el programa, en la Jornada Mundial de Alimentación, un relator de Naciones unidas, desde Ginebra explica que existen recursos para alimentar a doble población de la que hay en el mundo actualmente, cada día, dice, mueren de hambre más de 100.000 personas, sigue este relator: " no se trata de fatalidad ni de ley superior o decreto de Dios, es un asesinato. para cada víctima del hambre hay un asesino. Nos enfrentamos a una masacre deliberada, cotidiana, que ocurre con una normalidad gélida"[16]

El cacao que ha cultivado o recogido el niño esclavo, que muere a los 10 o 12 años siendo esclavo, procede de mi lento asesinato conjuntamente con toda mi sociedad. Un ejemplo de esto, entre otros muchos, lo cuenta "El libro negro de las firmas de marca", en el año 2.001 se vendió una partida de 20.000 niños esclavos, de Mali a Costa de Marfil, para el cultivo del cacao. Debe recordarse que el dictador de Costa de Marfil está sostenido y apoyado por un ejército occidental, lo mismo que otros dictadores. Recuerda a la cruzada de los niños con el Papa Inocencio III, en el siglo XIII, cuando los niños cruzados fueron vendidos como esclavos sin la menor reconvención eclesiástica, más bien parecía lo contrario. El 30 de enero de 2.004 la prensa, en noticia poco destacada, habla de los esclavos de Brasil, noticias posteriores dicen que se calcula en más de 25.000 los esclavos existentes en ese país. El corazón o los órganos de niños secuestrados en suburbios de ciudades o en diversos países, niños asesinados para vender sus órganos y salvar la vida de gente del bienpensante Occidente de derechos, o secuestros de gente desaparecida, todo da lugar a un floreciente comercio de órganos de origen criminal para brillo de nuestros modernos hospitales y gloria y prestigio a cirujanos que creen poseer el secreto y el poder de dar o quitar la vida a la gente. El diamante que regala alguien, para ostentar, ha supuesto vidas de gente en guerras demenciales, como todas las guerras. La ropa que usa mucha gente,  y así hasta el infinito. Hacemos la guerra o pagamos a otros para que la hagan por nosotros, aunque digamos que la rechazamos, y nos beneficiamos de ello, somos injustos y obtenemos la gasolina barata para nuestros coches, el café, el algodón,...

¿Qué clase de razonamientos hacemos o hacen otros por nosotros, los expertos, para que vivamos en semejante oscuridad de injusticia y crueldad?. ¿Qué corazón tenemos que nos permite ver la explotación salvaje o la muerte de muchos de la que nos beneficiamos sólo nosotros, según nuestros derechos?.

¿Por qué actuamos así?. ¿Por qué no actuamos ante esa injusticia descomunal que nosotros provocamos directamente y nos concierne totalmente?.

Nos decimos libres, eso contribuye a lo que llamamos nuestra libertad, nuestros derechos, pero sin responsabilidad alguna ni por lo que hacemos ni por lo que no hacemos. Eso no es libertad.

Todo eso no es ningún fatalismo, ni nuestra necesidad real, ni nuestra falta de luz, es directamente la razón pervertida, la voluntad viciada, los sentimientos enfermos. La vida, poderosa sobre nosotros, continúa su avance, su desarrollo imparable, su evolución hacia no sabemos qué. La vida amplia de la que nosotros formamos parte y cuyas reglas, las que conocemos, transgredimos constantemente, esta transgresión incluye la injusticia. De alguna forma la vida reacciona. Fruto de esa transgresión es la insatisfacción, la infelicidad, el sufrimiento individual y colectivo de las innumerables formas en que se expresa y de otras que ahora no somos capaces de imaginar pero esas constantes transgresiones a la vida seguramente se incuban en nuestra enfermedad y perversión.

Tenemos capacidad para razonar, para razonar rectamente, ¿qué es el razonamiento recto?, pero transgredimos la naturaleza de las cosas al pervertir los dones recibidos de la vida, los retorcemos en su utilización y vivimos en la indiferencia vacía culpable, aunque diluimos nuestra culpa con la de todos los demás, es lo único que compartimos en nuestro silencio criminal.

Nuestro crimen, nuestro delito grave es el cúmulo de siglos de injusticia que nosotros aumentamos. No es forzado ni una expresión fuerte decir criminal, es la verdad, los hechos así lo muestran. Pero lo criminal, a nosotros los bienpensantes de la sociedad, nos asusta y lo llamamos necesidades de la sociedad; lo criminal nos molesta y lo llamamos nuestros derechos de hombres libres, eso decimos, engañosa y falsamente libres en realidad; lo criminal no resulta estético y lo ocultamos bajo el brillo de los avances técnicos que nos inundan de cosas, de mercancías, aunque para engañarnos una vez más los llamamos bienes y aunque procedan, tal como ocurre, de males infligidos a otros muchos; lo criminal no existe, pues el derecho del poderoso es lo que se llama justicia, del poderoso Occidente del centro del sistema capitalista, que nos da superioridad técnica coactiva e inferioridad moral frente al resto del mundo, de tal forma que ese resto del mundo sucumbe ante el brillo lejano de las cosas y también queda seducido.

Si no fuese todo tan trágico, aunque ocultemos cuidadosamente las enormes tragedias masivas que provocamos, sería irrelevante y la intelectualización que los profesionales de ciencias y disciplinas diversas, a los que llamamos sabios en ocasiones, hacen de ello por nosotros para justificar el disparate continuo, resultaría un mero ejercicio del intelecto, pero la misma intelectualización a partir del pragmatismo y del posibilismo, fría, sin alma, sin corazón, es culpable también de los disparates y crímenes de toda la sociedad al no denunciarlos y explicarlos teniendo instrumentos, criterios y medios a su alcance.

Los que dirigen la forma de razonar colectivamente también son responsables directos de contribuir a pervertir la luz, la razón y el poder que cada hombre lleva en sí. Recordemos que la alegoría de la caverna se refiere a la naturaleza "con relación a la educación y a la falta de ella". Algunos de los que la sociedad llama hombres sabios o de conocimiento lo son pero no de luz sino de sombras.

Si nosotros no deseamos conocer para no sentirnos culpables, los que dirigen y estructuran nuestra forma de razonar ignoran deliberadamente los hechos.

Recuerdo aquí una cita de T. Mann acerca de la verdad envuelta en silencio: "Si el silencio obligado de los pocos que saben entre la masa ignorante y ciega es ya de por sí siniestro, resulta verdaderamente aterrador el espectáculo de una muchedumbre donde todos saben y se callan, donde cada uno lee la verdad en la mirada huidiza o aterrada de los demás"[17]. Pero nosotros no leemos la verdad, la dilución de nuestra responsabilidad en toda la sociedad creemos que nos exime de culpa, la hemos convertido en derecho, pero nuestra responsabilidad sigue estando en toda la sociedad y en cada uno, en mí.

 

La luz acaba siendo tenebrosa, la razón se convierte en ilógica, los sentimientos en enfermedad, la voluntad enferma nos lleva a la molicie, el poder acaba siendo el dios. Es como acabamos funcionando. Observemos nuestro mundo entero, veamos qué hacemos, cómo lo hacemos, sin ocultarnos nada, sin huidas, sin engaños, sin miedo a conceptos y criterios racionales.

Nuestra separación de los demás, aunque creamos estar cerca, nuestro cada vez más enfermo individualismo egoísta, nuestros ridículos nacionalismos impregnados de fascismo, no olvidemos los orígenes del fascismo, nuestro conservacionismo idealizado para ocultar el pánico que tenemos al futuro, a la evolución y avance de la vida, nuestra angustia, nuestra inmediatez compulsiva...

En medio de las tragedias que nosotros provocamos está nuestro desasosiego, nuestra angustia individual en el centro del mundo, nuestra angustia absurda vivida como drama, nuestra angustia procedente de nuestra inanidad, de nuestra carencia de fe liberadora, de nuestra carencia de los demás, de nuestra f ausencia de los demás, de nuestra ausencia de nosotros mismos.

Asumida la injusticia como un derecho lo demás es una consecuencia. En el origen de la injusticia las tinieblas de nuestra soberbia.

La soberbia, el deseo de ser dioses, de ser el dios, de ser Dios, de tener poder, todo el poder. Es lo que empieza a pervertir en el origen nuestra razón y nuestra voluntad, a partir de eso todo lo demás está al servicio de la ambición de poder, de la enfermedad de poder; en primer lugar la injusticia que nos da poder sobre otros, sobre los demás. Una vez aceptado esto como algo deseable por el hombre forma parte de los valores más sólidos de la sociedad, la injusticia arraiga en las conciencias de los hombres, luego se institucionaliza.

Cuando es la sociedad como tal la que adquiere conciencia de poder, aunque en ella sigan luchando algunos entre ellos por el poder sobre esa sociedad, se acepta la situación y se asume el poder colectivo, el poder de esa sociedad ejercido sobre el resto de las sociedades y también se utiliza en desafiar y pretender dominar a la naturaleza entera y en especial a la vida misma. La ciencia es la esperanza para lograr el poder sobre la vida que, ingenuos, ignoramos que nos trasciende y supera y que nosotros no somos la vida sino que procedemos de la vida y formamos parte de ella. Mientras esperamos nos evadimos, no pensamos, nos aferramos a las cosas que proceden de aplicaciones de la ciencia. La sociedad permanece indiferente a todo, espera con indiferencia, espera dominar la vida y se llega a extremos como el negocio de la criogenización. No hay nada más, el tiempo transcurre y estamos. El tiempo pasa y seguimos sin ser.

En algún momento será necesario reflexionar sobre la libertad imposible en un mundo tenebroso, oscuro, en las sombras de la soberbia y de la injusticia institucionalizada. En última instancia, será necesario reflexionar, una vez más, sobre el hombre pleno, sobre ser hombre.

 

 

La fe

En el sentido profundo que tiene, en la forma de vivirla, es "la más alta pasión del hombre" según Kierkegaard, en la cita anterior. Es la pasión, desde dentro, que impulsa al hombre de fe a actuar en alguna dirección, hacia algo, para alcanzar algo, para alcanzar también lo inalcanzable.

Fe: "conjunto de creencias de alguien" y creer: "tener por cierta una cosa que el entendimiento no alcanza o que no está comprobada o demostrada". Son definiciones del diccionario de la RAE.

En el hombre está la fe, como realidad en algunos individuos y como negación en otros, pero la posibi8lidad de la fe, que es una facultad, un atributo, una cualidad o como quiera llamarse, está en el hombre. Distinta la posibilidad, el atributo a otros, pero no menos importante y real que cualquier otro. Que esté desarrollada o no en algunos individuos es otra cuestión. También tiene el hombre como posibilidades, dentro de sí, la inteligencia, la razón, la imaginación, la capacidad de amar o de odiar y otras muchas facultades que no ha sabido desarrollar todavía o que ha reprimido. Kant admite en el hombre, no ya la fe sino facultades que superan a la razón humana: "La razón humana tiene, en una especie de sus conocimientos, el destino particular de verse acosada por cuestiones que no puede apartar, pues le son propuestas por la naturaleza de la razón misma, pero a las que tampoco puede contestar, porque superan las facultades de la razón humana"[18]. Negar una posibilidad, una realidad en muchos, es negar la posibilidad del hombre completo, del hombre que desarrolla todas sus "potencialidades divinas"[19].

Desde el momento en que hay hombres de fe la posibilidad está dada, la potencialidad existe, la fe en potencia está, el hombre está dotado de eso, forma parte de su equipaje. Nadie puede desarrollar aquello que no tiene.

Hay formas de manifestar la fe, hay clases de fe, está en nuestras vidas, tras nuestros actos, de manera constante.

 En los hombres se dan diversas clases, expresiones y actos de fe. En lo sencillo, en lo cotidiano y en ocasiones en lo que a veces consideramos extraordinario, aunque realmente no lo sea. Si observamos nuestro comportamiento, nuestra actuación. Aparece muchas veces tras la idea, tras la percepción que tenemos de hechos, de situaciones, del mundo, de las relaciones entre los hombres en lo diversas que son, así: en los negocios, en los juicios que constantemente hacemos a los demás, en las numerosas supersticiones por las que nos movemos, en los ritos religiosos o no, en el crédito o descrédito que damos a los políticos, a los charlatanes, a las marcas de mercancías, a los bulos, a los rumores, a nuestros hijos, esposas, maridos, amigos, jefes, subordinados, etc. Todo está impregnado de cierta fe, de tener por ciertas algunas cosas no comprobadas. Es, a veces, la pequeña fe práctica, imprescindible para relacionarnos entre nosotros y con el mundo próximo.

La fe con calado más colectivo y común que mueve a las masas de gente, es la fe de las religiones estructuradas y organizadas, en ideologías, etc. que con frecuencia se acaban convirtiendo en dogmas, irracionales como tales, que se imponen a la sociedad y en especial la moral que de ellas se deriva. Fe irracional que, en numerosas ocasiones, produce tragedias colectivas. Forma parte de las huidas sociales, de las huidas colectivas.

La rebeldía no se entiende del todo sin alguna clase de fe en ideas, en soluciones que la sociedad en ese momento tiene por salvadoras, incluso cuando la rebeldía lleva a la autodestrucción o a la nada.

La fe en las soluciones salvadoras para la sociedad, la fe colectiva es lo que algunos pensadores actuales dicen que ha perdido la sociedad. En el centro de nuestro sistema parece que es así, por lo menos en una parte del mismo. Fe individual y fe social, la que espera soluciones individuales, las de cada uno y es también la de la sociedad.

Tal vez hasta donde nuestra sociedad ha llegado nos hace creer que ya es suficiente, tal vez en la sociedad hay otros factores que impulsan hacia otra clase de fe, hacia otros fines, hacia otras cosas en las que creer y frena la fe como pasión que mueve a cada uno hacia un fin más elevado, tal vez lo que se frena es que creamos y seamos nosotros mismos en nuestra plenitud, en nuestra totalidad.

 

Ante lo inexplicable aparece la fe. Lo inexplicable, muchas veces, es lo nuestro, lo que nos sucede, especialmente el sufrimiento y lo inexplicable es el mundo. Creemos que lo inexplicable del mundo es debido al azar, tenemos fe en el azar. Creemos, afirmamos nuestra creencia en la ciencia esperando que encontrará las explicaciones que nos faltan, todas, tenemos fe en la ciencia. Es fe. Rechazamos, nos negamos a creer en algún dios, es fe también. La diferencia está en que de la fe en el azar o en la ciencia se deriva una moral determinada, acorde con nuestro utilitarismo, con nuestro hedonismo, con nuestro individualismo o con nuestro permanente crimen colectivo como derecho sobre el resto del mundo. La diferencia está en que tras la fe en el azar, en la ciencia, en el capital subyace la soberbia.

La ética del dios azar cuya fe semeja a la creencia en un dios distante que no actúa, que no hace y no compromete a nada, esa fe, esa ética entendida como la parte de la filosofía que trata de la moral y las obligaciones del hombre, no existe, pues el azar se limita a lo fortuito, a la casualidad, a circunstancias imprevisibles e inevitables y por tanto escapan a cualquier actuación del hombre, de su razón o de cualquier clase de razón humana o divina. Si todo procede del azar, esa es mi fe, la norma de conducta es igualmente aleatoria, cambiante según las circunstancias que también son casuales, acaba la norma en una especie de determinismo insondable y casual, es como la creencia en la "mano invisible del mercado", todo se autorregula. La moral no discierne entre el bien y el mal, sí entre lo considerado así, aunque objetivamente sea un mal para otros, lo hemos visto en la injusticia. Para protegernos establecemos derechos, cientos de derechos según las manifestaciones que proceden del azar, por consiguiente nos limitamos a regular los efectos del azar en las actuaciones sociales, pues las causas las desconocemos, no nos interesan. La moral es, entonces, carente de cualquier compromiso hacia el bien común, por ejemplo. Está permitido todo, salvo lo expresamente prohibido, pero en nuestro afán por regular los efectos sociales del azar exigimos que se establezcan normas para todo, sin excepción. Incluso la fe en el azar nos asusta, pero nos es útil porque no impone obligaciones. Realmente es un buen dios.

La fe en la ciencia hace que creamos que tal vez, algún Día, permita controlar el azar, o todo, de acuerdo con los deseos del hombre, pero sólo del hombre que controla la ciencia, la investigación, los recursos destinados a ella y por tanto hacia qué fines se dirige. Desde el punto de vista de obligaciones derivadas de la fe en la ciencia, no aparecen, pues se sostiene que la ciencia es neutral, sus aplicaciones, como consecuencia de esa pretendida neutralidad, también deben ser neutrales, no supone más complicaciones y cuando aparecen voces que protestan por alguna aplicación concreta protestan se diluyen pronto en alguna corriente de opinión distinta. Los avances técnicos que llegan a la sociedad permiten que los individuos cuestionen menos las conductas sociales e individuales.

La fe en el capital y en el capitalismo, a distintos niveles que las otras clases de fe, pero fe también, propicia la descomunal injusticia global que se justifica por la propia fe.

 

Lo inexplicable es el propio sufrimiento, el ajeno nos resulta lejano cuando no ignorado, más ajeno e ignorado si lo producimos nosotros como resultado de nuestros derechos. La gente recurre al dios ante su sufrimiento inexplicable e inmerecido, es castigo, dicen algunos, pero el dios no creo que castigue. en la alegría la gente olvida al dios del sufrimiento inexplicable, la alegría es un derecho que nosotros, yo, tenemos y el dios ya no es necesario.

La fe es un atributo más del hombre, tiene una lógica diferente a la de determinadas formas de razonar, a la de los sentidos, a la de lo más tangible. Es fácilmente engañosa, se nos escapa al tener su fundamento en: dar por ciertas cosas no comprobadas o no demostradas pero, si no es demencia,  verosímiles, cosas que no son ilógicas o irracionales pues, en este caso, la fe deja de ser tal para convertirse en locura, en fanatismo, en dogma incuestionable e inatacable y esto sucede cuando la fe no admite la duda o no admite la razón. Que hay y ha habido locuras e irracionalidades colectivas, de millones de individuos, de pueblos enteros como resultado de alguna clase de fe, nadie lo niega, da igual que esa fe sea religiosa o ideológica, sus consecuencias no es necesario recordarlas dadas las numerosas evidencias que existen.

La fe ante la necesidad de vivir con lo inexplicable y en lo inexplicable, de vivir con infinidad de cosas, de hechos, de situaciones no demostradas con la claridad que deseamos.

La fe parte de nuestra propia fragilidad, de nuestras limitaciones a nuestros deseos de lo infinito, de lo inexplicable del mundo y de nosotros mismos, de lo que existe y no dominamos, de lo que existe y desconocemos. En otras formas de fe parte de ilusiones, ideales, metas a alcanzar, ya sean individuales o colectivas, materiales o espirituales, prácticas o ideales.

De alguna manera, en el hombre está la necesidad de creer, de vivir con una u otra clase de fe, de la fe que afirma o de la fe que niega, la fe del que afirma la existencia de un dios y la fe del que niega la existencia de ese mismo dios, el que algunos filósofos tratan de demostrar y otros de lo contrario.

No vamos a considerar aquí la fe dogmática, la fe que puede entenderse irracional e ilógica, suele ser una forma de huida. Lo de lógico o ilógico, racional o irracional también es, a veces, algo sometido a discrepancias en su propio concepto. Lógico y racional lo entiendo en tanto se aproxima a lo que en Occidente entendemos por tal aunque el concepto de racional no siempre está claro, la idea de alguna Razón universal aceptada por todos no es posible, y si nos referimos a conductas racionales todavía es más imposible saber a qué nos referimos si suponemos la racionalidad como algo objetivo.

La fe es un valor individual difícilmente objetivable, cuando la referencia es a la fe en algún dios, ese mismo dios es bastante subjetivo en sus atributos, aunque ha habido quienes han tratado de objetivar al dios y por tanto sus atributos, pero si éstos son interpretables y cambiantes según los intérpretes, siempre serán dioses sometidos a la arbitrariedad de los intérpretes.

 Del dios siempre surge una moral, que es lo que nos permite actuar conforme a sus exigencias, si el dios se establece e impone por medio de alguna religión estructurada y por consiguiente con: ritos, normas morales, dogmas, etc. lo único que prevalece es la arbitrariedad del intérprete que a su vez tiene sus intereses particulares y en la sociedad en que esa religión se convierte en hegemónica, aspiración de toda religión, prevalece la fuerza para imponer esas normas arbitrarias de forma coactiva. No es relevante que las normas sean lógicas o ilógicas, racionales o irracionales, lo importante es la obligación moral que el dios, sus intérpretes, impone a los individuos y es la obligación social. Imposible su conciliación con otros dioses, con otras sociedades cuyos dioses son diferentes, con otras culturas estructuradas en parte por el dios, pues cada una tiene como verdaderas las correspondientes arbitrariedades. De estos dioses lo único que prevalece es la arbitrariedad.

 

Aun con estas consideraciones, posiblemente la fe suprema es la fe en Dios, fe, que si es tal, mueve a actuar de alguna manera y en alguna dirección. La fe: ¿en qué Dios?.

Si el dios no está estructurado socialmente, no se ha convertido en una institución, la arbitrariedad del intérprete profesional desaparece, queda la subjetividad y la libertad para tener o no tener dios. El dios trascendente es entendido y vivido por el individuo que cree en él de forma directa, sin intermediarios, pues aun los condicionamientos sociales, las corrientes de opinión, el pensamiento social que tiene fe en la ciencia o en el azar como explicaciones y fuentes de moral y en el capital como dios poderoso y visible, no imponen al individuo de forma coactiva a su dios, aunque la coacción social por medio del lenguaje puede interferir; a lo sumo el dios y el individuo de fe en ese dios, distinta a los otros dioses citados, será considerado ingenuo, pero ni la conducta que impone su dios, salvo que se considere disparatada, ni su actuación, siempre que respete las normas sociales, serán motivo de represión salvo las del lenguaje.

Los hombres, desde siempre, hemos ideado muchas clases de dioses, de Dios, porque cada dios social es el verdadero. Dioses más o menos lógicos en la concepción de los hombres y dioses demenciales. En nuestro Occidente del centro del sistema capitalista, Dios o su ausencia o su negación se convierte socialmente en un mero concepto intelectual, para los que tienen Dios es una realidad más o menos viva. Incluso en las sociedades capitalistas que como tales tienen alguna idea arraigada de algún dios, los preceptos del dios pueden discutirse y cuestionarse social y políticamente, y si la sociedad lo decide así, las normas que se da a sí misma no tienen mucho que ver con las del dios.

Los hombres han debatido bastante acerca de Dios, de su existencia o de su no existencia y en el primer caso acerca de sus atributos. Razones lógicas para un dios y razones lógicas para un no dios.

El dios de unos filósofos y el no dios de otros filósofos. El dios de los teólogos. El dios de cada religión y de sus intérpretes profesionales. El dios de los místicos. El dios del hombre normal de la sociedad y el dios del hombre normal de otra sociedad. El dios de una civilización o el de otra civilización, de una cultura o de otra cultura, de un país o de otro país. Los hombres hemos pensado en los dioses y hemos ideado y construido muchos dioses diferentes, opuestos y competidores entre ellos.

La fe en Dios: las creencias que se tienen acerca de Dios, la certeza que se tiene y se fundamenta en algo está por encima del entendimiento.

La fe individual no tiene por qué ser irracional o ir contra la razón. La fe social al imponer dogmas, sin ellos no se sostiene, procedentes de la arbitrariedad del intérprete, acaba oprimiendo a los hombres y las normas o los deseos de ese dios limitan la libertad verdadera y las posibilidades de desarrollo y expansión del individuo, pues proceden de intérpretes y éstos, además de limitados, tienen sus propios y particulares intereses.

Pero la arbitrariedad también se da cuando el dios es el azar o la ciencia, no tanto cuando el dios, aunque de menor rango, es el capital pues tiene una coherencia más entendible en cuanto a los dones que otorga, la moral que se deriva de los mandatos de esos dioses en las sociedades en que dominan, aunque sea en forma de corriente de opinión fuerte y no necesariamente asumida por la totalidad de la sociedad, sus mandatos se convierten en normas que se establecen en forma de derechos; eso no significa que se impongan coactivamente a la sociedad salvo en el lenguaje, como he indicado antes, pero sí salvaguardan su moral. Esta moral permite la de los dioses individuales que pueden desarrollarse sin más obstáculos que los de la fuerza de las modas del pensamiento imperante en la sociedad, suponiendo que impere algún pensamiento sólido y estructurado.

 

Si la fe, atributo en cada individuo, es sincera en cada uno según su entendimiento y su no entendimiento, puede ser liberadora y potenciar la expansión y desarrollo de las propias facultades, dones, capacidades, potencialidades.

 La fe existe y se expresa en los hombres, si la fe es en el dios libre,  no explica lo inexplicable pero deja abierta la explicación; la fe del que niega, si no es dogmática, también.

De lo que sostiene a la fe  y de su objeto no hay nada demostrable ni indemostrable con los métodos de la ciencia en el estado actual o de la razón lógica hasta donde ha llegado, aunque en una y otra pueden producirse avances si el hombre es capaz de desarrollar las muchas posibilidades de todas las clases que tiene dentro de sí. sería absurdo pensar que el hombre, en nuestro caso el hombre occidental que es quien más ha desarrollado la ciencia y la filosofía, ha llegado a su límite, basta con observar cómo funcionamos. Pero aun así, la ciencia o la filosofía u otras disciplinas que aportan conocimiento, no son fines en sí mismas, tienen limitaciones y muestran la realidad fragmentada de acuerdo con el objeto que tienen y con sus propios métodos.

 El hombre, con las limitaciones que tiene y con sus "potencialidades divinas", aspira, si pretende ser hombre, a la totalidad de sí mismo sin contradicción alguna con la ciencia o con la filosofía, en su totalidad está por encima de ellas. La fe, el amor, la justicia,... pueden entenderse y explicarse socialmente, pero no son tan sólo la razón, son algo más.

La fe es una facultad descontrolada en muchos casos, viva para unos y absurda para otros, pero real para todos, para los que la aceptan y para los que la niegan, la misma negación, tal como suele hacerse, es otro acto de fe.

El dios, real para unos y absurdo para otros. Dios por encima del hombre. Dios por encima del hombre. El hombre sin Dios que espera, en un futuro indeterminado, dominar incluso lo que desconoce. En realidad nada sabemos, pero, muchas veces, no somos conscientes de nuestra ignorancia.

Las posturas que adoptamos y las formas de vivir la fe y el dios son fruto tanto de situaciones  individuales, únicas de cada uno, de la vida de cada uno en lo que hacemos y vivimos: sufrimiento, dolor, felicidad, calamidades, alegrías, etc. como del bagaje cultural de cada sociedad, de la que uno forma parte. Siglos de aportaciones contradictorias, momentos de una moda u otra, necesidades sociales, construcciones sociales, ideologías, etc. Todo nos forma y hace que actuemos como lo hacemos, que cada uno tengamos nuestro entendimiento y explicaciones de las cosas.

Si fuéramos capaces, durante un momento, de salir del sistema social que nos envuelve y oscurece nuestras mentes y nuestro corazón y de liberarnos de todo eso que nos posee y muchas veces no es nuestro, tal vez podríamos empezar a ver de otra forma. si prescindimos de pre-juicios en forma de dogmas y creencias rutinarias sin un fondo sólido, si dudamos de todo: del dios de nuestra fe, el que sea, un dios, el azar o la ciencia, de la propia fe, de la moral social, que como toda moral tiene su origen en algún dios aun desconocido o ignorado, de otros dogmatismos  que son rutinas y siempre vacíos, del mercado, de  pretendidas democracias envueltas de marketing seudopolítico, de sucedáneos de libertad en forma de derechos estructurados sin reflexión que nos aíslan, de nacionalismos dementes que son verdaderos fascismos y llamamos democráticos, de necesidades superfluas, de la inmediatez compulsiva, de la fe en modas, marcas de mercancías, racismos encubiertos, modas morales, etc. basado todo eso en alguna clase de fe, y si tras la duda de absolutamente todo somos sinceros, brutalmente sinceros con nosotros, con honradez, sin temor, profunda y dolorosa y gozosamente sinceros, tal vez empecemos a descubrirnos a nosotros y a entender nuestro estar en el mundo y a entender nuestro ser, nuestro estar y nuestro ser a partir de nuestra ignorancia profunda no resuelta por todos esos pre-juicios, tan sólo encubierta. Reconocer que nada sabemos no es ir al vacío, es dar un salto para empezar a desarrollar nuestro ser hombres libres.

Nos situamos en el mundo desde nuestra insignificancia, desde nuestra fragilidad, desde nuestra grandeza, desde nuestro impulso de infinito, desde lo que llevamos todos y cada uno en nosotros. Nuestras limitaciones y nuestro mundo sin límites.

El socrático "conócete a ti mismo" supone el principio, conocerse y conocer el mundo, uno en sí y uno en el mundo. El yo de cada uno, el yo único, el yo que pugna por salir y ser, que no es muy diferente del yo de todos los demás, del prójimo, del próximo, donde se encierra un enorme mundo, infinito que tenemos reprimido y constreñido por nuestros pre-juicios, por fes dogmáticas e irracionales, por necesidades absurdas, por intereses exclusivos vacíos, por miedo a descubrirnos, a encontrarnos, a percibir al hombre, a vivir en la plenitud posible del hombre.

Es lo que nos permite vislumbrar la verdadera y única libertad, la libertad plena, total, sin límites, tan sólo los que nos impone nuestra propia condición para estar en el mundo actual y ser en no se sabe dónde, libertad que abarca todo y cuyas limitaciones, quizá están en el amor total y en la fe total, quizá también sin fin, y eso nos lleva hasta lo ilimitado. El amor total no tiene Límites, la fe en el amor total es el medio más poderoso del que podemos disponer. La fe no irracional, la fe que parte del entendimiento y con otro entendimiento lo supera.

Fe racional, lógica, liberadora.

 

En las reflexiones sobre la fe suele ponerse como ejemplo el de Abraham, Kierkegaard lo hace y a partir de eso lo que él llama movimientos de la fe, el "Particular" que se aísla en su fe por encima de lo general, incluso en su ética, pero eso no es cierto. El dios de Abraham es todavía el del Antiguo Régimen, como lo era Kierkegaard en su mente; sin tener la fe liberadora no podía salir de lo antiguo. es un dios ilógico, irracional según la razón de los hombres, según los mandatos de ese mismo dios; exige la fe irracional, pero un dios serio y verdadero difícilmente puede mandar algo contrario a la razón puesta en el hombre por ese mismo dios según los creyentes en él. Es un dios imposible y demente. Nuevamente los intérpretes del dios causan estragos, pues permiten que la moral que se deriva del acto de fe en el dios sea opuesta a la interpretación que hacen  e imponen ellos mismos a la sociedad. El intérprete puede ver el drama o la tragedia que se producen como consecuencia de su arbitrariedad, su interpretación no es libre, está condicionada por las necesidades y por los usos de su sociedad y por los intereses del intérprete que a su vez está condicionado por los intereses del poder absoluto existente y al que sirve.

Fe que lleva a la tragedia, aunque en el caso de Abraham se queda en drama, frente a fe liberadora. La tragedia, no consumada realmente, ya se ha desarrollado en el corazón del creyente y en su mente se ha difuminado la razón, lo que sigue son subterfugios de un razonamiento imposible. Luego, con el tiempo, el fanatismo, la pretendida fe sin crítica desde la razón y desde el corazón. La sociedad de ese dios, con reyes de derecho divino, es arbitraria en la interpretación del dios y de sus mandatos, el dios es arbitrario.

No nos sirve el dios de Abraham, exige la fe irracional, ilógica, fanática desde la falta de libertad del hombre tanto real en su sociedad como mental y espiritual en las interpretaciones. Es una fe que constriñe, reprime, pervierte la razón, la voluntad y los sentimientos del creyente ante las infinitas posibilidades de libertad y de amor.

 

Al referirse a la fe, M. Eliade, en la anterior cita, dice que es: "la emancipación absoluta de toda especie de "ley" natural y, por tanto, la más alta libertad que el hombre pueda imaginar; la de poder intervenir en el estatuto ontológico mismo del universo". Tal vez sea una de las expresiones del más alto nivel de fe alcanzable. No se plantea como mera expresión intelectual, sino como expresión de algo real, de algo vivo que el hombre de fe puede alcanzar. El hombre que rechaza esta clase de fe, esta posibilidad u otras parecidas, aunque en su vida se produzcan actos de fe de los que no tiene percepción clara, la rechaza porque, en un acto de del no creyente, cree que eso no es posible, porque no cree que eso pueda darse, y aunque el hombre de fe viva en su fe, no se acepta esa posibilidad, al hombre de fe se le considera loco o ingenuo o irracional o absurdo.

¿Es posible la fe racional, lógica y por ende liberadora?, ¿es posible, en ese caso, pensar en el Dios total?. La fe, en este sentido, lleva consigo no sólo la fe en Dios sino también, necesariamente, la fe en la inmortalidad del alma.

El debate acerca de Dios y su existencia y sus atributos viene de antiguo y, como es presumible, sin acuerdo posible. La discrepancia creyente escéptico es irreconciliable[20]. No es posible entrar en este tema en este lugar ni es relevante para lo que aquí se considera y sobre lo que se esboza una reflexión.

Las formas de enfocar el problema de la fe son varias, individuales, subjetivas desde experiencias vitales propias, de cada uno y el enfoque es posible en diversos sentidos, incluso en el desarrollo humano, por ejemplo, puede jugar, la fe, un papel importante en la resistencia del individuo ante la adversidad, puede fortalecer al individuo ante el sufrimiento[21], puede dar explicaciones o conformismo ante lo inexplicable o muchas más cosas, puede considerarse como enfermedad o como desequilibrio, puede impulsar vitalmente, se puede hasta pensar en lo que la gente llama milagros. Pero el hecho cierto es que la fe anda por ahí, en mucha gente.

Seguramente es posible la fe racional y liberadora, posiblemente a partir de situaciones vivas, vitales en el individuo, ni aun siquiera es la experiencia de la fe, es vivir, además, en la fe. La intelectualización, si no se hace rigurosamente, destruye lo profundamente vital que se encuentra tras la fe, lo vital de los impulsos, la libertad total del hombre, pero también puede contribuir a su explicación a partir de la consideración de ser una de las facultades importantes de que está dotado el hombre.

La fe liberadora está por encima de la intelectualización fría, no es contraria a la razón, por lo menos a una razón abstracta, libre y universal.

Hasta donde nosotros podemos acercarnos, dado el actual desarrollo de nuestras facultades y posibilidades en la mayoría de la gente, pues siempre aparecen unos pocos hombres que son capaces de elevarse por encima de la mediocridad del resto, entiendo que la máxima aspiración es la de libertad total, plena, sin más limitaciones que las propias de los hombres tal como estamos constituidos y tras eso y con eso la justicia verdadera que para que sea tal sólo puede estar vinculada al amor.

Algunos hombres han desbrozado estos caminos con sus obras y con sus vidas.

La fe liberadora hacia el hombre completo es impulso, es la pasión que impulsa a actuar. La fe profunda, poderosa desde su máxima altura, sólo puede impulsar a actuar con amor y éste sabemos que cuando está en los hombres y, por tanto, tras los actos de sus vidas, permite tener otra forma de conocimiento de sí mismo y del mundo. Eso vivo, y para muchos ideal inalcanzable, está para otros en lo que fundamenta sus actos, su verdadera capacidad creadora en todos los órdenes y de ello deriva todo lo demás, en lo alto: la fe, el amor, la justicia, la libertad, todo ello en su plenitud.

Cuando me refiero al amor lo entiendo también como la actuación que se dirige hacia lo que se juzga el bien del otro y el bien de la sociedad y que eso es lo que da pleno sentido a cuanto se hace.

El amor, desde la fe, se convierte en algo vivo, real, ideal real, visible para el hombre de fe y de amor. Nadie puede vivir lo de otro, aunque el mundo viva otras cosas, pero sí el camino hacia los otros y hacia la verdadera justicia y hacia la total libertad.

En su corazón vivo en la fe y en el amor, el hombre tiene capacidad para ser realmente justo y libre y Es en el corazón del Amor de Dios. Para el hombre de fe eso es real y su fe está en la más alta razón alcanzable por el hombre, la impulsada por esa fe y regida por el amor, parte de su fe en el Dios que efectivamente mueve todo. El amor impulsado por las mayores alturas de la fe es capaz de "intervenir en el estatuto ontológico del universo", dice M. Eliade, es donde se encuentra la Razón total que abarca todo.

Puede parecer que esa forma de fe, si es que existe y es posible sin autoengaños, sólo puede darse en el místico, pero no es así, es simplemente lo posible en el hombre capaz de desarrollar sus "potencialidades divinas".

Seguramente, donde nos encontramos y en el estado de desarrollo del hombre ese es el hombre auténtico. El hombre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] L. Wittgenstein. Tractatus Logico-Philosophicus. Altaya. Barcelona. 1.997. (p. 143).

[2] G. Orwell. 1.984. Ed. Destino. Barcelona. 2.003. (pp. 63 y 64).

[3] J.F. Lyotard. La condición postmoderna. Altaya. Barcelona. 1.999. (p. 10).

[4] S. Kierkegaard. Temor y Temblor. Alianza. Madrid. 2.001. (p. 194).

[5] M. Eliade. El mito del eterno retorno. Alianza. Madrid. 2.000. (p. 154).

[6] Biblia de Jerusalén. Bi8lbao. 1.981 Gn (1, 1-2).

[7] Jn (1, 1-4 y 9).

[8] En esto de Babel y Pentecostés recojo ideas del joven y brillante filósofo Antonio Viñuales, surgidas en nu8merosas conversaciones siempre cálidas y sumamente enriquecedoras.

[9] Platón. Fedro. Planeta DeAgostini. Madrid. 1.995. (p. 324).

[10] El Libro Egipcio de los Muertos. Edaf. Madrid. 1.981. (p. 23).

[11] Platón. La República. Aguilar. Madrid. 1.988. (p. 329).

[12] Platón. La República.   (p. 334).

[13] Platón. Banquete. Planeta DeAgostini. Madrid. 1.995. pp. 167 a 181).

[14] I. Berlin. Dos conceptos de libertad y otros escritos. Alianza. Madrid. 2.001.

[15] Platón. La República.   (p.194).

[16] Noticia aparecida en el diario El mundo de esa fecha.

[17] T. Mann. Doktor Faustus. Edhasa. Barcelona. 1.998. (p. 389).

[18] E. Kant. Crítica de la razón pura. En el prólogo de la primera edición, en el año 1.781. Ed. Porrúa, México. 1.996. (p. 5).

[19] B. Russell. Sociedad humana: ética y política. Altaya. Barcelona. 1.999. (p. 250).

[20] L. Kolakowski. Si Dios no existe... Altaya. Madrid. 1.999. (pp. 78-79).

[21] L. Kolakowski. Si Dios no existe... (p. 38).