Sebastián de Ara

 

Se cree que fue engendrado por las montañas y por los valles de las montañas y por los ríos de los valles y por la ciudad.

Cuando nació lo hizo anclado a las montañas, como si sus piernas tuviesen raíces en las raíces de las montañas. Nació gigante, su enorme estatura se lazaba sobre las montañas más altas de manera que parecía más arraigado a lo profundo de la tierra y mucho más grande, tanto que parecía abarcar a todas las montañas y estar por encima de ellas.

No estuvo encadenado como Prometeo a una montaña del Cáucaso, él estuvo enraizado y sujeto a las montañas más altas de los Pirineos.

Fue un gigante solitario, majestuoso, poderoso y poseía una extraordinaria fuerza que procedía de su gran corazón y de su notable inteligencia.

Su alma era noble, como son todas las almas, pero en él se  adivinaba con facilidad a diferencia de las almas de la mayoría de los hombres que las ocultan bajo mil retorcimientos.

No sabía por qué razón había nacido gigante y tampoco por qué debía permanecer allí, sujeto y como si fuese prolongación de las montañas hacia el cielo.

Con frecuencia recordaba la historia de Prometeo, creía que tenía algo común con él, pero veía que su hígado no se regeneraba cada día tras haber sido roído por un águila. Pensaba que lo que creía su castigo no podía ser a causa de haber ofendido a los dioses y menos aun al Señor de las montañas y de los valles de las montañas y de los ríos de los valles y de la ciudad que era el Señor de todos los mundos.

Desde su colosal tamaño le fue dado contemplar una parte del mundo y recibir rumores que llegaban del resto del mundo. Todo cuanto veía y recibía lo guardaba en su gran corazón y en su notable inteligencia.

Aprendió a amar cuanto le fue dado contemplar y recibir y por eso aprendió a entender el mundo. Pero él estaba atado a la tierra.

Se sentía y sabía con extraordinaria fuerza y con notable inteligencia. Per él estaba atado a la tierra.

Deseaba contribuir a cambiar el mundo que contemplaba y el mundo del que recibía rumores y que amaba y que no le parecía bueno. Pero él estaba atado a la tierra.

Llegó a pensar que el Señor de las montañas y de los valles de las montañas y de los ríos de los valles y de la ciudad que era el Señor de todos los mundos le había encomendado el trabajo de guardián distante de cuanto le había sido dado contemplar y de cuantos rumores le llegaban del resto del mundo.

Así permaneció durante casi veinte años.

Aunque pensaba que su trabajo era el de guardián distante, durante largos períodos de tiempo parecía dormitar. Su aparente sueño era reflexión sobre las cosas unas veces, otras asimilación del mundo que contemplaba y de los rumores que le llegaban del resto del mundo, otras del mundo que soñaba y del mundo que amaba. En su aparente adormecimiento, cuando se producía, seguía atento a cuanto sucedía.

 

Un día, las montañas y los valles de las montañas y los ríos de los valles y la ciudad que le habían engendrado preguntaron al Señor de las montañas y de los valles de las montañas y de los ríos de los valles y de la ciudad que era el Señor de todos los mundos si Sebastián de Ara debía seguir siempre así. El Señor de todos los mundos respondió que no.

Poco tiempo después, cuando todavía no habían transcurrido veinte años desde que Sebastián de Ara había sido engendrado, creyó o sintió o imaginó o dedujo que la ciudad que había contribuido a engendrarle cambiaba, aunque él no sabía de qué ciudad se trataba, si era una ciudad determinada o si era simplemente una ciudad. Tal vez eran cosas del Señor de las montañas y de los valles de las montañas y de los ríos de los valles y de la ciudad que era el Señor de todos los mundos. Eso movió su gran corazón y su notable inteligencia, más adelante creyó que la ciudad volvía a cambiar otra vez y luego otra vez y luego muchas veces más, el gran corazón y la notable inteligencia de Sebastián de Ara también se movían.

Las montañas y los valles de las montañas y los ríos de los valles seguían firmes en la tierra pero la ciudad se había movido. Pero él estaba atado a la tierra.

 

Poco tiempo después empezó a sentir que él entero empezaba a moverse, tal vez porque también se habían movido su gran corazón y su notable inteligencia. Sus piernas empezaron a salir de la tierra y lentamente fueron adquiriendo movimiento propio impulsado por su gran corazón y su notable inteligencia y, aunque él no lo sabía, su gran corazón y su notable inteligencia estaban guiados por el Señor del corazón y por el Señor se la inteligencia que era el Señor de todos los mundos.

A medida que iba liberándose de su atadura a las montañas y adquiría movimiento propio y pensaba que podría andar con libertad, su estatura iba disminuyendo hasta que llegó a ser la normal en cualquier hombre de los que había visto desde las montañas cuando ya podía andar libre.

Volvió a recordar la historia de Prometeo, pero él no había ayudado en nada a los dioses y sin embargo era libre y además no tenía que llevar, como Prometeo, un anillo del metal que le había tenido encadenado con un trozo de roca de, en su caso, las montañas más altas de los Pirineos en recuerdo de su atadura a la tierra, ni nada que le recordara de dónde venía.

Conocía, y, recordaba en ocasiones, la historia de Prometeo porque en muchos momentos creía que la suya se parecía en algo y eso quizá podría permitirle encontrar alguna explicación a su situación.

 

Al empezar a caminar pensó que debía dirigirse a la ciudad, pues lo que creía habían sido cambios de la ciudad y habían supuesto el inicio de su liberación eran importantes para él.

Entonces se dio cuenta de que no sabía qué nombre tenía ni qué debía hacer. Pensó que lo primero que debía hacer era averiguar su nombre pues entre los hombres, que él había visto desde su altura en las montañas, todos tenían nombre.

Quiso vivir y sentir a los hombres de cerca, para eso bajó desde las montañas hasta la ciudad, en ella empezó a ver a muchos hombres, se dispuso a hablar con ellos y cuando se acercó al primero le saludó, el hombre no le contestó y además parecía no verle; luego vio a una mujer y se dirigió a ella, se acercó, la mujer parecía no verle, empezó a hablarle y tampoco le contestó y tampoco le veía. Eso extrañó mucho a Sebastián de Ara. Intentó hablar con otros hombres, con otras mujeres, con niños, con ancianos y le sucedía lo mismo, no le veían y no le oían. No lo entendía, se descorazonó pues él venía de la limpieza de las montañas más altas y su gran corazón era igual de limpio.

Al pasar por los escaparates de las tiendas pensó que en sus cristales y espejos podría ver qué aspecto tenía, creyó que tal vez su aspecto suscitaba desconfianza; al mirarse a un espejo de una tienda no se veía a sí mismo, fue a otro y tampoco se veía, luego a otro y lo mismo y a otro más y a muchos más y seguía sin verse. Le extrañó mucho y también le asustó ya que creía ser igual que los demás hombres.

Se dio cuenta de otras particularidades suyas. Cuando estaba anclado a las montañas su alimento, como el de los árboles, procedía directamente de la tierra y del aire, en su caso también del amor que tenía a todo cuanto le había sido dado contemplar desde las montañas. Él no tenía necesidad de comer, tampoco de dormir. Entendió que no era como los demás hombres, sin embargo su espíritu, eso creía, era el de un hombre como los que había visto. Quedó desconcertado.

 

Había aprendido a conocer a los hombres y también a amarlos y a comprenderlos, tanto cuando los hombres sufrían como cuando eran felices, cuando eran justos o cuando eran injustos, cuando eran crueles o cuando eran compasivos,... en todas las circunstancias y situaciones. Los había conocido en todo lo que hacen y sabía que lo que hacen los hombres es lo que sale de sus corazones.

Sebastián de Ara poseía la fuerza que procede del corazón y de la inteligencia. Los casi veinte años que permaneció anclado a las montañas y en los que le fue dado contemplar una parte del mundo y recibir los rumores que llegaban del resto del mundo y que guardaba en su gran corazón y en su notable inteligencia y en los que había aprendido a amar y a entender todo eso, le hicieron comprender que el amor es más fuerte que cualquier otra cosa, por eso creía que cuanto le sucedía tenía algún sentido, aunque él no lo viese en ese momento.

Tenía esperanza, tal vez fe, pues vislumbraba y había intuido, en sus casi veinte años de haber permanecido anclado a la tierra, que, habiendo sido engendrado por unos padres diferentes a los de los hombres que él había visto, por encima de ellos debía existir alguien o algo que a su vez había engendrado o quizá creado a las montañas y a los valles de las montañas y a los ríos de los valles y a la ciudad que le habían engendrado a él, y sin casi darse cuenta se fue apoderando de él, desde su alma noble y por medio de su corazón limpio y de su inteligencia libre, la idea del Señor de todos los mundos, aunque él no lo llamaba por nombre alguno. Luego, la idea fue viva y adquirió o le fue dada, no se sabe muy bien, fe en el Señor de todos los mundos, y empezó a entender que era la vida. su fe era tan libre que no le condicionaba en nada, ni le impedía nada, ni le imponía nada; tan universal que aprendió a amar la necesidad de que el Señor de todos los mundos fuese, y para él, el Señor de todos los mundos empezó a ser.

La fe fue para Sebastián de Ara la mayor pasión que podía haber imaginado, la que a veces veía desde las montañas en unos pocos hombres y entendió la diferencia entre la pasión de un fe libre como la suya y el fanatismo.

Eso le dio fuerza para seguir buscando y tratar de averiguar qué debía hacer. Pensó que sabiendo eso tal vez también sabría quién era él.

Seguía desconcertado. Pero ahora ya no estaba atado a la tierra.

Durante mucho tiempo observó a los hombres de cerca, ya en la ciudad, pero no sabía qué buscaba, no sabía qué esperaba, pero él seguía incansable, tenía fe, había aprendido a tener la clase de fe que permite todo, que impulsa con una fuerza irresistible y ante la que no hay obstáculos.

 

Por alguna razón desconocida para él, tras seguir andando desconcertado por la ciudad, un día se fijó algo más en un hombre de la ciudad, sintió una simpatía especial por ese hombre y decidió acercársele y seguir su andar.

Ese hombre, como sabía Sebastián de Ara, a diferencia de él, tenía un nombre y también, como sucede entre los hombres, apellidos, y una familia de la que procedía, una familia, que como otras muchas, podía seguirse hacia atrás, tal vez hacia sus orígenes, por bastantes generaciones.

Observó que en momentos determinados, y unas pocas personas y en distintos lugares, a veces confundían el nombre del hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial y le llamaban Sebastián. Eso le llamó la atención porque únicamente, cuando confundían el nombre, le llamaban Sebastián. Había observado que con otros hombres, en ocasiones, también se producían confusiones con sus nombres y les llamaban con diferentes nombres pero nunca el mismo, a uno podían confundirle el nombre tres o cuatro personas y cada uno le daba un nombre diferente, sin embargo con el hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía especial siempre que se producía la confusión le llamaban Sebastián, nombre que no era el suyo. No le adjudicaban nunca ningún otro nombre.

Le gustó a Sebastián de Ara y se fue identificando con el nombre de Sebastián. Después de oírlo varias veces dirigido al hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía especial y que realmente no era su nombre, pensó que a quien llamaban con ese nombre era a él, entonces decidió que ese era su verdadero nombre. Se sintió satisfecho, identificado con dicho nombre, él era Sebastián. En lo sucesivo, cuando volviesen a confundir el nombre del hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía espacial sabía que a quien realmente llamaban era a él.

Al ir transcurriendo el tiempo se sentía más Sebastián. Al sentirse Sebastián y luego creer saberse Sebastián y creer que cuando se producía esa confusión de nombre le llamaban a él, decidió seguir en lo sucesivo únicamente al hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía especial.

Pensó, después de haber encontrado su verdadero nombre, que también podría encontrar su apellido, pero sabía que los apellidos son asuntos familiares y él no tenía una familia como las de los hombres que él había visto desde las montañas y luego en la ciudad.

También pensó que si había o creía haber descubierto su nombre estaría más cerca de saber qué debía hacer.

Por alguna razón desconocida para él, o tal vez por un impulso llegado a su alma desde algún lugar, se le ocurrió repentinamente, sin reflexión alguna, que su nombre completo, con apellido, era Sebastián de Ara. Pero eso carecía de sentido pues sabía que los apellidos son asuntos familiares de los hombres y su familia era muy especial y no podía compararse con las de los hombres del mundo que tienen apellidos. Por otra parte el apellido del hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía especial no era ese.

A pesar de estas reflexiones pensó que, si no veía algo con mayor claridad en otro momento, su decisión estaba tomada, se sentía identificado con ese nombre y con ese apellido. A partir de entonces sería Sebastián de Ara.

Esto complicó un poco su vida ya que cuando no tenía nombre era él, sin más, y podía identificarse fácilmente con cualquier hombre de los muchos que había visto, pero al ser Sebastián de Ara creía que se debía a algo, quizá a alguien y le iba a resultar difícil vivir a los hombres como antes, aunque él se sentía, eso creía, idéntico a como era antes de tener nombre y apellido. También se había dado cuenta de que desde que había adquirido un nombre propio, suyo, sólo se dedicaba a un hombre. Era un asunto que en algún momento debería resolver, seguramente cuando se enterase mejor de qué le estaba ocurriendo.

Tenía nombre y apellido, sabía que los apellidos significan algo para los hombres, los identifican, particularizan y diferencian, también suelen explicar el origen de las familias o la antigüedad de unos vínculos de sangre que muchos hombres valoran sobremanera.

Él ya tenía apellido, pensó que tras ese apellido podía haber una historia familiar, aunque le parecía absurdo dado su verdadero origen. Lo mismo pensaba cuando el apellido hace que algunos hombres se sientan más importantes si sus apellidos tienen historia o incluso que en ciertos casos otros hombres ajenos a esos apellidos y a sus familias, consideradas por algunos más notables, también los valorasen altamente y hasta los reverenciasen, pues él creía que lo realmente importante es lo que cada uno hace y lo que cada uno vive por sí mismo. No obstante sentía cierta curiosidad por saber si su apellido, su hipotética familia tenía historia.

Sabía Sebastián de Ara que muchos hombres de la ciudad no han nacido en ella o sus familias y que por la forma de desenvolverse las sociedades hace tiempo muchos hombres y muchas familias, que vivían en lugares rurales y también en las montañas, tuvieron que marchar a las ciudades. Esto hacía que la posible historia de su apellido fuese más difícil conocerla.

 

Un fin de semana el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial fue de excursión, esto lo hacía de vez en cuando e iba a diferentes lugares, el sitio al que fue en esta ocasión eran los Pirineos, Sebastián de Ara decidió ir con él en vez de quedarse en la ciudad como hacía otras veces. El hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía especial durmió esa noche al pie de una de las montañas más altas y más hermosas y allí tuvo un sueño al que de forma excepcional le fue dado entrar a Sebastián de Ara  pues, a pesar de sus características especiales, no podía entrar en los sueños de los hombres, esta fue la única vez que le fue dado hacerlo.

El sueño al que le fue dado entrar impresionó mucho a Sebastián de Ara y le hizo reflexionar durante mucho tiempo, no lo entendía. El sueño era una visión en la que aparecía un gigante colosal, mucho mayor que el tamaño que tenía, según cuentan, el Coloso de Rodas, el gigante estaba anclado a las montañas, era de enorme estatura y se alzaba sobre las montañas más altas de manera que parecía más arraigado en lo profundo de la tierra y mucho más grande, tanto que parecía abarcarlas a todas y estar por encima de ellas; era un gigante solitario, majestuoso, poderoso y poseía una   extraordinaria fuerza que procedía de su gran corazón y de su notable inteligencia. Su alma era noble.

Al despertar de su sueño el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial lo recordaba muy vivamente, se sintió impresionado y feliz y pleno al mismo tiempo. No sabía por qué razón sintió al gigante vivo y sintió por él simpatía especial; luego se identificó con algo que le sugería el sueño, el gigante del sueño, algo todavía vago y difuso, no sabía con exactitud de qué se trataba. Fue un sueño que quedó grabado en su memoria y, cosa extraordinaria, también en la memoria de su corazón. Tal vez por eso lo tuvo presente de manera viva durante toda su vida y además le daba fuerza cuando lo recordaba y creía que significaba algo, aunque no sabía qué.

 

Un día, el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial, y que vivía en una gran ciudad, decidió irse a vivir a otra gran ciudad mayor que aquella en la que había vivido durante muchos años. Sebastián de Ara decidió seguirle.

En la mayor gran ciudad, el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial tuvo momentos de felicidad y de desdicha, cometió errores, algunos cambiaron su vida de forma radical, intentó numerosas cosas con sinceridad, era inquieto, llegó a alturas y a profundidades tanto en la sociedad como en él mismo. Aunque creía ser un hombre normal, como cualquier otro hombre, tenía algo que le hacía ser distinto sin él saberlo. Sebastián de Ara siguió de cerca sus vicisitudes pero, aunque hubiese querido ayudarle en los momentos de desdicha y mostrarse feliz con él en los momentos de felicidad, no podía intervenir dadas sus características. Resultado de esa vida inquieta y, en el fondo de su alma, de búsqueda de algo, fue que el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial volvió a la primera gran ciudad y poco tiempo después se instaló en una ciudad pequeña.

Sebastián de Ara le siguió en todos esos cambios de ciudad ya que a partir del sueño al que le fue dado entrar, por única y excepcional vez en toda su vida, se sintió muy cercano y vinculado al hombre de la ciudad por quien sentía simpatía especial, pero ahora era algo más, creía depender de él pues pensaba que en él encontraría la respuesta que le dijese quién era realmente.

Cada vez que el hombre de la ciudad por quien sentía simpatía especial recordaba su sueño Sebastián de Ara se estremecía. Esto sucedió durante varios años.

En la ciudad pequeña, en la que vivió durante un tiempo con más tranquilidad y menos sobresaltos, el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial tuvo tranquilidad para reflexionar en el clima de amabilidad y calma que tienen las pequeñas ciudades provincianas. Esas reflexiones afectaban a Sebastián de Ara pues, aunque no le fue dado entrar en ellas ni en más sueños, movían su alma noble

El tiempo de vida tranquila creía que iba a permitirle saber quién era realmente, pensaba que el sueño al que le fue dado entrar y sobre el que no cesaba de cavilar le daría la respuesta que ansiaba.

Así sucedió, de manera impensada. Un día, el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial se acercó hasta el lugar en que había nacido hacía algunos años y, aunque rara vez lo recordaba ni le importaba demasiado si su familia tenía historia o carecía de ella, no pudo evitar recordar que su familia tenía historia, de siglos. Recordó sus apellidos y los apellidos que durante esos siglos se habían vinculado al suyo, esto a Sebastián de Ara le pareció interesante; los apellidos eran de diversas clases, con distintos significados y orígenes, uno de ellos era importante para Sebastián de Ara, era el nombre de un valle, muy hermoso, también del río de ese valle que se formaba en las montañas más altas de los Pirineos y a su vez el río del valle desembocaba en otro río de otro valle grandioso. Aunque el apellido el nombre del primer valle y del primer río, el río del valle grandioso en que desembocaba se llamaba  Ara. Esto impresionó mucho a Sebastián de Ara. El apellido que había tomado de forma repentina y sin pensar hacía tiempo ahora adquiría sentido. Si él había imaginado que su apellido era el de una familia estaba en lo cierto, pero lo importante era que procedía de las montañas más altas en las que nació y a las que estuvo anclado durante muchos años, además tenía alguna relación con el hombre de la ciudad por quien él sentía simpatía especial. Quedó perplejo y tranquilo al mismo tiempo.

Sólo le faltaba entender por qué razón había decidido que su nombre era Sebastián, aunque ahora le importaba menos. Había aclarado algo y volvía a interesarse en saber qué debía hacer.

En una ocasión, era un día más de su actual vida tranquila, el hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial se encontró con un pariente lejano, llevaba por su línea familiar el mismo apellido del nombre del valle y del río del valle que desembocaba en el río del valle grandioso, el río Ara; hablaron afectuosa y cordialmente aunque hacía muchos años que no se habían visto, en la conversación, en un momento y sin dar importancia, citaron a alguien común a ambos, de esa línea familiar, que había muerto hacía años, alguien especial y estrechamente vinculado a los dos, tal vez menos al pariente encontrado, que llevaba por nombre el suyo, Sebastián, pero no pudo aclarar si ese nombre correspondía a un hombre o a una mujer.

Su nombre y su apellido adquirieron pleno sentido para él.

Solamente le faltaba saber qué debía hacer, eso pensaba.

Creyendo saber quién era Sebastián de Ara reflexionó sobre lo que había hecho hasta entonces, sobre quién era él y, con mayor serenidad, sobre qué debía hacer pues todo había cambiado.

 

Cuando vivía anclado a las montañas le había sido regalado el don de contemplar una parte del mundo y recibir los rumores que llegaban del resto del mundo y todo eso lo había guardado en su gran corazón y en su notable inteligencia. Ahora él, Sebastián de Ara, estaba en el mundo, un mundo que, cuando lo había contemplado desde las montañas más altas a las que había estado anclado, amaba y no le parecía bueno, por eso había pensado en esos años que le hubiese gustado contribuir a cambiarlo y no sentirse un guardián distante como él creía entonces. Ahora que estaba en el mundo, libre, aunque con muchas particularidades, creía que podría empezar su trabajo verdadero de contribuir a cambiar el mundo. Eso debía hacer.

Quiso empezar a actuar inmediatamente, pero se dio cuenta de que estaba en el mundo, veía el mundo y el mundo no le veía a él, no podía hacer nada. Él que no tenía las necesidades de los hombres del mundo como:  comer, dormir, trabajar, descansar,... tampoco tenía la capacidad de los hombres del mundo para actuar.

Decidió entonces que debía escribir y contar lo que había contemplado cuando estaba anclado a las montañas más altas y también, porque creía conocerlo, lo que podría llegar a suceder en el mundo en algunas cosas y en algunas ocasiones. Cuando quiso empezar a escribir tampoco podía hacerlo dadas sus características particulares y únicas, según creía.

Pensó, ante semejante situación, que debía hablar con el hombre de la ciudad por quien sentía simpatía especial y que le había ayudado a saber quién era él, pero no podía comunicarse, eso creía. Al haber averiguado quién era no se sentía vinculado como antes pero sí obligado e íntima y profundamente unido al hombre de la ciudad por quien sentía simpatía especial.

No podía hacer nada, eso creía. Quería con más pasión que nunca actuar, pero no podía, eso creía. Se sabía asimismo poseedor de extraordinaria fuerza y de otras cualidades. No entendía qué sucedía.

 

El hombre de la ciudad por quien Sebastián de Ara sentía simpatía especial no volvió a tener el sueño del gigante de las montañas más altas de los Pirineos, pero lo seguía recordando como si siempre hubiese sido algo vivo. No sabía por qué razón a medida que pasaba el tiempo lo recordaba con más frecuencia y lo sentía más vivo. Esto afectaba a Sebastián de Ara pues a medida que se aceleraba el tiempo de esos recuerdos se sentía más cercano y unido al hombre de la ciudad por quien sentía simpatía especial, hasta que un día, sin saber por qué, tal vez por su cada vez mayor unión, Sebastián de Ara entró en el hombre que, en ese instante dejó de ser el hombre por quien sentía simpatía especial, se convirtió en un hombre al que ya no veía, pero ahora era simplemente no un hombre, era el hombre.

El hombre volvió a recordar su sueño una vez más, Sebastián de Ara descubrió que él era el gigante del sueño de las montañas más altas de los Pirineos, en ese momento se disolvió, se fundió, se integró en el hombre.

Cuando se estaba produciendo ese proceso de fusión, Sebastián de Ara empezó a entender cómo era posible que si él era un sueño hubiese podido vivir antes del sueño. Lo que entendió en ese momento es que él, Sebastián de Ara, había sido un sueño del mundo de los sueños que todavía no tenía propietario y cuando el Señor de los sueños que es el Señor de todos los mundos lo creyó conveniente el sueño llegó a su verdadero propietario. En ese momento Sebastián de Ara desapareció en el hombre y quedó no un sueño sino un recuerdo vivo.

Al saber que era un sueño, y antes de fundirse, llegó a pensar que se dirigía al almacén de los sueños, no fue así pues desde que fue sueño su destino era convertirse en un sueño de los que siempre viven, cosa poco frecuente.

Al saberse sueño de los que siempre viven, y durante el poco tiempo que pudo saberlo, Sebastián de Ara entendió que el Señor de los sueños que es el Señor de todos los mundos le había encomendado que, como sueño vivo que estaba destinado a ser, cuando desapareciese como sueño debía hacer recordar al hombre propietario del sueño cuanto él, Sebastián de Ara, había entendido cundo estaba anclado a las montañas más altas de los Pirineos. Así fue, pues era un sueño de los que siempre viven.

El hombre propietario del sueño entendió que debía aprender lo que Sebastián de Ara había aprendido. Aprendió a amar el mundo y por lo tanto a entenderlo, creía que no era bueno y deseaba contribuir a cambiarlo.

Él, hombre, sí podía actuar.

 

Sebastián de Ara