UNA PEQUEÑA HISTORIA

                                         Santiago Ubieto

 

La historia que narro no es ficticia, ocurrió en un lugar y en algún momento y tal como me llegó la cuento.

En cualquier lugar, en cualquier tiempo hay millones de historias, hay millones de hombres con sus vidas únicas, como es cada vida, como es cada hombre. Algunas de esas historias son conocidas, la mayoría no.

Esta corta historia es la de un hombre cualquiera y es una más breve historia dentro de la historia de aquel hombre.

Este pequeño relato no sé si es de la mente, de la imaginación o del alma de quien, como cualquier hombre, vivió su vida. Procede de unos pocos instantes de esa vida real.

 

Lo que cuento sucedió en un momento de lo que, en cierta forma, puede considerarse el descenso al infierno, al abismo, a la oscuridad total de aquel hombre.

Cómo llegó al abismo, qué vivió o cómo fue su infierno no tiene importancia en este momento, aunque sí la tuvo en la vida de aquel hombre.

 

Algunos hombres, en momentos de sus vidas descienden, en mayor o menor grado, al abismo. No suelen conocer las causas de su viaje en el momento de iniciarlo, tampoco saben cómo empieza, pero en un momento dado adquieren conciencia de su situación, de ellos mismos.

El infierno es de muchas clases y reviste múltiples formas.

De entre los muchos hombres que descienden al abismo, a la más absoluta oscuridad, unos salen y otros no.

En ocasiones son sociedades enteras las que descienden al infierno. Esto ha sucedido siempre.

Hay religiones, mitos, leyendas que asocian el infierno con el fuego, éste suele considerarse purificador.

En el hablar este viaje acostumbra a considerarse como un descenso, seguramente se debe a que quienes lo realizan alcanzan profundidades en sus almas que de otra forma pocos consiguen.

Quienes salen del abismo, de la oscuridad total suelen hacerlo con sus corazones transformados, con otra clase de conocimiento, tal vez el auténtico, y sus vidas son otras. Quizá quienes han salido del infierno se acerquen a la filosofía auténtica, a la sabiduría posible entre los hombres, la que no es un mero ejercicio intelectual. Es la filosofía verdadera, viva, real, la que vitalmente impulsa y conduce a su fin que, según entendían los hoy apenas recordados filósofos griegos, encamina a los hombres a la sabiduría que, decían, se encuentra en la divinidad.

 

 

La historia dentro de la historia

En su infierno, abismo, oscuridad, no sé cómo llamarlo, aquel hombre empezó a ver, entender, sentir o todo al mismo tiempo desde su ser entero qué era su vida real, en cierta forma llegó a pensar más adelante que era el razonamiento del ser o del alma.

En su abismo, aquel hombre sólo veía muros de altura infinita, infranqueables, negros, ante los que se estrellaba una y mil veces, frente a los que se sentía impotente, totalmente desamparado y sin posibilidades de salir de su infierno y, en el mismo, de su oscuridad total.

Vivió muchas zozobras, miserias, aislamiento, una angustia profunda y constante, pánico,… se veía encadenado y no podía romper las cadenas, se sentía encarcelado de una forma sutil, golpeado constantemente, abandonado, su vida estaba hundida para lo que pensaba era el infinito. Todo eso era su mundo real. Había mucho más que no me explicaron.

Su música era la del silencio más estruendoso que había oído.

 

Un día, en su desesperación y necesidad voluntarista y engañosa de tener esperanza, pues la idea del suicidio había persistido en él durante mucho tiempo, creyó que empezaba a rezar y, luego, continuó rezando de manera espontánea y mecánica hasta que, transcurrida una eternidad para él, llegó a su mente de forma espontánea y abstracta: “Volver al Padre” o, tal vez surgió de lo más hondo de su alma.

Aquel hombre no practicaba religión alguna, en su época y en su sociedad la práctica religiosa se tenía por residual y, se decía, era para individuos incultos, fascistas o de otras sociedades.

Hacía más de 40 años que aquel hombre había abandonado toda práctica religiosa pues estaba convencido muy seria y razonadamente de que las religiones, tal como funcionaban en los tiempos que él recordaba y tal como las habían inventado los hombres, eran perniciosas y, a lo sumo, llegaba a imaginar intelectualmente una especie de religión del hombre que nada tenía que ver con las religiones inventadas a lo largo de la historia.

Tras  ese “Volver al Padre” apareció en su mente una idea, una especie de historia que más tarde llegó a su corazón y después a todo él, pero ya sin historia, tan sólo quedó  en la memoria de su corazón y en el pensamiento de su alma la esencia de la misma: la presencia real en el mundo y en su mundo de la soberbia y de la luz.

Pensó que empezaba a creer, pero no admitía lo que se entiende por fe: una serie de creencias, pues creer se entiende por tener por cierto lo que no alcanza la razón o no está demostrado. Pensó que lo que podía ser fe no era más que algo totalmente acorde con su razonamiento, que procedía del diálogo del alma consigo misma (esto tiene reminiscencias platónicas). Pensó que esa fe estaba enraizada en su naturaleza, era racional y no era más que saber y entender desde el alma, de alguna manera era un atributo más del hombre, al menos cuando se entiende de este modo..

Intuyó que lo que subyacía en la historia en sí, la que relato a continuación, tenía algún sentido, no necesariamente la misma historia.

Vislumbró la luz y, en consecuencia, empezó a emerger la de su alma.

Se acercó al razonamiento del alma, llegó al pensamiento del corazón y, desde su ser entero, a la necesidad, al sentimiento puro de actuar desde la libertad posible en cualquier hombre auténtico.

 

La breve historia que, dentro de su pequeña historia, llegó a aquel hombre es esta:

“El hombre, cuya esencia es divina, está dotado en ella de todo excepto de la capacidad de crear. Lo único que se crea en realidad es la sustancia que no debe entenderse únicamente en el sentido material y tangible que la dan los hombres, es mucho más. En la creación verdadera es donde se encuentra y manifiesta el mayor poder concebible.

Antes de existir la Tierra y los hombres, de entre los millones de seres creados hubo algunos que se sublevaron contra el Creador y quisieron apropiarse de su más alto poder: el de crear. La sublevación de esos seres fue posible porque la verdadera libertad formaba parte de su naturaleza.

El hombre, lo mismo que la creación entera, es fruto del amor divino, por lo que el infinito amor y perfección de Dios hacen que no aniquile sus obras vivas, aunque se desvíen de su fin, pues han sido creadas para que se asemejen a Él y sean uno con Él y en Él.

La soberbia, que es un acto de desamor total, resultado de ese primer atentado contra el Amor, contra el Padre, desde la libertad, hizo que esos seres endiosados se apartasen de su Creador.

Puesto que, según se ha dicho, Dios desea la unión perfecta con todo y en toda su creación viva y el infinito gozo en ella, pues eso es el amor, creó la Tierra para que esos seres endiosados, ahora hombres, renaciesen, se regenerasen y transformasen sus corazones para recuperar la pureza original, su naturaleza limpia y total, vivir desde ella y en ella y poder volver al Padre.

El hombre sigue siendo el mismo ser en su naturaleza, no ha perdido ni uno solo de sus atributos originales, los de su esencia pura que es divina, pero su soberbia los distorsiona y oscurece.

Al descender a una forma de vida menos sutil, el hombre ha sido dotado de medios suficientes para su renacimiento, entre otros; el cuerpo, la muerte y el mismo mundo que construye o destruye.

Ante nuestros dislates y no querer encontrar la luz que hay en nuestra alma, no hay que olvidar que su naturaleza es divina, en un momento dado vino Jesús, que significa Dios salva, como impulso luminosos desde el Amor, como Hijo de Dios y como Hijo del Hombre, se hizo Hombre, con esto mostró la grandeza del hombre y, por lo mismo, nos muestra con claridad el camino vivo, Él mismo, hacia la plenitud del hombre y, desde ella, hacia la vuelta al Padre”.

 

Algunas referencias sueltas.

En la literatura y en otros lugares hay historias más o menos similares, así, E. Sabato en “Abaddón el exterminador” en la “Exposición del doctor Alberto J. Gandulfo” cuenta una historia con cosas similares aunque Sabato hace algunas consideraciones importantes sobre Satanás y algunas de las formas que tiene de actuar, también recuerda que Satanás carecía de la facultad creadora, de lo sagrada que es la libertad instituida por el “Divino Padre”: Centra su historia en la ambición de poder de los sublevados liderados por Satanás.

Pueden encontrarse escritos más o menos relacionados con esta breve historia, algunos bastante antiguos, así, en el siglo II, Ireneo, que fue obispo de Lyon y discípulo de Policarpo quien a su vez lo había sido de San Juan Evangelista, en su obra “Adversus haereses” afirma que Satanás perdió la gracia porque sintió envidia de Dios, deseando “ser adorado como Él” y también la sintió el hombre creado a semejanza de Dios. Según Ireneo, Satanás no obligó al hombre a pecar, “lo eligieron libremente ellos porque Dios los creó precisamente concediéndoles el máximo don, el libre albedrío”, más adelante dice que Satanás es el único y también verdadero y tenaz tentador porque envidia ese estado original.

Plotino dice en sus “Eneadas” que está el principio divino de las cosas. El alma conoce a Dios por medio de un contacto esencial y de una simple intuición. El fin y término del hombre es la unión íntima con la Divinidad. Para conocer la verdad al sabio le basta ser consciente de sí. Sólo mediante una vuelta a la interioridad puede el ser humano encontrar el camino de la Divinidad. El sabio debe aislarse de las cosas exteriores y auscultar su corazón. Además, entiende como positivos: el amor, la música y la filosofía.

Por su parte , Jámblico dice en “Los misterios de Egipto”: “El intelecto es aquello que entre nosotros hay de divino, inteligente y uno […] que se despierta manifiestamente en la oración y se une a Él en la perfección en sí” y continúa con un himno a Amón: “Él oye las oraciones de aquel que grita hacia Él; en un instante viene de lejos hacia aquel que le invoca. Tener conciencia de nuestra nada es lo que nos empuja a orar: y por la súplica nos elevamos pronto hasta el Ser a quien suplicamos, nos hacemos semejantes a Él por su frecuentación continua y desde nuestra imperfección llegamos poco a poco a la perfección divina”.

 

En diversas disciplinas aparecen cosas similares e interpretaciones diferentes relacionadas en algo con esta historia, pero aquí no se trata de analizar o reflexionar,… sobre ella., sabiendo que en el mundo que hemos construido los hombres la soberbia se percibe como uno de los sentimientos más fuertes en muchos impulsos, aun sin tener conciencia de ello, basta analizar lo que subyace en nuestras actuaciones y en las instituciones más duraderas de la historia, así, el poder desde siempre, los sistemas sociales y otras muchas instituciones que, como construcciones de la mente humana, muestran que su verdadera y más profunda naturaleza es la soberbia.

 

Epílogo

Cómo acabó la historia  de aquel hombre lo desconozco, pero sí me llegaron rumores de que salió del abismo con el corazón transformado, limpio, viviendo desde su alma, amando a los hombres de un mundo que no le gustaba, al que sabía que ya no pertenecía, pero él estaba en el mundo.