La guerra, la guerra de USA. La paz
Santiago Ubieto
La
reciente guerra, la de USA en Irak, parece que ha sido la única, ha sido la
guerra por antonomasia.
La
verdad es que la humanidad no ha conocido un solo período de ausencia de guerra
que es como suele definirse la paz, creo que esta es algo muy diferente.
En
realidad la guerra no es otra cosa que una de las varias manifestaciones de la
depredación humana, asumida y valorada por la sociedad, desde hace siglos, como
una institución importante, clave, en cuanto a establecer las reglas del juego
de la sociedad, las limitaciones en las interacciones humanas, lo permitido y
lo prohibido a la hora de actuar los individuos.
No
voy a hablar de los horrores de la guerra aunque sea lo que inicialmente afecta
y hace sufrir a la gente en mayor grado, pues siendo un aspecto fundamental y
que a algunas personas les suscita sentimientos de compasión sincera y no meramente
intelectual, dada la gran importancia que tiene el tema no es posible abordarlo
aquí.
La
guerra es una de las varias manifestaciones de la depredación humana, aclaro
que los animales depredadores que no son hombres, lo son con otros de distinta
especie a la suya y tan solo para alimentarse; el hombre por el contrario es el
único animal depredador que saquea, roba, viola, destruye, ejerce la violencia
con los de su misma especie. La guerra es una de las manifestaciones más vivas,
directas e impactantes de las consecuencias del hábito, realmente de la
institución depredadora que tan profundamente arraigada está en la conducta de
los hombres, de la sociedad. Hay otras manifestaciones directas de esta
institución, que a pesar de causar muchas más muertes y mucho más sufrimiento
en los hombres, por diversas razones no llegan a nuestras conciencias.
Tendremos que preguntarle a nuestra conciencia qué le sucede, suponiendo que la
conciencia moral tenga algún sentido para nosotros; parece no tenerlo.
La
guerra, como manifestación de esta institución, tiene como peculiaridad
producir efectos bastante inmediatos, sobre todo en las relaciones, en los
resultados de las luchas de poder que siempre han existido en las sociedades,
entre los hombres y que es lo buscado realmente. La enfermedad de poder.
Así
pues, una guerra se proyecta y ejecuta para lograr ventajas políticas y económicas,
más poder en definitiva, tanto para quienes lo encarnan visiblemente como para
las sociedades directamente vinculadas y que también se sienten más poderosas..
Aunque
quienes deciden sobre las guerras son los gobernantes, aquellas no se pueden
hacer si en la sociedad no hay guerreros, miles de hombres y ahora también
mujeres, dispuestos a matar y aunque lo piensen menos, a morir. Que en los últimos
años también haya mujeres guerreras en los ejércitos occidentales es un hecho
curioso; entre las ideas que antes se tenían acerca de la mujer estaba la de
considerarla más cercana a la vida, ya que cuando son madres, y esto es algo
que la naturaleza ha organizado así sin consultarnos, llevan en sus entrañas
otra vida que luego se hace independiente, es decir, se tenía la idea de que
estaban más próximas vitalmente a la fuente de la vida humana, seguramente debía
ser un prejuicio machista, ya que ahora se convierten algunas en profesionales
de la muerte, de matar a otras vidas que han estado en las entrañas de otras
mujeres.
El
acto de matar supone para muchos hombres un verdadero placer, una gran
satisfacción, una excitación muy especial, todo eso distinto a otros placeres.
En la guerra: miedo y deseo, poder,... en los individuos que matan. Hay
informes que así lo cuentan, el gobierno británico elaboró uno a raíz de la I
Guerra y su conclusión tras estudiar a numerosos soldados fue que una gran
mayoría experimentó un placer muy especial. La enfermedad de poder.
Hay
que recordar también que en la cultura de esos guerreros, de los ejércitos, se
dan una serie de características: fantasías sexuales, lenguaje obsceno como
algo normal, culto a lo que ellos entienden por masculinidad, por hombría,...
Para que eso esté en el ejército, necesariamente está en mayor o menor grado en
alguna parte de la sociedad. Hay también algunos guerreros que, por llamarlos
de alguna forma, podría decirse que son idealistas.
También
es cierto que muchos de esos soldados lo son porque es una de las formas que
encuentran para salir de cierta marginalidad social e integrarse o encontrar vías
para mejorar su estatus.
La
historia de los ejércitos y de las guerras no se explica sin algo que está
arraigado en la sociedad pero que en las guerras se manifiesta en su forma más
primitiva, me refiero al placer humano de depredar: la muerte, el pillaje, el
saqueo, la violación de mujeres o niños, la brutalidad sin freno, siempre. En
estas circunstancias la sociedad apenas penaliza esos actos. En los ejércitos
actuales de los países del Occidente desarrollado económicamente, no es
necesario que se produzca todo eso de forma masiva e inevitable, son más
profesionales, necesitan un perfil de guerrero más tecnificado, pero los rasgos
más acusados son los de esa cultura militar.
Al
estar asentados los estados y asumir o sufrir la sociedad su poder, el pillaje,
el saqueo, el robo, son tareas que se revisten de ropaje político, económico,
patriótico y burocratizado; esos actos así planteados suelen verse bastante
normales, aceptables y hasta beneficiosos por la sociedad que cree van a
reportarle algún provecho.
Hay
que tener presente además que los altos mandos de los ejércitos suelen
pertenecer a las clases altas de la sociedad, históricamente a la nobleza cuyo
origen está en la depredación, actualmente a la burguesía hegemónica y
dominante. Tanto es así que incluso en ocasiones llegan a la política, ya sea
como dictadores, ya sea democráticamente. Entre los primeros: Pinochet, Franco,
Julio César, Alejandro, etc., entre los segundos: Eisenhhower, De Gaulle,
Sharon, Barak, Powell, etc.
Al
ser los ejércitos uno de los instrumentos de los estados para su defensa, a
veces para la represión, están dirigidos por las clases dominantes y por lo
mismo a su servicio de manera especial.
Todos
los sistemas económicos y sociales han sido expansivos y han utilizado la
guerra como un medio más para su expansión, tanto el sistema esclavista o el
feudal, como el marxismo-leninismo o el capitalismo.
Ahora
el único sistema que existe con fuerza a nivel mundial es el capitalista, para
entender la actual guerra será necesario hacerlo desde esta perspectiva.
Al
hablar de sistema capitalista no hay que entender tan solo el aspecto económico,
el capitalismo, basado en la propiedad privada de los medios de producción, es
un sistema económico y sobre todo social. Los modos de producción que definen
un sistema son los ideados por la sociedad.
El
capitalismo no es más que un refinamiento de la institución depredadora que tan
arraigada está en la sociedad. Esta institución clave posiblemente empezó a
asentarse en la conducta de los individuos con la revolución neolítica, desde
entonces ha ido refinándose en algunos aspectos. Cuando el modo de producción
exclusivamente esclavista empezó a mostrar inconvenientes, fue sustituido por
el feudal y este, por la misma razón por el capitalista. El rasgo común a todos
ellos es que son en su naturaleza depredadores.
El
sistema no es algo abstracto, lo formamos en conjunto a totalidad de la
sociedad, con instituciones (son creaciones de la mente humana que estructuran
las relaciones de los hombres), organizaciones y organismos de todas clases,
leyes, costumbres, estamentos, clases y escalas sociales, etc.
No
vamos a entrar aquí en si esta guerra ha sido legal o ilegal, justa o injusta.
Para el verdadero pacifista todas las guerras son ilegales e injustas y toda
injusticia, que no lo olvidemos, surge del sistema, es violencia. No a la
guerra no implica pacifismo.
A
partir de lo anterior vamos a intentar encontrar una posible explicación a la
guerra reciente promovida desde el núcleo de nuestro sistema.
El
sistema capitalista es expansivo por su naturaleza intrínseca. En este momento
se caracteriza por lo que puede llamarse capitalismo monopolista, término
antiguo pero plenamente vigente.
Dentro
del propio sistema hay luchas, así: la competencia desaforada entre empresas,
su constante necesidad de expansión, de crecimiento, de ser más grandes (eso
significa más poder), estrategias de las empresas (término totalmente de la
guerra).
Los
cambios en los equilibrios o desequilibrios mundiales de los últimos 15 años,
han evidenciado de manera más clara si cabe la existencia de una única
superpotencia económica, tecnológica y militar, un verdadero imperio, aunque
diferente a los anteriores y que tiene algunos rasgos de todos ellos, sobre
todo del romano, del español y del británico.
Como
a cualquier otro imperio su fuerza le lleva a dominar, no necesita pedir
permiso a nadie para actuar. Los organismos internacionales, está claro, no se
ajustan a lo que hoy son los diferentes países que como es natural tan solo
velan por sus propios intereses, los de sus grandes empresas y los de los
ciudadanos en cuanto a ser proporcionadores de votos para legitimar sus
actuaciones; tampoco se ajustan los organismos a los desequilibrios existentes.
En
la guerra que nos ocupa, algunos medios han sostenido que la idea de atacar a
Irak por parte del actual grupo ultraconservador que gobierna en USA, es
anterior a su llegada al poder, incluyendo en esto su intento de sacar al
anterior presidente por medios legales poco claros, pero dado que el sistema
democrático americano funciona mejor que en la mayoría de los países, el
intento no tuvo éxito. Es sabido que las posteriores elecciones presidenciales
fueron algo chapuceras y ese grupo se hizo con el poder. En otros países
importantes de Occidente se hacen chapuzas mayores.
Tenemos:
grupo ultraconservador, visionario, con fuertes intereses empresariales, con
conciencia de monopolio del poder a nivel mundial y con las necesidades
expansivas del centro del sistema capitalista que le impulsan a crear nuevas
condiciones. Todo eso da como resultado en la percepción de ese grupo:
hegemonía y poder total incuestionado; voluntarismo en la interpretación y
percepción que tienen del mundo; medios abundantes para actuar, todos;
necesidad de cambiar los equilibrios y desequilibrios en lugares estratégicos
para proseguir la expansión y hegemonía del centro del sistema, de las
empresas; como consecuencia, adquirir , lograr, como dicen los teóricos de la
empresa, ventajas competitivas, es decir, más poder económico.
Todo
esto no se hace sin la aquiescencia de su sociedad, las encuestas o su interpretación indican que hay aceptación
mayoritaria de la guerra en el país, los gobernantes y representantes han sido
elegidos democráticamente. La propia sociedad tiene conciencia de ser como tal
poderosa y no admite que su invulnerabilidad haya sido cuestionada meses atrás,
reacciona.
La
guerra se pone en marcha con una idea: Conmoción y espanto, esto se inspiró en
lo que supuso la bomba atómica de Hiroshima. Los bombardeos anteriores sobre
Japón, que habían matado a mucha más gente, eran convencionales, la nueva bomba
conmovió, causó pavor, espanto, verdadero horror. Mostró el verdadero poder y
quién lo tenía. Allí se acabó todo. Poco antes, el 13 de febrero de ese mismo
año fue lo de Dresde.. El trasfondo y el nombre de lo actual es el mismo,
mostrar, transmitir al mundo el descomunal poder USA, en manos de una clase
dirigente peligrosamente visionaria.
Es
un acto de soberbia de ese capitalismo poderoso e implacable, un aviso al resto
del mundo. Resucita el Yaveh volcánico, terrorífico, castigador en idea y en
hechos, pero ahora los hombres son Dios, en su enorme soberbia, los hombres le
suplantan en su poder sobre la vida y la muerte. La enfermedad de poder.
Por
si había alguna duda el Secretario de Guerra norteamericano explicó al empezar
los bombardeos sobre Bagdad que estaban llenos de "cuidado, precisión y
humanidad" y en rueda de prensa que "nadie puede hacerse una idea de
lo precisas que son las armas que estamos usando".
En
este contexto se da un pulso desigual en el reparto dentro del sistema, que
engloba también al resto de los países aunque en diferentes posiciones de poder
y se admiten otras acciones, militares o no, de esos otros países al margen de
organismos internacionales como la ONU, UE, OTAN, y otros.
Así,
la impunidad francesa ante la actuación de su ejército, hoy, para mantener a
crueles dictadores (los dictadores son crueles siempre) en diversos países de
su influencia tras su salvaje colonización anterior, como es el caso de Costa
de Marfil (productor importante de cacao y café) o de la República Centroafricana
(diamantes) o su dejación vergonzosa en Ruanda que originó el terror conocido
hace pocos años.
La
permisividad total y el silencio del mundo bienpensante ante la despiadada
represión de Rusia, antigua patria soviética, en Chechenia, condenada por la
ONU en el año 2.000 por violación de los derechos humanos. Decenas de miles de
muertos, ciudades totalmente arrasadas y demolidas, violaciones masivas y
sistemáticas a mujeres, torturas numerosas, decenas de miles de desplazados.
Aceptación
silenciosa y cómplice del impulso desintegrador por parte del renacido
nacionalismo alemán actual en la antigua Yugoslavia, con las trágicas
consecuencias conocidas.
No
es necesario seguir.
Al
hablar de países hay que entender intereses empresariales, especialmente del
capital monopolístico, en primer lugar o de privilegios derivados de la
superexplotación de las gentes y de los recursos de esos países no
desarrollados económica y técnicamente, que beneficia además a la gran mayoría
de los países explotadores.
No
es necesario recordar las diversas guerras, tan solo algunos detalles de los últimos
150 años y ver cómo hoy todavía pagan un
altísimo precio los perdedores.
Fundamentalmente
ha sido la "vieja y sabia Europa" la protagonista. Aparte de haber
organizado dos Grandes Guerras, con docenas de millones de muertos, sistemas de
extrema y masiva crueldad como el nacionalsocialismo o el no menos aterrador
estalinismo o los sangrientos nacionalismos recientes, en esos últimos años se
lanzaron casi todos los países a una desaforada carrera colonial en la que
graciosamente se apoderaron de continentes enteros, de lo que no se habían
apropiado antes y dada su enorme superioridad técnica e inferioridad moral,
dominaron salvaje y cruelmente con el fin de establecer compañías, empresas,...
controlar sus productos, importantes para las sociedades occidentales, y que
tras la esquilmación, el trato a sus poblaciones como a verdaderos esclavos, en
la descolonización reciente sus ejércitos o sus mandatarios, siguen protegiendo
celosa y eficazmente esos intereses: productos básicos, mano de obra para la
globalización a precios inferiores a los de la esclavitud,... y que a nosotros,
ciudadanos con derechos, nos reporta grandes beneficios.
Eso
es resultado de nuestras guerras, desde hace muchos años. Son guerras no
televisadas y no son guerras del perverso imperio de cuyas guerras también
obtenemos tanto beneficio como los del centro del imperio.
Nuestra
opulencia es resultado de todo eso.
Por
otra parte, frente a la hegemonía USA se produce un debilitamiento constante de
un posible contrapeso europeo como podría ser el de la UE, el florecimiento de
pequeños y ridículos nacionalismos reivindicativos que parecen tener como
modelo las revoluciones del siglo XVII dado su carácter burgués y aristocrático
(la aristocracia es ahora por nacimiento, apellidos, sangre, idioma,...),
escasamente democrático, o renacidos nacionalismos mayores, todo eso da como
resultado una dispersión del poder, crea desunión y debilidad, sin olvidar que
la democracia formal europea es reciente en muchos países y en los otros, su
corta andadura, fue restaurada por americanos y británicos.
Da
la sensación de que los gobiernos que en la ONU rechazaron la guerra actual y que hoy tienen otros asuntos peores, lo que
hicieron fue rechazar la evidencia de la hegemonía USA pero sin capacidad para
contrarrestarla, parece que fueron votos de impotencia. Los países que no
mostraron ese rechazo se acercaron al amigo poderoso. Verdaderos y serios
esfuerzos para evitar otra guerra no se percibieron por parte de nadie. Eso
volvió a mostrar una vez más la imposibilidad de que los países puedan ponerse
de acuerdo cuando hay conflicto de intereses, también muestra las extrañas
reglas de una organización como la ONU, con derechos de veto, sin capacidad
operativa y con escasa autoridad incluso moral.
Se
han buscado otras coartadas para justificar la guerra que nos ocupa: el nuevo
terrorismo. Unas sociedades lo perciben más amenazante que otras, en ese caso
las sociedades se muestran desconcertadas, inseguras, temerosas. Cambian
seguridad por lo que sea.
Al
mismo tiempo algunos aspectos de la llamada globalización son reales, se ha
mundializado el espíritu del sistema. La gente que reivindica contra el sistema
es escasa, lo que parece querer es acercarse, integrarse, subir en su categoría
social y económica, entrar en el paraíso consumista del sistema, es lo que le
muestran.
Mientras,
las formas de producir se mantienen en la periferia: esclavitud real, superexplotación
legal, calamidades medioambientales,...
En
esa periferia se dan guerras de baja intensidad que como es natural no nos
interesan, permiten llegar a ese pequeño poder a dictadores o a burguesías al
servicio del sistema, del gran capital, interesan tan poco esas calamidades que
no se televisan, no son negocio ni como información.
La
sociedad occidental está imbuida del espíritu del sistema, del capitalismo sin
más cuestionamientos: consumismo, capitalismo popular, formas de ocio,
problemas propios del sistema social creado y del que algunos sociólogos al
referirse al mismo lo consideran: hedonista, individualista, vacío, etc.
Hay
otros aspectos marginales como lo que se ha dado en llamar choque de culturas,
que no se admiten y que no hemos empezado a resolver al no ser capaces ni aun
siquiera de plantear el problema o de discutirlo.
En
algunos círculos surge el tema resbaladizo del sionismo, que además suele
confundirse con religión judía o con el estado de Israel, con la secular idea
del enorme poder económico de los judíos, sin más. Se está dando en algunos lugares
un a vuelta al secular e irracional antisemitismo.
Nuestra
sociedad se ha opuesto a algunas guerras, también a esta, pero a la guerra en sí
pocas veces y menos a las consecuencias, pues las sigue aceptando y beneficiándose
de ellas, lo mismo que de la injusticia global o de la superexplotación. Se
opone sobre todo a una percepción de hegemonía, de imperio en el que además nos
miramos y al que debemos bastantes cosas: la democracia en casi toda Europa,
grandes avances en el pensamiento, en la ciencia, en la técnica, suministro
barato de materias básicas para nuestro derroche.
Ante
las guerras de nuestros propios países, ya sean directas o indirectas, no
decimos nada. Ante el mantenimiento en nuestras grandes empresas de formas de
explotación y expolio salvajes, lo único que hacemos es beneficiarnos
directamente. Ante los no derechos ajenos, que suelen beneficiarnos,
permanecemos impasibles. Ante aquello que nos molesta, cerramos los ojos, pero
sobre todo el corazón.
El
imperio, el sistema duro e implacable con muchos, el espíritu del mismo, todo
eso lo construimos y constituimos nosotros, somos todos y cada uno en
diferentes posiciones y ligares, es el sistema capitalista a cuyo verdadero centro llamamos imperio.
La
guerra la han organizado unos, pero desde el sistema somos responsables todos
al no haber sido capaces de hacerlo justo para todos los hombres.
Decimos
no a la guerra, ¿a qué decimos sí?
"Además,
nosotros no podemos afirmar la inocencia de nadie, y sin embargo podemos
afirmar con certeza la culpabilidad de todos. Todo hombre es testigo del crimen
de todos los demás, ésa es mi fe y mi esperanza"
(La
caída. A. Camus)
La paz
La
paz suele relacionarse con la ausencia de guerra. No hay guerra y vivimos en
paz; ahora, en nuestros días, no hay guerra televisada y tenemos un mundo en
paz. Sabemos que hoy hay unas cuantas guerras, las ignoramos, creemos que no
nos conciernen aunque obtengamos beneficios de ellas. Sabemos también que la
humanidad no ha conocido un solo instante, no digo de paz, de ausencia de
guerra. Nos repiten machaconamente que vivimos en un mundo globalizado, lo cual
es falso, la mundialización de flujos es limitada y tiene tan solo un sentido,
el de vuelta.
La
guerra está total y cotidianamente en nuestras vidas. Pensemos por un momento
en las empresas, instrumentos fundamentales del sistema, en su lenguaje, en los
modelos que inspiran su actuación, son totalmente guerreros: estrategia, táctica,
competir, dominar, eliminar al competidor, etc. Pensemos también en casi todo
nuestro ocio, deportes masivos, todos tienen la misma idea y usan el mismo
lenguaje; uno tan popular como el fútbol: disparo, tiro, estrategia, táctica,
luchar, pena máxima, victoria, derrota, machacar al rival, perdonar la vida,
etc. , videojuegos, cine, deportes de riesgo, ...
La
sociedad valora la riqueza, valora mucho la mucha riqueza; sabemos que lo único
que crea riqueza es el trabajo de la gente; para que alguien acumule mucha
riqueza, necesariamente muchos han de acumular mucha miseria, lo recuerda A.
Smith: "pero aquel estado primitivo, en que el trabajador gozaba de todo
el producto de su propio trabajo, no podía permanecer después de introducida la
propiedad de la tierra y la acumulación de fondos".
La
depredación humana, que no sé si es consustancial e inevitable en el hombre,
está profundamente arraigada en nuestras conductas, en nuestros valores,
costumbres, normas, leyes (recordemos que el derecho romano, institución
fundamental, se refiere tan solo a hombres libres) y se manifiesta en la
guerra, en el robo, ya sea legal o no, en la explotación, legal o no, de unos
hombres por otros hombres, en definitiva, en la injusticia primera; es la
verdadera generadora de la violencia.
La
injusticia primera empieza cuando la fuerza bruta prevalece sobre la razón y
los actos de los hombres son la perversión de la voluntad y de la razón, ésta
debería apoyarse en el conocimiento que, si aceptamos la idea de que :
"consiste en despertar y estimular los poderes activos internos de la
mente, la cual efectúa su propia actividad interna sobre los objetos
presentados por los sentidos, llegando así a conocer o comprender activamente
una cosa mediante los razonamientos de una razón abstracta, libre y
universal" (Cudworth), vemos que cuando eso se pervierte se rompe todo, la
razón abstracta, libre y universal.
En
el hombre se dan contradicciones, los órficos decían que es hijo de la tierra y
del cielo estrellado, están las dos fuerzas en él, ángel y bestia, pero el
hombre tiene la capacidad de razonar, de buscar y encontrar esa razón
abstracta, libre y universal. Las contradicciones le llevan a las apetencias
irracionales, deseos de dominio, de posesión de las cosas, de los bienes, de
los esfuerzos, de las voluntades de otros hombres, de las vidas de otros, de
las mercancías (la teoría del fetichismo de Marx explica algo).
Tal
vez el primer asesinato del padre tuvo que ver con desear la mujer que este tenía
y con ocupar su posición, el poder, la idea del dios institucional; tal vez sea
cierto que el hombre empezó su carrera de injusticia y depredación en tiempos
tan lejanos como los de la revolución neolítica, pues al empezar el hombre a
vivir sedentario y acumular bienes, es decir, trabajo en forma de mercancías,
el deseo de lo ajeno, de trozos de su vida pudo concretarse , materializarse más
fácilmente; tal vez sea cierto que la luz que en algún instante, aun fugaz,
ilumina a todo hombre que viene a este mundo, muchos la rechazan; tal vez esa
perversión de la razón y de la voluntad, esa obnubilación, vuelve todo oscuro,
que el brillo de las cosas, de los bienes materiales, oscurece y enloquece al
hombre, pues en el fondo son pedazos de la vida real de alguien, y se roba y
mata a quien los posee. Los bienes espirituales no pueden robarse, pero también
se mata a quien los posee, o se le desprecia, o se le castiga, en este caso
porque es un espejo en el que nos reflejamos y no lo podemos soportar. El
primer embrutecimiento es el que nos empieza a cegar, el de la primera perversión
de la razón y solo vemos sombras, estamos en la "caverna", cuando
llega la luz verdadera nos ciega, lo que sigue es conocido.
Tras
la injusticia primera la enfermedad de poder.
Hablo
de enfermedad de poder, equiparo injusticia y guerra, hablo de perversión de la
voluntad y de la razón, recuerdo las sombras de la caverna, aparece la idea de
libertad.
No
es este el momento para recordar lo mucho escrito sobre la libertad y las
muchas luchas y sufrimiento por su búsqueda.
Cuando
un hombre carece de libertad, alguien le domina. Las formas de plasmar el
dominio o de empezar a dominar a alguien, el poder, son numerosas y se dan de
muchas formas: la guerra, hemos visto antes, se hace para dominar; cualquier
tipo de injusticia es exactamente lo mismo, dominio de alguien sobre alguien.
La guerra es mucho más impactante e inmediata y visible en las primeras
manifestaciones de poder; el hambre, la superexplotación; las penosas
condiciones de la enorme mayor parte de la humanidad,... son formas más
continuadas, de siglos, y muchísimo más masivas y no menos crueles. Es tan
cotidiano que nos parece natural, nos parece nuestro derecho; no solo no
hacemos nada, lo apoyamos por acción o por omisión (recuérdese que la libertad
puede definirse como la facultad que tiene el hombre de actuar o de no hacerlo,
y de ser responsable), en realidad de las dos formas. A lo sumo, si tenemos
cierta conciencia, pensamos que no podemos hacer nada, falso, y seguimos igual.
Los sicólogos seguramente llamarían a eso: dilución de la responsabilidad.
Eso
es poder, dominación. También algunos sicólogos dicen que en eso hay una relación
sado-masoquista, enferma.
Si
los hombres somos iguales es inconcebible el dominio, el poder de unos sobre
otros, el poder de alguien sobre alguien; quien lo busca está enfermo de
inferioridad, de crueldad, de soberbia, está enfermo. Quien lo acepta o venera
también en un sentido similar o complementario está enfermo.
Hombres
enteramente libres, iguales. Un mundo de hombres sin atributos añadidos por
otros hombres, sin atributos de falso y efímero poder. Un mundo de hombres, sin
más. Por la fuerza de la razón y de la voluntad, por la razón abstracta, libre
y universal, un mundo de hombres sin poder, un mundo de hombres, sin dominar y
sin ser dominados, de responsabilidad. Un mundo infinito, inimaginable ahora,
luminoso, desde todos y cada uno de los hombres libres. En Ninguna Parte, en
Utopía.
Poco
antes de morir, Tomás Moro: "No veo que ninguna autoridad tenga derecho a
forzar a nadie a cambiar de opinión y hacer que su conciencia pase de un la do
a otro". "Soy el único que lleva la responsabilidad de mi propia
alma", y un poco antes: "No se puede ir contra el consejo del príncipe
so pena de ser tenido por traidor". Fue condenado a muerte el 1 de julio
de 1.535 y ejecutado cinco días después. Intentó o fue un hombre libre.
Santiago
Ubieto