FOWLER D.
Sebastián de Ara
Fowler D. se formó técnicamente y reafirmó
ideológicamente en uno de los dos centros de enseñanza creados para la formación,
al máximo nivel, de los futuros gobernantes del llamado capitalismo superior.
Su mundo.
El capitalismo superior se caracterizaba, en
ese tiempo, por estar llegando a su fase más avanzada y considerada por sus
gobernantes la definitiva. Ésta tenía como meta consolidar un monopolio mundial
por cada uno de los diferentes sectores de la actividad económica y social, al
mismo tiempo iban estabilizando la sociedad en clases económicas, según
ingresos, y, en clases sociales, según la actividad realizada. Recordaba algo a
lo muy antiguo y desconocido para la gente: las antiquísimas sociedades
estamentales y de oficios. Los estamentos eran económicos y era muy difícil
acceder al superior; los antiguos oficios se convirtieron en especialización
técnica sectorial de modo que miembros adscritos a un sector productivo no
podían pasar a otro sector diferente. Los estamentos económicos también eran
sectoriales y similares en sus niveles entre los diferentes sectores de la
actividad productiva especializada. Únicamente estaba fuera de la adscripción
sectorial el estamento más alto, el de los gobernantes del capitalismo
superior.
Aunque quedaban restos de los antiguos
microestados éstos eran una forma residual y cómoda en ese momento pues se
estaba acabando de construir el Estado Superior Único.
Todos los futuros gobernantes del capitalismo
superior eran seleccionados minuciosamente entre los miembros del minoritario y
exclusivo estamento superior. La selección se hacía por medio de un largo
proceso en el que los futuros gobernantes debían mostrar sin fisuras y sin la menor reserva mental su absoluta fe
y entrega al capitalismo superior. Durante el proceso de la muy rigurosa
selección de los candidatos a ser formados en los especialísimos, exclusivos y
elitistas centros se atendía con el mismo cuidado y rigor a las aptitudes,
actitudes y condiciones de amoralidad necesarias en los futuros gobernantes que
debían acabar gestionando el capitalismo superior.
El
personaje.
Fowler D. era un hombre poseedor de gran
determinación y dominado íntimamente por una inconmensurable ambición de poder.
No sé si estaba poseído o era poseedor de una fe absoluta en alcanzar la
totalidad del poder o si se convirtió en una obsesión tan fuerte por el poder
que se adueñó de él por completo. Esta obsesión, que él no consideraba tal sino
su derecho, era ocultada por él tras sus impecables formas sociales.
Su mirada era directa y dominante, lo mismo
podía transmitir la mayor gelidez imaginable que la fuerza, el fuego y la
cólera de un volcán en el apogeo de su erupción.
El conjunto de sus cualidades le hacían
aparecer ante los demás como un hombre que suscitaba, al mismo tiempo, temor y
una atracción irresistible. Tenía un gran magnetismo personal.
Físicamente era un hombre de enorme atractivo que,
además, gozaba de una excelente salud, únicamente recordaba, de manera muy
vaga, haber sufrido algún malestar y de eso ya hacía más de treinta años.
Desde hacía bastantes años vivía solo. Estuvo
casado, pero a medida que fue creciendo en él la ambición por el poder su
incomunicación también iba en aumento lo que resultó decisivo para su divorcio.
No tuvo hijos. Vivía solo en una casa digna, en un lugar residencial medio, de
manera que conseguía no llamar la atención. Tenía en su casa una persona permanente
a su servicio.
Su obsesión por el poder le hacía tener
ensoñaciones tan vivas que, por momentos, las confundía con su realidad y no
era capaz de discernir qué estaba viviendo, si su fantasía o su vida real,
hasta el punto que en esos momentos, cada vez más largos, sus ensoñaciones y
obsesiones por el poder y la realidad venían a ser lo mismo. Todos los segundos
de su tiempo estaban dedicados al poder.
Su
ambición.
Fowler D. estaba a punto de iniciar su último
esfuerzo para alcanzar su meta más íntima y profunda: ser el dueño del mundo.
Si, hasta el momento en que se encontraba,
jamás había cometido error alguno, ahora debía actuar con mayor cuidado y
rigor, si es que eso era posible. Tal como le habían enseñado empezó a repasar
minuciosamente cómo había conseguido llegar hasta su actual y privilegiada
situación, a continuación estudió qué y cómo debía hacer para alcanzar su meta.
Se sentía con mayor seguridad en sí mismo,
aunque la verdad es que siempre había actuado con gran confianza en sus
posibilidades, sin embargo, Fowler D. ignoraba, debido a su obsesión, su
incapacidad para, cada vez en más ocasiones, distinguir sus ensoñaciones de sus
realidades. Esto hacía que sus necesarios análisis del mundo y sus proyecciones
hacia el futuro que debía percibir con claridad, como había sucedido hasta
entonces, los confundiese y los viviese como una realidad, como si las cosas
estuviesen sucediendo realmente en ese momento, no obstante seguía haciendo
metódicamente su trabajo. Su incapacidad para discernir los ensueños de la
realidad no significaba que en esos momentos fuese así y luego, cuando no
soñaba, fuese consciente de haber soñado, simplemente era como si tuviese dos
vidas, una la real y otra la de la ensoñación, las dos igual de reales para él
pero separadas y sin conocimiento de esa su situación.
Aparte de esa confusión, el resto de sus
facultades mentales funcionaban como siempre, con total perfección de acuerdo
con cuanto le habían enseñado en el centro de formación de capitalismo
superior.
Había llegado a saber y comprender que las
cosas son sencillas y que aquello que la gente, vulgar y no tan vulgar, suele
ver complicado es a causa de su incapacidad adquirida por sus numerosas
preocupaciones, por sus pasiones descontroladas y por el sistema educativo.
Esta incapacidad de la mayoría de la gente para ver con claridad le otorgaba a
Fowler D. una gran ventaja y superioridad ya que en su mente él siempre tenía
gran lucidez.
Fowler D. tenía cualidades intelectuales muy
descollantes, en especial, una extraordinaria capacidad analítica y al mismo
tiempo una no menos excepcional capacidad de síntesis, cualidades estas que no
suelen darse simultáneamente, con el grado de desarrollo que tenían en él, en
un mismo individuo. Asimismo poseía una muy desarrollada intuición que le
permitía tener una visión muy certera del devenir del mundo.
Siendo poseedor de estas excepcionales
cualidades consiguió convertirse en un estratega único en el mundo de los
negocios, de las empresas, del dinero, de las finanzas, del poder que él
ansiaba con vehemencia.
Sus
instrumentos.
Su poderosa inteligencia le permitió adentrarse
en la verdadera naturaleza de las organizaciones. Entendía que una organización
perfecta es aquella que tiene como función adecuarse totalmente a los objetivos
de quienes están en la cúspide por lo que su diseño es lo importante. Puesto
que Fowler D. se situaba en la cúspide diseñó las organizaciones fundamentales
para lograr su propósito.
Sabía perfectamente que las organizaciones
están constituidas por individuos, son lo más importante en ellas, por lo que
era necesario y esencial conseguir la identificación afectiva de sus miembros
con la organización.
Al ser
las organizaciones estructuras artificiales formadas por individuos con sus
pasiones y ambiciones, los que forman parte de ellas siempre pugnan por
alcanzar más poder, como sea, pero respetan las estructuras organizativas pues,
aunque no lo saben, utilizan las carencias de sus miembros. La gente piensa que
sus aptitudes al servicio de la organización les permitirán medrar, pero esto
sólo se da en los niveles más bajos en los que hay barreras infranqueables para
adquirir poder. En general, los miembros de las organizaciones ponen todas sus
aptitudes al servicio de las mismas, esto es
debido a sus propias carencias
que en lo fundamental son: su necesidad de tener siempre referentes visibles
para actuar, es decir, no pueden salir de las organizaciones establecidas dada
su incapacidad para ser autónomos en su actuación, sobre todo en un estado
social como el del capitalismo superior. La responsabilidad de los individuos
ante la organización es meramente funcional, la responsabilidad moral que pueda
quedar latente en ellos sólo puede desaparecer en el seno de la organización
que, para sus miembros en especial, es liberadora, aunque en la realidad es
todo lo contrario.
Los individuos están atrapados por la
organización que siempre les transmite la ideología del capitalismo superior.
Como los individuos de los distintos niveles de las organizaciones han sido formados
en centros normales aceptan sin necesidad de crítica, tampoco saben en qué
consiste, cuanto se les da ya que, además de lo puramente técnico, ese ha sido
el objetivo de la formación y enseñanza en los niveles sociales normales.
Siendo esa la esencia de las organizaciones,
Fowler D. sabía que dan a sus miembros seguridad y, en los niveles altos, la
esperanza real pero muy difusa de lograr más poder, éste debían ganarlo.
La gente lograba, por medio del nivel alcanzado
en las organizaciones, reconocimiento social según el estamento y sector productivo al que
pertenecían. Esto Fowler D. no lo necesitaba, él pertenecía al estamento más
alto y, además, tenía en su mente las metas más altas imaginables que eran
inimaginables en su mundo. Actuaba desde la discreción y la convicción de que
el poder, todo el poder iba a ser suyo y, entonces, podría dictar leyes y
normas que se ajustarían a su sola voluntad.
Sus lecturas básicas, en el momento que decidió
apropiarse de todo el poder, se redujeron a unos pocos tratados, casi todos
ellos muy antiguos y por lo mismo desconocidos para la casi totalidad de la
gente, incluida la de su propio estamento social, estos tratados eran una
fuente de enseñanza continua para Fowler D., se trataba de los siguientes: El arte de la guerra, de Sun tzu, de él
aprendía y profundizaba en su dominio de la estrategia; Leviatán, de Hobbes, le reafirmaba en su idea lógica de una forma
determinada de entender el poder en la sociedad; 1.984, de Orwell, le enseñaba a ejercer el poder sin ser visible,
aunque rechazaba numerosos puntos de la organización social y mundial
desarrollados en dicha obra por innecesarios en la sociedad del capitalismo
superior y, por último, una obra bastante reciente: Democracia monopolísticomediática que tenía por subtítulo: Hacia la democracia definitiva, su autor
era Winston Smith, le llamaba la atención que tuviese el mismo nombre que el
protagonista de 1.984; esta obra
explicaba que, dadas las formas sociales existentes y el casi logrado glorioso
capitalismo monopolista perfecto, que ya había arraigado fuertemente en las
mentes de todos los individuos de la sociedad, la democracia perfecta se estaba
alcanzando con la unanimidad de las opiniones sociales y del pensamiento de
todos los individuos, transmitidos y tutelados por el monopolio informativo que
velaba, en bien de la democracia, para
que el poder político no se desviase de sus fines. Esto hacía innecesario que
la gente realizase la tediosa tarea de votar con regularidad como se hacía
antiguamente; era suficiente con aceptar la opinión que le transmitían los
medios de comunicación y cada varios años responder a las preguntas acerca de
su grado de satisfacción con la oscura política, esto era lo que originaba
cambios en el gobierno general y en los gobiernos de ámbitos más reducidos y
próximos a la gente, siempre que todo estuviese en absoluto acuerdo con el
capitalismo superior, cosa esta que la gente desconocía, no el capitalismo
superior sino las posibles desviaciones.
Dado el objetivo de llegar a los definitivos
monopolios sectoriales era necesario reconducir las distintas grandes empresas,
las pequeñas dependían de las grandes y estaban totalmente subordinadas a
ellas, hacia esa concentración. Las formas de actuar eran, en los medios, muy
similares a lo antiguo que se mantenía por su utilidad, estas formas eran la
compra y fusión de empresas, esto siempre era causa de tensiones debidas al
reparto de poder. La diferencia con lo antiguo era que el poder real de las
grandes empresas era exclusivo de los grandes monopolios financieros, en esto
ya se había llegado a uno solo por sector productivo.
La
ensoñación.
Fowler D. era un consumado y prestigioso
maestro en el manejo de los medios para lograr la concentración empresarial
diseñada para asentar definitivamente el capitalismo superior, se consideraba
la fase superior de la sociedad a lo largo de su existencia.
Como consecuencia de no tener rival en ese
manejo se fue apoderando de él la idea de convertirse en el amo del mundo.
La forma de actuar, a pesar de su maestría y
prestigio, era arriesgada, pues si alguien pudiese llegar a imaginar una cosa
tan insólita podría ser excluido definitivamente del estamento de elite y el
castigo podría llegar hasta la pena de muerte. Era casi imposible que alguien
pudiese imaginar semejante cosa dadas las características sociales generales.
Para llevar a cabo una tarea tan excepcional se
necesitaban sus cualidades: determinación, conocimiento, etc. Con paciencia fue
ideando formas de cruzamientos de acciones de empresas, corporaciones,
supracorporaciones, etc. hasta que ya se vio dueño del mundo. Los políticos
dependían de él y con ellos el aparato del poder social. aun quedaba un
importante resquicio de poder social, necesitaría más tiempo para dominar, era
lo que todavía se conocía como poder judicial, al haberlo necesitado la
sociedad para mantener cierta imagen de justicia era lo último que debía
controlarse.
Fowler D. no era consciente de si lo que ya
vivía era real o era ensoñación.
Percibió que a medida que transcurría el tiempo
era un hombre con más poder y más aislado, posiblemente llegó a ser el hombre
más solitario del mundo. No olvidemos que el poder retrae y atemoriza a la
gente que por ello se vuelve servil y alejada afectivamente, no en su envidia,
de los poderosos y cuanto más poder tiene alguien la gente siente más temor, es
más servil y confía menos en él.
A Fowler D. esto le preocupaba poco, lo que le
empezó a intranquilizar fue su siguiente meta, qué podría conseguir tras ser ya
el dueño del mundo. No se atrevía a confesárselo pero empezaba a barruntar que,
tal vez, ser inmortal, no morir nunca.
Esto le empezaba a incomodar, no encontraba
solución aunque su soberbia le hacía concebir la casi certeza de encontrarla.
Le cegaba por completo, en su enorme soberbia pensaba que si era dueño del
mundo también tenía derecho, él, Fowler D., a no morir nunca.
El
cambio.
Un día que empezaba a diseñar sus planes de
inmortalidad, en el jardín de su casa, de forma extraña, pues nunca se habían
visto por allí ni en cientos de kilómetros, le picó un escorpión de la clase
centrurcides noxius. Era un escorpión procedente de México cuya picadura es
mortal salvo que sea tratada inmediatamente con el suero adecuado. Como él
tenía servicio permanente en su casa y vivía en una zona residencial media pudo
ser trasladado rapidísimamente al cercano hospital, con el escorpión.
Fowler D. fue tratado y no murió, pero estuvo
durante nueve días en estado de, nunca se supo, coma o sopor profundo o huida o
claridad interior o qué otra cosa, pero cuando recobró su lucidez se repuso con
rapidez y volvió a su casa.
Dedicó un tiempo a reflexionar seriamente sobre
lo que durante los nueve días que estuvo desconectado del mundo vivió, vio y
entendió. Fruto de esa reflexión fue el nacimiento con fuerza y determinación
de cambiar él y muchas cosas.
Se dio cuenta de que había estado enfermo de su
cabeza, de su razón y de su corazón y de que no era el dueño del mundo como
había llegado a vivir en sus delirios, también de la imposibilidad y disparate
de pretender ser inmortal, de su enorme soberbia y de que el capitalismo
superior era una aberración de los hombres contra los hombres. Entendió muchas
más cosas de sí mismo y del mundo, no es posible explicarlas en este momento.
Poco podía hacer en la sociedad pues su
mentalidad, la de la sociedad, estaba muy formada y asentada y era tarea casi
imposible reconducirla a un mínimo de razón. Pensó que tal vez lo único que
podría empezar a cambiar las cosas de la sociedad sería un impacto brutal en
toda ella. Creía que eso era de imposible realización para él.
Fowler D., que había acumulado una inmensa
fortuna, se dio cuenta de que procedía de un trato despiadado a muchos millones
de personas de la parte del mundo que no gozaba de la implantación, para su
satisfacción, del capitalismo superior, pero sí para su destrucción.
Él nunca había sido compasivo, en su formación
no se concebía y la amoralidad era un componente importante de la misma, pero
lo que durante sus nueve días de desconexión del mundo y su asimilación posterior
le hicieron descubrir fue algo que existía en él y de lo que era desconocedor:
sentimientos de identificación con los otros. Se dio cuenta del sufrimiento de
las personas, hasta ese momento nunca lo había pensado y tardó en admitir que
había una injusticia generalizada. No sólo se dio cuenta, también empezó a
vivirlo como propio, a vivir a la gente como personas, como iguales a él. Por
alguna razón, inexplicable entonces, no se identificaba con los de su sociedad
privilegiada del capitalismo superior y sí con la destruida.
Pensó en infinidad de posibles acciones pues
ahora se sentía incómodo en su situación y prisionero. Sus pensamientos de
actuación, de acuerdo con sus nuevos sentimientos y razonamientos, que creía
más lógicos, le hacían sentirse mentalmente libre y liberado de un engaño que
él había contribuido a sostener. Se sentía liberado de una vida que ahora veía
sin sentido.
Pensó vender cuanto poseía y darlo a los más
desfavorecidos pero comprendió que eso era imposible porque, tal como estaba
organizado el capitalismo superior que él tan bien conocía, el dinero en
grandes cantidades no se puede repartir cuando interviene cualquier organismo y
siempre vuelve al lugar del gobierno del mundo. También era conocedor de la
codicia sin límite de la gente de toda condición social y un reparto o regalo
de esta forma supondría luchas entre la gente aun antes de haber recibido algo.
No encontraba solución para deshacerse de su
inmensa fortuna sin causar peores daños que los que trataba de paliar.
Tras bastante tiempo de reflexión, de búsqueda
y de afianzamiento en sus nuevos valores morales, al final creyó encontrar una
solución que causaría gran impacto en la sociedad entera: paralizaría el
capitalismo superior, quizá lo hundiría.
El primer paso para adoptar en su vida nuevos
valores morales le costó gran esfuerzo y empeño, pues le habían educado siempre
en la amoralidad e inculcado eso, ese valor, de manera contundente en el centro
de enseñanza de capitalismo superior. Adquirir la capacidad para discernir
entre lo que beneficiaba y lo que perjudicaba a la sociedad le llevó bastante
tiempo, no sólo se trataba de aprender a discernir, se trataba también de vivir
y asumir los nuevos valores, que arraigasen en lo profundo de su ser. Los
nuevos valores debía descubrirlos y conocerlos por sí mismo y decidir si eran
racionales o no y si eran correctos o no, pero con una razón libre, algo que
nunca había conocido.
Una vez liberado en lo moral de la moral
social, su conducta, su vida desde dentro de él cambió, pero procuró que, de
momento, su conducta siguiese las pautas de siempre aunque, al estar en proceso
de recuperación de su grave picadura de escorpión, podía inhibirse durante un
tiempo de tomar decisiones.
Haber adquirido una moral racional, propia y la
necesidad de vivir en consonancia, le hizo sentir miedo a la sociedad y le dio,
al mismo tiempo, cierto sentido de libertad que nunca antes había tenido, se
dio cuenta de la manipulación social de los valores del hombre empezando por la
libertad.
Fowler D. sabía que lo que llamaban justicia,
durante un tiempo, seguiría gozando de cierta autonomía con respecto al
gobierno del capitalismo superior, pues para lograr que la ley que se imponía
la sociedad la considerase correcta y la aceptase sin críticas era necesario
mantener la imagen de independencia de la justicia. Estaba previsto que
desapareciese en pocos años y con ello el nombre mismo de justicia, pasaría a
ser un Centro Técnico de Edictos.
Una
consecuencia de estos cambios era que los jueces de más edad se aferrasen a la
antigua idea de justicia y fuesen más independientes que lo jóvenes, éstos ya
eran resultado directo del asentamiento firme del capitalismo superior y de la
nueva forma de democracia, teorizada y descrita por Winston Smith. Los jueces jóvenes
ya habían sido educados en la amoralidad lo que permitía la hegemonía de la ley
sin discusiones, tenían, además, expectativas sociales claras por lo que en
esos años de transición hacia la desaparición de los restos de autonomía
judicial eran condescendientes en extremo con el capitalismo superior.
Fowler D. averiguó que entre los jueces de edad
de los principales lugares del mundo, varios de ellos eran bastante honrados y
con pocas esperanzas de mejorar su posición social, eso les hacía mantener ciertos
ideales antiguos de justicia. También consiguió encontrar en diferentes lugares
un puñado de abogados desencantados y de confianza par su propósito.
La bolsa, instrumento importante hasta
entonces, seguía existiendo como un medio necesario para acabar de establecer
los monopolios sectoriales y recoger el ahorro de la sociedad que no se
encauzaba directamente por medio de los monopolios financieros.
El
hundimiento de su sociedad.
La solución que Fowler D. encontró más adecuada
para su propósito fue interponer una demanda a las 100 empresas más importantes
del mundo por un valor, que calculó, en unos 100.000 millones de dólares por
empresa[1]. La demanda la
interpondría por diferencias salariales y de precios de todas las materias
primas, las diferencias salariales correspondían a las de cientos de millones
de personas, en sus trabajos y durante
infinidad de años, con respecto a lo legislado las de las materias primas con
respecto a las formas de valorar el suelo en los diferentes lugares. El
capitalismo superior, en su arrogancia, no acompasó el ritmo de la legislación
en sus países centrales con la de los países satélites, pero al irse
estableciendo gradualmente el Estado Superior Único gran parte de las leyes se
homogeneizaron obligatoriamente en todo el mundo, en los lugares en los que no
habían existido se consideraron leyes subsidiarias las del centro del
capitalismo superior, esto y algunos otros resquicios legales permitían
interponer la demanda. El tiempo para el cálculo lo consideró desde la época de
la legislación confusa, muchísimos años.
Todas estas consideraciones técnicas legales,
de cierta confusión no resuelta todavía y unos pocos jueces de edad y abogados
desencantados y una inmensa fortuna al servicio de sus nuevos ideales, le
permitieron poner en marcha su plan.
Preparó las 100 demandas con el mayor rigor
imaginable y, de acuerdo con sus abogados, las presentó simultáneamente en 36
ciudades de distintos lugares que eran las sedes de las empresas demandadas. De
inmediato fueron aceptadas 27, las que correspondieron a jueces de edad que, en
su mente, todavía recordaban cierto sentido de la justicia. Para estos jueces
tuvieron un efecto salvador, llegó a sus dominios una causa compleja pero,
sobre todo, una idea, un recuerdo real y vivo de antiguos ideales de justicia;
eso removió las entrañas de sus conciencias y esos antiguos ideales de justicia
despertaron en ellos.
El resultado inmediato fue espectacular, las
bolsas, muy controladas hasta entonces, sufrieron un hundimiento instantáneo de
tal magnitud que, ante la doctrina oficial de la imposibilidad de un descalabro
dada la organización del capitalismo superior, no supieron reaccionar, no
estaba pensado algo así ni en los supuestos más inverosímiles. El hundimiento a
cada instante que pasaba era mayor. Los monopolios financieros, que hubiesen
podido paliar y evitar la situación extrema, estaban paralizados porque
indirectamente las demandas iban contra ellos, contra el corazón del
capitalismo superior.
Debe tenerse en cuenta que entre las condiciones
para edificar el capitalismo monopolista definitivo y por tanto el capitalismo
superior estaba el respeto a la ley existente en cada momento y lugar que ya
casi era igual en todos los sitios, pero todavía tenía ciertas condiciones de
la antigua y desfasada idea de justicia que, hasta como palabra, iba a
desaparecer en breve tiempo. Esta condición se mantenía para lograr con
facilidad los monopolios sectoriales. Los dóciles jueces, hasta entonces todos,
habían conducido perfectamente la aplicación de las leyes conducentes a lo
dispuesto. Es cierto que jamás llegó a pensar o imaginar alguien un uso
aberrante, en su concepto, de la ley. El incumplimiento podía suponer romper el
equilibrio existente, si era una empresa importante la incumplidora la intervención
desde el gobierno del capitalismo superior era fácil pues los raros
incumplimientos eran menores y de algún desviado que era excluido de su
estamento social.
Lo que con las demandas de Fowler D. se produjo
fue un inimaginable supuesto para ellos, hacer cumplir normas legales para
romper el capitalismo superior y que, además, todavía quedaran jueces capaces
de dar curso a semejante pretensión. No se podía intervenir porque al mismo
tiempo estaban involucradas una parte importante de las grandes empresas.
Quedaban sin tocar unas cuantas con lo que con estas no podían hacer nada.
La sociedad normal poco entendía, la democracia
establecida en ella, la monopolísticomediática, era incapaz de encontrar un
sentido y dar información coherente, callaron, la preocupación social no era
excesiva al principio.
Las presiones a los jueces, con amenazas de
muerte, fueron enormes y agobiantes, algunos se retractaron de su primera
decisión y rechazaron las demandas, quedaron reducidas a 18 las aceptadas. De
las no aceptadas inicialmente, algunos jueces reconsideraron su postura tras
consultar con otros jueces, tanto con jueces que aceptaron las demandas como
con jueces que las rechazaron, al final quedaron vigentes 27 demandas, número
suficiente, dado lo que significaban en actividad económica las empresas
correspondientes, podían distorsionar y posiblemente paralizar el capitalismo
superior.
Las demandas en aquella época suponían que al
demandado se le intervenían en el acto todos sus recursos; esto se había establecido
así con el fin de evitar desviaciones y entorpecimientos en la construcción del
capitalismo monopolista definitivo.
Tras el hundimiento financiero llegó la
paralización de la actividad económica, era imposible el funcionamiento si
faltaban los suficientes eslabones de la cadena empresarial general, más aun si
se trataba de empresas gigantes.
Las medidas intervencionistas judiciales no
suponían la incautación de los recursos de las empresas sino la obligación de
cumplir las leyes inmediatamente, eso fue lo que reventó todo. Las leyes de
salarios que debían cumplirse a nivel empresarial mundial suponían unos costes
elevadísimos para las empresas y para los productos, tant6o que se
multiplicaron por 50. La obligación de indemnizar por incumplimientos del pasado
suponía la desaparición de las empresas, les era imposible, lo mismo que a los
monopolios financieros, cumplir la obligación legal; en su defecto esas
empresas debían ser transferidas a favor de los antiguos perjudicados, pero
éstos no sabían hacerlas funcionar.
El hundimiento más negro que se podía imaginar
llegó. La verdad es que para la gente, convencida como estaba de vivir en la
sociedad definitiva y en la democracia definitiva, pensar en algo así resultaba
imposible.
Tras el hundimiento financiero y productivo
llegó el desconcierto y poco después el pánico colectivo al ver que no se
podían dar explicaciones. Nadie era capaz de comprender lo que estaba
ocurriendo, nadie podía explicar por qué razón una organización social perfecta
se estaba derrumbando abruptamente. El desánimo empezó a ser generalizado.
El pavor social fue aumentando con rapidez,
llegó el empobrecimiento repentino y los hombres, poco a poco, fueron sacando
sus peores y más ocultos instintos, la sociedad se derrumbaba por horas. Los
suicidios aumentaron espectacularmente, los asesinatos también, los saqueos, el
pillaje, cierta destrucción. Era como una guerra sin enemigo visible ni
conocido. Los hospitales apenas podía prestar algún servicio. Los gobernantes
estaban paralizados. No había salida posible.
El efecto fue diferente según los lugares.
Las sociedades marginales, las de los sitios
que aportaban sólo mano de obra o materias básicas empezaron otro andar.
Lo que
sigue...
Las sociedades nunca están detenidas y buscan
formas y fórmulas para resolver sus problemas. En ocasiones, ante
acontecimientos de gran impacto, brutales reaccionan de distintas formas, la
sociedad del capitalismo superior también lo hizo e intentó encontrar caminos
para poder vivir. Los intentos fueron de todas las clases, unos erróneos en
todo y otros más llevaderos. Aparecieron nuevos hombres con un nuevo
entendimiento de las sociedades, pero sobre todo del hombre. El proceso fue muy
largo, con avances y retrocesos. El mundo continuó andando pero ya no volvió a
ser como el anterior. Hubo de todo.
Esta historia de lo que hizo la sociedad es
larga, es posible que en otro momento explique algo de ella.
[1] El valor se da en términos del año 2.004 para que se vea con mayor claridad lo que representaba en esos momentos.