El
concepto “calidad de vida”
Santiago
Ubieto
En nuestra sociedad todo se convierte en
mercancía aunque en sentido estricto no lo sea. Un ejemplo es cuando se habla
de “calidad de vida” con reiteración, machaconamente; está en el hablar de los
profesionales del poder político, de los anuncios, de los que leen las
noticias, de la sociedad en general, dándose por claro su significado. Sin
embargo tiene un sentido ambiguo y difuso. La expresión ya fue utilizada hace
150 años por J. Stuart Mill en su conocido ensayo “El utilitarismo”.
Las connotaciones de la expresión y la
aceptación normal e inconsciente son que la vida consiste en un producto más,
en una mercancía. No debe olvidarse que en el sistema capitalista es así
realmente, lo específico del mismo no es la explotación, ésta ha existido
siempre, sino que la fuerza de trabajo es una mercancía que se compra y se
vende.
Calidad significa: “propiedad o conjunto de
propiedades inherentes a una cosa, que permiten apreciarla como igual, mejor o
peor que las restantes de su especie” y vida, según el diccionario de
Cuando la gente se refiere a la vida no se
sabe muy bien qué significado preciso tiene. Si dicen que hay que respetar la
vida de todo el mundo, nosotros cada día asesinamos a varios miles de personas
de la periferia y no decimos nada, claro que es necesario para mantener nuestra
situación consumista. Si se refieren a la vida de cada uno, a la propia, sí se
intenta preservar y alargar. Pero tambIén hablan del derecho a la muerte digna,
de la eutanasia como derecho, del alegre aborto como derecho, etc. Las leyes
que amparan esos derechos o llegarán a ampararlos son sociales por lo que
disminuyen la responsabilidad individual. Los derechos concernientes a la vida
o a la muerte, sólo a las nuestras, están en el ambiente social de manera
ambigua. Ya se sabe que el lenguaje se presta a juegos, manipulaciones y
tergiversaciones, además tiene un papel coercitivo y limitativo según cómo se
utilice. Recuérdese a Wittgenstein: “Los
límites del lenguaje son los límites del mundo y los límites de mi lenguaje son
los límites de mi mundo”.
La expresión “calidad de vida” tiene éxito
en nuestra sociedad consumista. En la confusión existente por medio del
lenguaje limita lo que se entiende por vida, nos constriñe y, en la confusión
sutil por medio del mismo, nos convierte en una cosa. Si en la realidad productiva
nuestra vida es una mercancía, en la realidad del consumismo nuestra vida es
una cosa. Cosa: “todo lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual,
natural o artificial, real o abstracta”, es decir, nos convierte en algo, en
cualquier algo. Vida-mercancía-cosa. En realidad mercancía, pues en nuestra
sociedad consumista el centro son las mercancías.
Las empresas compiten por la calidad total,
eso dicen los de marketing, la calidad de lo medible.
Relacionada con el llamado “estado del
bienestar” está la llamada “calidad de vida” que está, a su vez, relacionada
con las mercancías tangibles o con los servicios que la gente consume, con su
cantidad y calidad. En este caso concreto es correcto hablar de calidad ya que
se refiere a mercancías y es medible o comparable.
En lo que antes he recordado qué significa
calidad se deduce que sólo puede aplicarse a cosas y una cosa es todo lo que
tiene alguna entidad material o espiritual, como lo de espiritual no está claro
en nuestra sociedad habrá que convenir que una cosa es un objeto inanimado por
oposición a viviente, pues la calidad necesariamente, de acuerdo con su
significado, debe ser comparable y medible y las cosas espirituales no son
medibles, difícilmente comparables y subjetivas.
La calidad, según su verdadero significado,
supone la posibilidad de medición y si esto no es fácil a veces, por lo menos
la de comparación con otras cosas de su misma especie que sirven de referencia.
Sin esto, en sentido estricto, no puede hablarse de calidad.
“Calidad de vida” significa, pues, que la
vida de uno tiene la cualidad de calidad, por lo que necesariamente es
comparable con otras vidas y, en cierta forma, medible y es igual, mejor o peor
que otras vidas. Pero esto es imposible conocerlo salvo que la calidad de la
vida humana pueda medirse y esto tampoco es posible a no ser que se le
adjudiquen una serie de atributos externos medibles o comparables,
prescindibles por lo mismo y no tienen que ver con la vida en sí. Estos
atributos externos que, añadidos por la sociedad, son las mercancías y la
calidad es la de las mismas que el individuo consume. Las mercancías sí tienen
una calidad u otra, son comparables. Para medir o comparar la calidad de las
cosas se establecen y definen unos
estándares medibles de cada una de ellas, entonces puede hablarse de calidad.
Las mercancías pueden contribuir a hacer
que, aparentemente, la vida sea más placentera.
Cuando en la sociedad se habla de “calidad
de vida”, al ser un concepto difuso, aunque aparente ser claro, la referencia
suele ser etérea y se sobrentiende qué es y, en ese concepto, se incluye lo que
se quiere, pero especialmente las satisfacciones materiales proporcionadas por
las mercancías de todas las clases. Se incluye el ocio-mercancía; la
salud-mercancía, concebida de manera bastante mecánica; la
naturaleza-mercancía, etc.
Vida equivale en esta idea a un producto
medible por su calidad. De manera imperceptible se considera al individuo como
un objeto, que ya lo es en el funcionamiento del sistema, en el modo de
producción que condiciona los procesos humanos y sociales. El individuo se
convierte en una cosa a partir de una sutil tergiversación del lenguaje.
Si ya en el modo de producción capitalista
el individuo es una mercancía real, en la dinámica social ya se ha impuesto que
sea un objeto. Los fines del hombre no existen de manera clara y sus
“potencialidades divinas” (B. Russell) carecen de sentido, excepto cuando
tienen resultados tangibles inmediatos, casi siempre en forma de mercancías de
la clase que sean.
Algunos pensadores ya empiezan a intuir este
hecho. El hombre mecánico, el hombre-máquina en una sociedad sin futuro.
A esto contribuyen varios factores, la era
científico-técnica ha hecho concebir ciertas esperanzas fáciles, así, la
ciencia alarga la vida, cura las enfermedades, las nuestras, no las de los de
la periferia, incluso se alcanzará la inmortalidad, eso cuentan algunos.
Aparecen negocios como la criogenización y se inventan expectativas a raíz de
la aproximación al conocimiento del genoma, la clonación, las formas de
manipulación de la vida, no sólo la animal o la vegetal, sino la humana, pero
rechazamos con repugnancia la eugenesia practicada por los nazis. Todo son
asuntos técnicos que inducen esta concepción del hombre. Si, al mismo tiempo,
las mercancías proporcionan satisfacción y placer la “calidad de vida” debe
aumentar.
Es innegable que tras esto hay fenómenos
sociales peculiares. Algunos pensadores tratan de explicarlos.
Si la vida es una mercancía especial, de
consumo propio y exclusivo, la muerte es, en consecuencia con esto, lo mismo.
El tratamiento de la muerte es peculiar y muestra el utilitrarismo, la
ostentación, la cosa social, el rol social,…
Se muere fuera del hogar, en edades
avanzadas, se burocratiza, etc. o en las desgracias de los individuos en
ciertos casos como accidentes colectivos, muertes por fenómenos naturales,… la
sociedad ofrece la atención de funcionarios de los sentimientos, profesionales
del consuelo burocratizado y en serie sustituyendo a lo antiguo, a la arcaica
creencia en la inmortalidad del alma o en Dios. El individuo es tratado como
una cosa más sobre la que se realiza un trabajo asalariado y burocratizado, con
horario laboral,…
El actual sentido del utilitarismo es el de
utilizar lo que sea en beneficio propio para el placer, la satisfacción. Es el
sentido burdo tras las primeras ideas del utilitarismo. Las cosas son en cuanto
tiene esa clase de utilidad, las personas son lo mismo, el hombre-mercancía y
el resto.
Aunque la vida de la gente se trata como una
mercancía de consumo no procede de la transformación de los bienes naturales
por medio del trabajo, es mercancía en virtud de su utilidad es, el antiguo
valor de uso de las mercancías, otro bien de la naturaleza aunque el hombre se
considere ajeno a ella, pues la naturaleza es, en las sociedades urbanas, otra
mercancía para consumir. En esto el hombre es peor tratado que el resto de la
naturaleza.
El cambio social en la percepción y en la
actuación tiene relación con la masificación del consumismo, con lo expresado
de otras formas por pensadores actuales. Surge otra sociedad débil, otros
valores, otras instituciones, otra ideología, la ideología desideologizada,
vivir en una idea simple del utilitarismo.