LA ANGUSTIA, LA INMEDIATEZ, EL TIEMPO

 

                          Santiago Ubieto

 

 

Introducción

Vamos a intentar pensar, discurrir, imaginar, reflexionar sobre algo larvado en la sociedad occidental actual: el desasosiego controlado y aparentemente apacible en que vive el hombre de hoy. Una forma de vivir que, aun siendo de cierto calado y que afecta a una parte importante de la sociedad, no suele ser demasiado considerada; es algo que subyace en lo que hacemos y en cómo actuamos. La angustia común a muchos.

La observación y la reflexión sobre lo que sucede. Lo que sucede es lo que nosotros hacemos en nuestro mundo occidental. Lo que explican distintos pensadores, los datos y estudios que describen situaciones acerca de lo que hacemos y el sentido que tiene, llevan a concluir que la sociedad, denominada con diversos nombres, no funciona demasiado bien.

Los nombres que en los últimos años se han dado a nuestra sociedad dan ideas de pautas predominantes en distintos momentos y en lo que se observa de inmediato, pero resulta más complejo llegar al fondo, llegar al hombre que sigue sin encontrarse a sí mismo como tal. El hombre de hoy es absorbido y dominado por las "cosas", por las mercancías, por "lo nuevo" que llega a cada momento, de manera incesante, así es que siempre estamos en "lo nuevo", siempre aparece "lo nuevo", por los cambios, por la velocidad del cambio que nos arrastra y exige de forma inmediata, en cada momento.

El cambio, las "cosas" nuevas, "lo nuevo", es también el de las situaciones, el de nuestra forma de vivir. Es el cambio de nuestra percepción del mundo que es confusa, ambigua, difusa. Es el cambio en los valores, en la moral, en los principios, en los ideales,... que se adaptan, o intentan adaptarse, a la complejidad y a los ritmos de "lo nuevo" hasta casi desaparecer y ser tan confusos como nuestra percepción del mundo.

Ante todo esto, a veces y en algunos lugares, se producen reacciones que no necesariamente son contrarias. Lo que sucede y las reacciones algunos pensadores profesionales lo describen o intentan comprenderlo e interpretarlo.

El problema de la comprensión y de la interpretación de nuestro mundo es que resulta difícil entenderlo cuando el intérprete está inmerso en él y forma una parte más de ese mundo, en el rol que le toca jugar, de su complejidad.

Es difícil salir del sistema para verlo, observarlo, comprenderlo desde una perspectiva menos condicionada, pues al haber un sistema social y económico único y expansivo y dada su naturaleza, estamos condicionados en nuestra percepción. Es un condicionamiento de origen.

Los que consiguen ver el mundo, la sociedad a partir de otros criterios, conceptos y valores que apenas son tenidos en cuenta al haber quedado esos criterios excluidos del sistema, como puede verse al observar los planteamientos educativos, culturales, científicos, de pensamiento, etc., los heterodoxos del sistema, son tolerados porque tienen escasa o nula influencia. Recordemos que la educación, la cultura, la ciencia, etc. la sociedad las estructura fundamentalmente para la producción de "cosas", para el consumo, para el resultado inmediato y tangible, mucho menos para el conocimiento, para el saber, de tal manera que conocimiento o saber se reducen con frecuencia a habilidades o dominios técnicos o científico-técnicos.

 

Los pensadores de la postmodernidad muestran situaciones nuevas de la sociedad, J. F. Lyotard puede ser un claro exponente de esto, en la introducción a su obra "La condición postmoderna"  dice que: "se tiene por postmoderna la incredulidad ante los metarrelatos" y explica que postmoderna: "designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas del juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la crisis de los relatos", y poco después: "La cuestión abierta es esta: ¿es practicable una legitimación del lazo social, una sociedad justa según una paradoja análoga de la actividad científica?. ¿En qué consistiría?", para añadir más adelante que a los políticos se les pide: "Sed operativos, es decir, conmensurables o desapareced". Señala también que la condición postmoderna es extraña al desencanto a pesar de la incredulidad y que no espera una salida salvadora.

Se va en el fondo a las cosas, no a la justicia verdadera, por así decirlo, sino a lo práctico, a lo que interesa interesadamente.

Otros pensadores abundan en lo mismo o en ideas similares, describen a nuestra sociedad como hedonista, individualista, egoísta, del vacío en definitiva.

 

Las sociedades siempre se mueven, en algunas épocas necesitan tiempo para asumir o elaborar los cambios, en otras los cambios se aceleran, reaccionan a estímulos, ideas, avances, retrocesos, etc., la época actual no es diferente. Algunos individuos tratan de adaptarse y vivir con los cambios, otros toman aquello que les interesa o es inevitable, otros buscan volver a un pasado que mitifican o reinventan pero con las ventajas de lo nuevo, es como si trataran de detener el tiempo para estar, otros huyen "virtualmente" o por medio de aventuras ficticias y controladas, riesgos relativos, emociones fuerte sin riesgo, otros se adormecen y alienan con los distintos y numerosos medios que ofrece la sociedad. En todo hay algo común: el consumismo como forma de huida inconsciente y placentera en lo superficial, "la condición postmoderna es extraña al desencanto", la inercia y la apatía en lo hondo de lo vital.

La incredulidad en las salidas salvadoras. Recordemos algo, nos parece que hablamos de la prehistoria: El marxismo reciente, no funcionó, fue terrible la realidad de algo, es una antigualla, no sirve ni aun siquiera parte de su aparato analítico, aunque sea correcto y permita entender algo, se ignora directamente. La rebeldía, no es comprensible, tomemos, por ejemplo, la obra de A. Camus "El hombre rebelde", aunque puede permitir comprender algo de nuestro mundo reciente y la rebeldía como tal ha existido siempre de muchas formas, hoy su lectura nos parece que sean cuentos antiguos, no nos atañe en nada. Rechazamos los fascismos históricos, es incluso un insulto, pero nuestra sociedad cada vez muestra más rasgos de verdadero fascismo, pero es sutil, inconsciente, sin las formas históricas conocidas, es otra cosa. Cualquier explicación de la historia o de búsquedas salvadoras no interesan, no hay nada que salvar. Con las religiones tradicionales en Occidente sucede lo mismo. No se trata de volver a ese pasado, volvemos a otro, sino de tomar de nosotros lo que podría ayudar a dar sentido.

Atendiendo a explicaciones de algunos pensadores, no se vislumbra gran cosa, ni aun siquiera se esboza un nihilismo rebelde en esta sociedad definida por algunos como del vacío, vamos hacia un nadismo apático, sin sobresaltos, sin revolución consciente, sin rebeldía, hacia, de momento, la indiferencia vacía.

 

El hombre no manda, se encuentra, dondequiera que esté, desbordado por las "cosas", por el ambiente, por las corrientes de opinión, por la complejidad, por el cambio, por la velocidad del cambio. Hay algo de inmediatez en esto. Este sentirse desbordado, sin casi tener conciencia de ello, supone que el hombre no se encuentra a sí mismo, pero es desbordado hoy por no haber sabido encontrarse a sí mismo nunca. No es capaz, entonces, de encontrar el mundo, de situarse, de ubicarse con lucidez en el mundo.

Aparece la angustia, también sin sobresaltos, en la indiferencia vacía. La paliamos, la escondemos, la ocultamos, la disimulamos con las ayudas que nos ofrece la misma sociedad, es un fenómeno masivo. La sociedad la esconde por medio de los avances científicos, técnicos, sociales, la nueva moral.

Con los cambios cambian nuestra manera de vivir y la percepción del mundo, también las formas de manifestarse la angustia, el desasosiego, la desazón.

La ciencia es legitimada por la sociedad para ocultar y disimular el problema, es una forma, en alguna medida, de seducción. También forma parte de nuestro mundo. Se legitima, la ciencia, para drogar legal y masivamente a la gente; sabemos los altísimos porcentajes de población adicta a los antidepresivos, ansiolíticos y demás drogas legales así como a otras drogas también enajenadoras con otras características.

No nos damos a nosotros, ni nos da la sociedad, un solo segundo para el silencio. No oímos la música del silencio, la música que surge desde lo hondo de cada uno.

 

Todo lo que sucede en nuestro mundo y todo lo que recibimos de él y la forma de recibirlo es imprescindible para preservar el orden social actual y resolver de paso una situación que potencialmente podría ser peligrosa, el ocio.

Esta sociedad la hemos construido los hombres. Hemos hecho un mundo para las "cosas", para las mercancías, para los roles sociales, para lo efímero, para la alienación, pero no para nosotros, no para el hombre.

 

Perdemos la noción del tiempo, del espacio. En la vida cotidiana vivimos desestacionalizados y en el andar diario la duración de las "cosas", de los referentes, es efímera.

Los avances científico-técnicos, la imagen, también es un mundo de imagen, la información inmediata, instantánea, se hace vieja, antigua, con rapidez. Los "diosecillos" que arrastran a la gente son pasajeros, unos sustituyen a otros con facilidad.

Al mismo tiempo esos "diosecillos", los famosos de la clase que sean: políticos, escritores, deportistas o vividores, son destruidos por la propia sociedad. Los medios de difusión de todas las clases lo intentan, los que investigan vidas ajenas, lo mismo gente que ha sido relevante o referente sólido para muchos en la ciencia, el arte o cualquier disciplina, que los famosos del momento. Aparecen teorías que explican cómo sus aportaciones a la música o a la literatura o la ciencia fueron resultado de lo que esos investigadores deciden que fue algún tipo de locura o enfermedad o deciden que carecieron de altura moral, casi siempre por meras suposiciones sin base que se convierten en certezas. Políticos que tienen o se les adjudican líos, que por su parte la sociedad considera para sí normales, etc.

Hemos visto eso en los países, no queda nadie a salvo. Esas normas morales que se convierten en bandera de la nueva inquisición, solo se aplican a los que son famosos, políticos o han aportado algo, sin embargo ante cosas realmente serias, injustas o turbias, nada se dice, son normales porque la sociedad es así, dicen.

La masa, la gente, encabezada por quienes tienen en un momento dado cierto control en medios de información y de difusión, es lanzada en juicios irracionales, con frecuencia falsos: culpables de asesinatos mediáticos, que no lo son realmente y que llegan hasta quienes dicen administrar justicia, pero es la justicia de la presión irracional, no la que surge de la verdad. Hay casos conocidos, estos tienen suerte y a veces se resarcen de las injusticias en lo posible, otros son ignorados y así permanecen.

Los "diosecillos", los ídolos son derribados con facilidad.

La sociedad crea ídolos que ella misma destruye. Es parte de la postmodernidad en la incredulidad ante todo.

No encontramos referencias sólidas, las ideas no son tangibles, el sentido de nuestra vida se pierde, se ignora, de la de cada uno y de la de todos. Al ser lo importante el rol social la persona se difumina. Nos situamos en la apariencia para ocultar nuestra indiferencia vacía.

 

Nuestro vivir en el mundo y nuestro sentido del tiempo.

El nosotros y el yo. ¿Es posible "soy"?. ¿Es posible "soy" sin "somos"?.

La medida física del tiempo se diluye. La "desestacionalización" en el vivir cotidiano, la velocidad del cambio, los avances, lo inmediato como exigencia.

El tiempo medido por los estados de conciencia no existe.

Huimos de nosotros mismos y huimos de nuestro vacío por medio de las "cosas". Cosa: "todo lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, real o abstracto" y "objeto inanimado por oposición a ser viviente".

Huimos y no nos encontramos tampoco unos a otros. El hombre relacionado con otros hombres, vinculado, próximo-prójimo, el problema de la "separatividad", de la separación, de la distancia, de la soledad profunda.

La comunicación, la comunión, la fusión, la integración, lo que no sabemos realizar.

La angustia tal vez proceda de esa "separatividad". Intentaremos averiguarlo.

Al final de todo eso, en el fondo de eso: la angustia, la desazón, el desasosiego y en ella, el mundo actual creemos lo permite, la inmediatez de las "cosas" en un tiempo sin conciencia.

Escribo, intento decir algo. Mi percepción, mi desazón, lo que observo y lo que comparto con otros, conocidos o no, es lo de menos.

¿Digo algo sensato, coherente, racional con tanta palabrería?. Tal vez al decir y resaltar de forma ambigua situaciones que pienso existen, lo único que hago es crearlas en mi imaginación, o proyecto mi propia angustia, o sin creerlo yo mismo vivo en la indiferencia vacía y otros no, o en el desasosiego.

Quizá mi observación del mundo y las observaciones de otros, de los que aprendo, sea errónea y el mundo es otro. Quizá mi moral, mis valores son otros, distintos a los del mundo. Tal vez lo que razono, veo, siento injusto, sea un sentido desfasado de la justicia, o de la libertad y lo que veo como enorme y masivo sufrimiento, provocado por mí, por nosotros, en muchos, distintas clases de sufrimiento en los distintos mundos que están en el de todos, no sea más que un espejismo. Las guerras, cuando las televisan, no son tales, son simples espectáculos y cuando no las televisan no existen. Quizá el sistema actual sea el logro definitivo de los hombres para estar en el mundo y es consustancial al hombre ser depredador con otros hombres y con el resto de la vida. Tal vez lo que entiendo estar sea ser y lo que imagino ser no existe más que en mi fantasía. No lo sé.

Entonces, ¿callo?, ¿dejo de escribir?. Si es verdad lo que percibo y observo y trato de entender y mis valores son algo, compartido todo con otros, ¿sirve para algo lo que otros y yo podamos decir o explicar?.

 

Algunos queremos tener fe, necesitamos creer que el hombre tiene unas posibilidades enormes para, aunque sea dentro de cientos o miles de años, realizar y vivir plenamente su, nuestro, ser hombres; algunos, unos pocos en la historia, nos han enseñado el camino y nos han permitido vislumbrar que es posible, obras del amor, de la inteligencia, de la imaginación que hoy nos siguen causando asombro y de los que seguimos aprendiendo, que insinúan un mundo inimaginable ahora pero posible. Sin embargo nuestro ahora no está a la altura.

 

 

La angustia

Angustia: "aflicción, congoja, ansiedad" y "temor opresivo sin causa precisa", es la definición que da el diccionario.

¿Se da en nosotros, en nuestra sociedad occidental, realmente la angustia, la ansiedad, la desazón, la depresión inexplicable, el estado opresivo sin causas concretas, claras?. Hechos, conductas, datos de la sociedad parecen responder que sí, cuando menos una posible interpretación de esos hechos, de esos datos que abundan.

Datos, es lo que más tenemos, la necesidad de cuantificar, de controlar, de situar algo; números, cifras referidas a situaciones de la gente: tasas de paro, cantidad de parados, número de personas que consume antidepresivos, número de enfermos oficiales de depresión, aumentos o disminuciones del PIB, índices de bolsa, número de turistas, número de niños esclavos, número de niños en los ejércitos, número de alcohólicos, número de personas que mueren de hambre cada día, número de accidentes de coche, número de personas que ven la TV, número de suicidios,... todo son números, datos que cuantifican algo, que plasman algo, pero son abstractos. A uno no le conciernen, uno no está en ellos, son números que de tan claros nos resultan indiferentes.

Datos para "epatar": el avión más grande del mundo, la montaña rusa más grande del mundo, la mayor empresa de automóviles del mundo, la mayor empresa de... , el mayor estadio del mundo, las mayores lluvias del siglo, el mayor terremoto de la historia, la mayor tortilla de patatas del mundo, el mejor equipo de fútbol del mundo, el récord del mundo de altura, el individuo más forzudo del mundo, el mayor asesino en serie de la historia, la mayor...

Datos en los que aparecen cuantificadas manifestaciones indiferentes de algo, de ansiedad, de injusticia, de riqueza, de miseria, de huida, de... O a través de aquello por lo que uno se siente importante, por participar, por ser fan del mayor algo del mundo aunque uno sea minúsculo en ese algo que es lo más grande del mundo o aunque uno sea pasivo en ese récord del mundo,... No es el individuo, es la organización, la empresa impersonal. Uno se diluye en esa idea, se incorpora para ser algo de lo mayor del mundo y eludirse a sí mismo.

Datos de hechos y situaciones de un mundo en el que estamos y se nos escapa. Somos actores colectivamente pero sin protagonismo, sin nombres, o somos actores en lo minúsculo, en lo más próximo y allí tal vez tengamos nombres.

Pero ¿de qué somos actores?, ¿de nuestro vivir, de nuestro estar, de nuestro ser?, ¿qué clase de actores somos?, ¿de los que actúan representando una función teatral, un rol social, o de los que actúan obrando, haciendo algo, de la acción?, ¿qué sentido tiene nuestro actuar?.

Nuestra actuación, la clase de actores que somos, depende de las preguntas y de las respuestas si las hay, o simplemente de la inercia.

Ante la ausencia de respuestas a preguntas vitales el hombre se angustia. Las preguntas, si las hacemos, son en voz baja, con aparente frivolidad, sin molestar o dar la lata a nadie. Pero las preguntas subyacen en la actuación inconsistente, en la situación de desasosiego indiferente.

"La angustia les resulta peligrosa a los hombres sin temple, y por eso la silencian, pero, pese a ello, renuncian a hablar de Abraham, y así lo hacen"[1]Hay angustia religiosa, hoy desfasada, pero también latente. El desfase lo produce el paraíso de la sociedad avanzada, postindustrial, de la información, postmoderna, científico-técnica, o como quiera llamarse. El desfase lo produce el aumento de "cosas" que nos invade y domina. Eso lleva a eludir la cuestión, o por lo menos una cuestión.

En el prólogo de la obra citada, firmada por Johannes de Silentio, dice Kierkegaard: "Nuestra época ha emprendido ein wirklicher Ausverkauft[2]no sólo en el mundo del comercio, sino también en el de las ideas". Lo mismo seguimos diciendo hoy, lo mismo pensaba antes y en todas las épocas la gente que buscaba comprender.

Quizá no haya carencia de respuestas sino que llegan en formas que no nos parecen aceptables dado nuestro vivir, el vivir del hombre de las sociedades avanzadas, postindustriales, postmodernas,... que tienen pocos agobios económicos o incluso son sociedades opulentas hasta llegar al despilfarro; de sociedades con la revolución científico-técnica reciente que no hemos sabido entender ni utilizar, que nos conduce, a veces, a ser sociedades soberbias, insensibles en lo verdadero, acríticas, pasivas, resignadas, hedonistas, débiles desde ese punto de vista. Las "cosas" nos las dan en cierta forma, creemos tener derecho a ellas.

No hay respuestas como nosotros querríamos tenerlas. Tampoco sabemos cómo las queremos, no sabemos qué queremos. No somos capaces de encontrar salidas al no saber vitalmente qué respuestas queremos, pues aunque queremos respuestas tampoco nos atrevemos a preguntar. Creíamos confiar en la ciencia, cada vez creemos menos en ella, tampoco nos da las respuestas, aunque llamemos ciencia a cualquier disciplina técnica, incluso las disciplinas que tienen más de arte son convertidas en técnicas o se les da el nombre de ciencias. La ciencia va quedando desvirtuada. Eso nos deja más desamparados, menos seguros. So cambios que se manifiestan en el lenguaje. El lenguaje siempre juega un papel importante. "Los límites del lenguaje son los límites del mundo y los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo", dice Wittgenstein. Juegos de lenguaje. Juegos de mi mundo que limito o que ensancho, o que me limita o ensancha la sociedad al imponer un lenguaje único. Decidimos limitarlo, así no nos abruma el mundo, no nos supera, no nos sobrepasa. Pero el mundo está ahí. Ya no es nuestro mundo.

 

Una pequeña parte de la gente del mundo, gran parte de los del centro del sistema hegemónico, tenemos las necesidades fundamentales y algo más resueltas. ¿Y ahora qué?. No tenemos respuestas vitalmente. La depresión, la huida.

Si un altísimo porcentaje de la población de nuestra sociedad occidental, la económicamente desarrollada, es adicta a los antidepresivos, los datos, es porque se siente deprimida, con ansiedad, angustiada y ese hecho tiene alguna causa. Esa situación la determina la sociedad por medio de la ciencia oficial, los psicólogos y demás expertos que son quienes deciden y saben según nos han hecho creer. Los alcohólicos, muy numerosos también, viven la huida con más alegría o con más agresividad, pierden parte o todo su control racional, creen que, lo mismo que con las drogas legales o ilegales, huyen, se adormecen o se desinhiben. Cuando no son estos medios aparecen otros para adormecer o dirigir la conciencia, la voluntad y la razón: imágenes, inmediatez compulsiva ante las "cosas", consumismo desaforado como meta, etc.

¿Por qué parece ser tan masiva la depresión, la ansiedad, la huida?. En los instantes del estado lúcido del hombre, o que podría llegar a la lucidez, aparece el miedo, el vacío, la apatía, la insatisfacción, la inseguridad,... en la gente, en mucha gente. La sociedad no tiene hoy soluciones, no tiene respuestas como tal sociedad para sus miembros, sólo tiene paliativos, otra clase de engaños, profesiones especializadas que recetan drogas legales cuando se excede de cierto nivel en cada individuo. Cada individuo necesita "ir tirando", lo resuelve fabricando su pequeña ideología que sumada a la droga legal le permite ese "ir tirando".

En muchos el suicidio, las tasas de suicidios. los datos otra vez, no sé si son altas o bajas, pero es bastante la gente que oficialmente se suicida. Otros muchos son suicidas, llevan el impulso de autodestrucción, de la propia muerte y se suicidan de otra forma, no aparecen en los datos oficiales de suicidios, por ejemplo, los conductores suicidas  que también suelen ser homicidas, hay bastantes de los que mueren en accidentes de coches o de motos y que llevan el impulso de su propia muerte sin confesárselo a ellos mismos, o alcohólicos que son sabedores de su lenta autodestrucción y siguen, o unos cuantos más.

Es otra salida que tenemos al "ir tirando" que no da más, que se acaba y estalla.

La sociedad, que somos todos, no se plantea su fracaso ante las situaciones, realmente no se lo plantea ante ninguna situación, no se analiza, no se buscan causas y soluciones desde la raíz del fracaso, suponen un esfuerzo mental, de la voluntad, de conocimiento y de saber algo. Ante lo que molesta la sociedad o bien reprime las manifestaciones sin buscar jamás el fondo, las causas o bien decide ignorar los hechos, entre éstos, el más clamoroso es el de la descomunal injusticia que infligimos a muchos y de la que nos beneficiamos los individuos de los países desarrollados económicamente.

Las preguntas siguen sin las respuestas que creemos necesitar, claras, contundentes, concretas, tangibles, que sean certezas.

 

La muerte es real, inevitable. Es todo lo que sabemos. Podemos dar vueltas a la idea y al hecho de la muerte, pensar, reflexionar, hablar, investigar, imaginar,... no llegamos a lo que nos gustaría, a certezas. La única verdad que conocemos la rechazamos, que la muerte es un hecho inevitable, pero la vida también es un hecho.

El problema no es la muerte, el problema es la vida, nuestra vida, la de todos, la de cada uno. El tiempo que estamos aquí, en nuestro planeta, en la Tierra. ¿Qué tiempo?, ¿cómo lo medimos?, ¿qué hacemos mientras dura?. También intentaremos reflexionar ligeramente sobre algo del tiempo.

El problema es el hombre, el individuo normal, cualquiera, yo.

El hombre relacionado con los otros. Relación inevitable, la sociedad es inevitable, es la única obligación que tenemos, pero la rechazamos. Sólo hemos aprendido y nos han enseñado desde hace siglos a vivir para nosotros, para cada uno, para mí. La sociedad "premia" únicamente a quienes actúan para su exclusivo provecho, pero de acuerdo con normas, en instituciones aceptadas. Así la hemos construido.

Nuestro, mi, exclusivo provecho es el absurdo, la negación de la sociedad, no lo sabemos pero es así. La angustia también empieza allí.

mi exclusivo provecho solo es posible con y ante los otros. Necesitamos a los otros para ostentar, para dominarlos, para robarles, para que satisfagan nuestras necesidades, para nuestro placer, para apropiarnos de trozos de sus vidas reales. Es el sistema. No nos importa que otros sean felices, a veces hasta nos molesta, o su perfección o sus acciones coherentes, sencillamente nos tienen sin cuidado. La li8bertad, la justicia, no sabemos qué son, cómo se vive con ellas, desde ellas, para ellas, en ellas.

Exigimos nuestros derechos, derechos individuales, definidos, concretos, lo permitido y lo prohibido a los demás con respecto a nosotros y al revés, especialmente ante "lo nuevo" y los cambios de todo orden que trae. Lo nuevo son "cosas", avances científico-técnicos que cambian nuestra percepción de todo, incluidos nosotros, pero que no tocan el fondo, eso nos confunde una vez más pues nos identificamos con las "cosas", somos o nos convertimos en las "cosas".

derechos para que no nos incordien, para protegernos de los demás, de nuestro reflejo en ellos, para saber a qué atenernos sin pensar. Derechos que nos aíslan y limitan, son nuestros derechos, los exigimos sin contrapartida en forma de obligaciones. Eso no es libertad, no es comunicación, es monólogo, a veces vacío, insustancial, o soliloquio enfermo.

Libertad, libertades individuales, decimos, capacidad para actuar o para no actuar, pero sin responsabilidad por nuestros actos o por nuestras omisiones. Las omisiones, la "dilución de la responsabilidad" que dicen los psicólogos, o la irresponsabilidad por no actuar ante el daño ajeno, ante la injusticia que nosotros colectivamente infligimos a los demás, se diluye en el todo, se atenúa y desaparece sin dejar resquicio de molestia en nuestra conciencia, son nuestros derechos.

Nuestras libertades especificadas, nuestros derechos establecidos y definidos. Nos los encontramos establecidos y definidos por alguien, por una "máquina" que legisla, casi impersonal, distante, con poder, soberbia como la sociedad, su imagen distante y familiar, estamos en un mundo de imagen también, es sólo imagen. Lo que llamamos nuestras libertades, nuestros derechos, están en manos de esos "expertos" que piensan por nosotros, si es que piensan, pero que sí deciden, o "pardillos", o grandes vanidosos más enfermos de poder que otros.

Exigimos que alguien haga cumplir todo a nuestro gusto si no es así protestamos. Con frecuencia los que hacen cumplir las normas, lo llamamos justicia, tienen sus propios intereses y son arbitrarios en sus decisiones, lo aceptamos con impotencia, reclamamos y dentro de muchos años, tal vez, si hay suerte, sea atendida nuestra reclamación. No nos preocupa la justicia, no sabemos qué es, no nos interesa, sólo nos importan nuestros derechos, los de cada uno y en su aspecto formal, práctico, es la ley que hacemos equivaler a justicia.

 

Quizá el problema inicial, los demás proceden de él, sea el de la "separatividad". La palabra no aparece en el diccionario. Separación: "acción y efecto de establecer distancia o formar grupos homogéneos de cosas que estaban mezcladas con otras". Separativo es lo que separa. "Separatividad" puede entenderse como el estado de las personas separadas o distanciadas.

Aparecen contradicciones del hombre consigo mismo y del hombre con los demás: necesidad de tener alguna clase de fe racional, lógica y de no creer ni querer creer; necesidad de los otros, de todos y estar separados, vivir en estado de "separatividad" desde siempre, mis derechos exclusivos ante todos; necesidad de los otros y vivir a costa de la injusticia que nosotros, nuestra sociedad, infligimos a esos otros, vuelven a ser nuestros derechos; necesidad de un "dios verdadero" a nuestra medida, manejable, tangible y útil frente al que inventan las religiones y el sistema o frente al que no sabemos cómo ni qué es y tal vez sea; necesidad de lo que creemos o llamamos amor pero que es egoísmo; necesidad de lo que llamamos justicia pero fomentamos la injusticia y vivimos en ella y de ella; necesidad de solidaridad pero de los demás con nosotros, conmigo tan solo; necesidades múltiples llenas de contradicciones cuando hablamos o actuamos. Es inevitable la huida si no afrontamos nuestras contradicciones, las aclaramos, vivimos con ellas y tratamos de resolverlas.

La huida hacia ninguna parte, hacia la nada. Tenemos el mundo de las "cosas", de las mercancías, del consumismo, creemos que eso resuelve todo. El consumismo se revela en el fondo como una forma de ocultar la angustia y de compensarla con lo que hay tras él: utilitarismo burdo, fetichismo de las mercancías (Marx) como analogía de las relaciones sociales que se encuentran tras ellas, ideología, ostentación, transformación, poder.

Al mismo tiempo, lo que nos aleja de la "separatividad", y esto es contradictorio en nosotros, es precisamente el consumo de mercancías, de bienes y servicios. Tras cada mercancía hay una relación real y directa con los demás, no lo vemos, pero hay una relación estrecha, íntima, tanto que vivimos gracias a esa relación que transforma la naturaleza por medio del trabajo para que nosotros nos alimentemos, vistamos, etc. con la incorporación directa y sin intermediarios de vidas de los demás, consumimos partes de sus vidas reales y los demás consumen partes de la nuestra, y en nuestros organismos, con nuestro uso, integramos en nosotros esas partes de vidas reales ajenas. Se produce una integración verdadera pero inconsciente, de unos con otros, eso opuesto a la "separatividad" nos permite vivir. Esa integración con el otro es acaparadora, para nuestro exclusivo provecho, por eso no vemos lo que se da en nuestro consumismo, no es una integración liberadora y enriquecedora para todos. Recordemos que integrar significa: "constituir las partes un todo" y en otra acepción: "completar un todo con las partes que faltaban".

El consumo es así un nexo de unión inevitable que no somos capaces de ver y por tanto vivir, pero es real. Integramos algo vivo de los otros, pero nos quedamos en las formas, en lo externo según nuestra conveniencia, pero no en la realidad.

El consumismo, que es cuando el consumo se extiende a lo no necesario, en lo que tiene de otros significados oculta, enmascara nuestra angustia, consumismo es en realidad consumo compulsivo, enfermo.

Al consumir usamos, transformamos, nos alimentamos, gastamos,... no "cosas" u objetos  sino directamente vidas de la gente que produce. Es la necesidad de tragarnos, de comer vidas de otros cuando no hay intercambios equilibrados, cuando el consumo se hace compulsivo. Compensamos nuestra angustia absorbiendo a los demás, a los otros que han incorporado partes de sus vidas en el proceso de transformación en "cosas", en mercancías. Los otros están integrados por medio de las "cosas" con nosotros y nosotros con ellos. No es la comunión, ni la comida ritual, aquí el significado es de otro tipo de compensación, no recordamos ni ofrecemos a nadie en sacrificio para aplacar a los dioses o al miedo, sacrificamos a los otros desde nuestra angustia inconsciente al ser el consumismo parte de la injusticia en los intercambios, en las relaciones entre gente. Eso compensa nuestra ansiedad, nuestra angustia, el apoderarnos y destruir o transformar sin sentido de equivalencia vidas de otros, aprehendemos sus vidas sin permiso, sin recato, sin pudor, sólo para compensar nuestra angustia, para satisfacer nuestro yo sin rumbo, vacío. El vacío, nuestro vacío lo llenamos con vidas de otros. Al no temer clara la relación social, al ser desequilibrada, cleptómana, tal como es la sociedad, siempre es insuficiente, siempre necesitamos más. Es una compensación enferma en la que entran diferentes formas del consumismo: ostentación, utilitarismo burdo, poder, sentido supersticioso, la ideología del sistema.

Pero el consumismo que nos arrastra también ha permitido evidenciar la solidez de nuestras creencias, de la "religión verdadera", de los principios de la gente, de la sociedad. Todo ha desaparecido, ha quedado anticuado. También las supersticiones asociadas a eso antiguo, aparecen otras más prácticas y directas, proliferan las sectas salvadoras, los adivinos, echadores de cartas, astrólogos, curanderos, milagreros, o nuevas formas "cuasi-religiosas" a través de los nuevos ídolos-mercancías. Allí se plasma una parte de nuestra angustia individual, personal, única y creemos que con todo eso desaparece. Necesitamos algo de misterio, creer en fuerzas ocultas, en extraterrestres, en cosas raras que razonamos y en las que tenemos fe, pero pensamos que a diferencia de la antigua esta es una fe racional y lógica.

La fe en la ciencia, en los avances científico-técnicos, porque creíamos que todo el conocimiento y todas las soluciones se encontraban en la ciencia pues debe ser exclusivamente práctica de forma inmediata, esto lo seguimos exigiendo, las demás disciplinas o formas de conocimiento o saber no interesan.

Para Whitehead "la función de la Razón es fomentar el arte de la vida" y distingue entre lo que llama "la razón de Platón" y "la Razón de Ulises"[3], "la Razón en tanto que busca una comprensión completa y la Razón en tanto que busca un método de acción inmediata".

Nuestra época parece ser de la "Razón Ulises", no deseamos comprender, deseamos lo práctico inmediatamente, "cosas", creíamos que todo el conocimiento estaba en la ciencia, ahora está en la técnica, según la sociedad en los avances científico-técnicos. La comprensión, si es que nos interesa, vendrá por este lado. Quitar espacio al intento de comprensión y reducirla a lo dicho tampoco satisface. El intento de comprensión puede también conducir a la angustia, pero es tal vez de otra clase y puede resultar enriquecedora.

 

La angustia también la provoca la propia sociedad a sus miembros. El sistema es sistema es paralizador en ocasiones, imparable otras veces, capaz de marginar e ignorar a muchos de sus miembros, son datos.

La gente vende su fuerza de trabajo a las empresas, cuando éstas ya no necesitan a alguien o a muchos los despiden, van al paro, si hay protección social suficiente pueden aguantar un tiempo malviviendo, cuando esto se acaba ¿qué se puede hacer?, a uno ya no le contratan, uno ya no cuenta, languidece, a veces pierde todo. La caída hasta el fin. La sociedad, sus empresas, sus gentes, expulsan a gente del sistema cuando lo creen conveniente. Nadie tiene seguridad, en conjunto los expulsados son una parte relativamente pequeña, ya no cuentan, no pueden hacer nada, resignarse y salir del sistema, de su forma de vida. De repente, sin más, uno vale menos que los otros, a veces algo de solidaridad, pero uno va languideciendo, es impotente para resolver su problema, la sociedad ya no cuenta con él. Le puede suceder a cualquiera, a una gran parte de la gente, la amenaza siempre está latente, es real. Lo impone el mayor beneficio de la empresa, sus trabajadores, sus empleados so útiles de trabajo, nada más.

La sabiduría del sistema nos mima para consumir, es imprescindible, nos desprecia para obtener mayor beneficio, para que el capital engorde sin cesar. Nos convertimos en individuos impersonales, sin nombre, somos únicamente número de parados, número de consumidores, cantidades de consumo. También nos miman durante unas semanas cada varios años como votantes, número de votantes, para legitimar el sistema, para que siga perfeccionándose en lo impersonal y despiadado.

Somos el sistema, estamos inmersos y satisfechos en él, nos han contado que es la única posibilidad, la única verdad pasada presente y futura que permanece. Cuando se plantearon alternativas en la prehistoria para nosotros, fueron un fracaso del que no se puede aprender nada, es la verdad única.

El sistema es causa de angustia directa en la inseguridad permanente en que nos mantiene, es motivo de temor, de paralización, nos da todo, es nuestro paraíso y también nuestra angustia más primaria, como sucede con los individuos de la sociedad, el sistema sólo mira por su exclusivo provecho, éste lo es al servicio de poder enfermo, como es todo poder, su exclusivo provecho es también que la mercancía suprema, el capital, engorde, crezca indefinidamente y eso nos abarca y domina a todos.

 

Vuelvo a las preguntas. Seguramente las preguntas que se hace el hombre de hoy son las mismas que se hacía el hombre de hace siglos. Las respuestas son las mismas, si es que las hay, pero la sociedad es diferente en sus formas más visibles pues sabemos que el fondo que está Más arraigado como valor en los hombres no ha cambiado apenas y las respuestas tampoco han podido cambiar para la sociedad como tal. Lo que rodea al hombre de hoy es diferente a lo de hace siglos y también de hace poco tiempo, pero al estar rodeado de cosas totalmente diferentes, resultado de la imaginación del hombre, tendemos a creer que las respuestas que nos puede dar la sociedad son nuevas, no es así, las no respuestas son las mismas, eso provoca desazón en algunos. Lo único que ha cambiado es lo de fuera del individuo, del ser que hay en el hombre, la acción, las formas de la acción también han cambiado. Creemos que la simple acción externa nos acerca a las respuestas porque creemos hacer otras preguntas. Las respuestas que recibimos colectivamente no nos dicen nada. Lo que subyace en la sociedad y en los individuos no ha cambiado, se ha sofisticado lo externo pero el fondo es el mismo.

Las instituciones que tanto peso tienen en la sociedad, las estructuran en gran parte, las creaciones de la mente humana que estructuran la sociedad, las reglas, son en lo básico las mismas, las hemos revestido de mayor complejidad, las hemos encubierto y rodeado de más capas alrededor de su núcleo. Hoy nos cuesta más esfuerzo entender la verdadera naturaleza de las distintas instituciones, de los fundamentos que persisten desde hace siglos, eso significa que la sociedad en las clases y formas de las relaciones entre los hombres que se dan en ella apenas ha cambiado.

 

Supongo que vive sin la clase de angustia de la sociedad el hombre sabio, el hombre que es y vive plenamente, el que como decía B. Russell "desarrolla al máximo sus potencialidades divinas"[4], el hombre que vive en el amor pleno, completo, el que busca sinceramente cuya angustia es enriquecedora , esos hombres sufren, no hay duda, pero no se desesperan, no viven la forma de angustia apacible, la desazón generalizada, la indiferencia vacía. Son hombres preocupados y comprometidos con su sociedad, son generosos desde el amor que como decía Leibniz: "el que ama busca su satisfacción en la felicidad o perfección del objeto amado y sus acciones"[5].

 

¿Somos individualmente felices?, ¿es nuestra sociedad feliz como tal sociedad?. Preguntas absurdas. Los antiguos teóricos del utilitarismo pensaban que todo se reducía a que el individuo fuese feliz, tan sólo ha permanecido de su idea un utilitarismo burdo, reducido al consumo de bienes y servicios como modo de lograr la satisfacción personal.

Buscamos la felicidad tratando o soñando con ser ricos, teniendo dinero, sabemos que no es así. Alguien (no recuerdo quien) conocido decía hace algunos años que "el dinero no da la felicidad pero quita los nervios". Como aproximación a lo que es nuestra sociedad de la abundancia y el despilfarro dice algo. Como no creemos en la felicidad paliamos nuestra infelicidad y nuestra angustia poseyendo o consumiendo "cosas" compulsivamente.

 

La insatisfacción procede de nuestra forma de actuar, de las formas las conductas que están en la sociedad, conductas arraigadas profundamente en los individuos desde hace siglos y referidas a los distintos ámbitos de la vida en sociedad, puede resumirse en lo dicho antes: procurar nuestro exclusivo provecho. Hay gente que desea actuar de otra forma, pocos lo hacen, la propia angustia procedente de la sociedad pone límites a una actuación que se acerca al altruismo. El sistema impone esa forma de obrar, pero el sistema somos nosotros, todos en conjunto, y nadie puede romper. Las rupturas de algunas formas han sido con frecuencia violentas, trágicas y a veces sus resultados efímeros han sido peores que aquello contra lo que se han rebelado aunque el ideal haya podido ser superior, entre otras razones porque el espíritu del sistema no ha cambiado, los hombres, las sociedades seguimos igual.

Parte de la angustia procede también de que la gente tiene como norma procurar por su exclusivo provecho, poseer, tener "cosas" uno, competir como sea para superar a los otros en todos los ámbitos, es el resultado de nuestros valores. Mirar por el propio provecho excluye a los otros como partícipes de algo pero no los excluye como proveedores de "cosas", los otros, si existen, están después, pero nunca tenemos suficiente así es que los otros no están nunca realmente.

Excluir a los otros de participar igual que nosotros y con nosotros supone "separatividad", incomunicación, dominio sobre otros, nunca igualdad y nunca justicia.

No compartir, buscar el propio y exclusivo provecho necesita de la desconfianza, considerar que uno tiene más derechos que los otros, vivir con la obsesión por tener siempre más, es decir, el aislamiento, la soledad profunda. Los momentos de proximidad, de unión son fugaces y suelen llegar por medio de "cosas": un concierto de la clase de música que sea, ser hincha de un equipo, fan de alguien o de alguna marca, etc., pero esa proximidad a otros por de este modo es un acto de huida, de abandono momentáneo al ídolo que también es efímero y además negocio para alguien, y al revés, la huida produce satisfacción momentánea, tras ese instante vacío.

El enorme egoísmo en que se basa nuestra sociedad lleva a la "separatividad", a la soledad profunda del corazón y del alma y de allí al vacío, al no saber, a la inseguridad, a la angustia.

La inseguridad real que produce la sociedad en los individuos supone miedos, angustia, el propio egoísmo, fomentado por la sociedad, el vacío, no nos permiten sacar a cada uno todas las posibilidades de imaginación, talento, etc. que llevamos todos y cada uno dentro de nosotros. La sociedad sólo acepta una clase determinada de talento.

Ese valor importante, buscar el exclusivo provecho, nos condiciona, obnubila y nos convierte en insensibles e inmunes a los demás, nos castra en nuestras posibilidades, no somos lo que podríamos, nos angustia por carencias de nosotros mismos.

El mundo no es para el hombre como tal, es para unos pocos por medio de las "cosas". Creemos eso exagerado, sin embargo los hechos, los datos una vez más, indican que es la realidad desnuda y clara, sin disculpas, sin paliativos. No es posible, además, separar y discriminar por parte del hombre de Occidente a los de cualquier otro lugar del mundo. El hombre occidental tiene un bienestar material notable gracias, en parte, a la explotación y expoliación a que nosotros, por medio de nuestras empresas sobre todo, con el beneplácito y apoyo de los gobiernos, sometemos a la inmensa mayoría del mundo. No es posible separar una cosa de otra. Lo que nosotros hacemos es separarla, ignorarla, forma parte de nuestros derechos, sin necesidad de explicaciones, es así y eso basta. Nos convertimos en explotadores, racistas o esclavistas de forma colectiva, aunque la sociedad de lo correcto lo ignore, no es estético. Nunca puede permanecer tranquila y cómoda nuestra conciencia, si la tenemos, con esa situación de tremenda injusticia, ni jamás al hablar del hombre podemos ignorarla. Si la ignoramos, si no hacemos nada, no somos.

¿Es necesario hablar siempre de la injusticia que nosotros infligimos de manera directa a la inmensa mayoría de los otros?. La injusticia que nosotros cometemos sobre los demás supone, entre otras cosas, sumirlos en una situación de verdadera angustia, de desazón ante la injusticia en sí y ante su impotencia para evitarla, es lo que ocurre con los incontables desheredados por nosotros con nuestros medios, técnicos sobre todo, superiores. Es la grandiosa injusticia colectiva que inflige una sociedad como tal a otra sociedad. No es un individuo, no tienen nombres los transgresores de la justicia, es el anonimato de la sociedad quien deliberadamente comete la injusticia y origina sufrimiento, ansiedad, angustia en las otras enormes sociedades, también sin nombres, vejadas por la injusticia consciente. Todos, sin excepción somos culpables.

 

La pregunta de antes: ¿es posible "soy" sin "somos"?, ¿es posible "soy"?.

Nos esforzamos para tener "cosas", tenemos mucho más de lo necesario, no tenemos suficiente, queremos más. Tenemos todo, ¿y ahora qué?.

Lo que sucede es lo que hacemos y construimos, un mundo para las "cosas", un mundo que nos abruma, nos sobrepasa, nos supera, confunde y angustia, en ese mundo el "soy" es en tanto tiene, en tanto parece, en tanto juega un rol, en tanto actúa en una función.

Si uno se desprende y desnuda de todo eso, ¿en qué queda?, ¿qué es?, ¿quién es?. Un hombre ante sí, sin saber gran cosa, nada. Ya no somos el papel que representamos, nosotros ya no somos las "cosas", ser las "cosas" significa que uno se convierte en ellas. Un hombre sin atributos externos tiene que descubrir los propios de su espíritu o enloquecer, eso necesita tiempo, tiempo de conciencia.

Pretender descubrir quién es uno, volvemos a lo de hace siglos, milenios: "Conócete a ti mismo", es como si desde Sócrates o desde antes no hubiésemos avanzado. Si uno se propone semejante cosa también pasa por la angustia, pero es de otra clase por lo que se empieza descubriendo: "si profundizamos dentro de nosotros mismos descubriremos antes que cualquier otra cosa nuestra predisposición al mal. No hace falta decir que estoy pensando en Pitágoras y en Sócrates"[6]. Luego se sigue hasta acabar de descubrir y llenarse de todo y de nada y creer saber que la duda es todo, la duda es la seguridad y uno empieza a ser sin barreras, hasta llegar...

 

En ese andar de búsqueda de uno, a veces, aparece el problema de la fe, de alguna clase de fe. Creer en uno mismo, en un Dios, en alguien, en algo. La necesidad de creer, pero no sabemos en qué, ni cómo. La postmodernidad se caracteriza, entre otras cosas, por "la incredulidad ante los metarrelatos", según Lyotard, realmente por la incredulidad ante lo no tangible de la clase que sea, por la incredulidad ante lo que no es inmediato.

Solemos referirnos, al abordar la cuestión de la fe, en la fe en Dios. Los filósofos, muchos de ellos, explican de alguna forma demostraciones de la existencia de Dios y siguen su trabajo, Descartes, Leibniz, etc., pero eso a nosotros no nos sirve, el asunto es en los niveles vitales, en la coherencia en las conductas, en el rechazo ante la fabricación de dioses absurdos por las distintas religiones, en la irracionalidad con que se plantea el asunto, en la mera intelectualización. Kierkegaard plantea el tema de otro modo, la entiende como  pasión, como la más alta y explica los movimientos que se encuentran hasta alcanzar la fe, fe que en ese sentido es liberadora.

Lo que esperamos es una fe lógica para nosotros, racional, comprensible, útil en lo práctico y que no nos recuerde un pasado cercano en que una clase de fe y de dogmas, irracionales como tales, condicionaban las conductas y la vida social.

El tema es importante y creo se debe abordar adecuadamente, cosa que aquí no puede hacerse. Creo que el tema de la fe, abordado por pensadores relevantes en distintos momentos, requiere una reflexión seria pues tal vez esté en el origen de problemas de nuestra sociedad. la fe como la más alta pasión (Kierkegaard), la fe liberadora, la fe lógica, antidogmática, la fe sin condicionamientos y sin condiciones, la fe sin religión alguna, la fe profunda, la fe que da sentido a la vida y al mundo,... ¿Son posibles la fe y la pasión que conlleva?.

Lo que le falta a nuestra sociedad es fe, la postmodernidad se caracteriza por falta de fe en los metarrelatos, Lo que le falta al hombre de hoy es la pasión de la fe sin fanatismos. La pasión de la fe se manifiesta de muchas formas, la rebeldía es una de ellas, en nuestra sociedad es impensable, nos falta pasión, la de la fe, por la justicia real, por el hombre como tal.

En nuestra sociedad hay otras pasiones, en algunos hombres por el poder, por el dinero en todos, por las "cosas". Una vez alcanzado todo eso llega el vacío, es parte de la enfermedad, de la enfermedad de la sociedad. La pasión que sustituye al antiguo fanatismo religioso, la de fans, hinchas, etc., de destrucción, de desesperanza.

La ausencia de fe también provoca angustia. Tal vez la fe lógica, vital, que lleva al abandono del individuo, a la confianza, al amor, sea la que nunca hemos sabido plantear y por tanto vivir.

Alguna clase de fe frente a lo que se observa  en la sociedad, la sociedad del vacío, según algunos pensadores. La angustia más o menos sutil, disimulada, aceptada como normal aunque con nombres asumibles, el lenguaje otra vez nos limita y engaña, la sociedad sin objetivos, sin ideales, la ideología del utilitarismo más primario, del cientifismo, del tecnicismo, del consumismo, etc., de los derechos individuales exclusivos y excluyentes, protectores de nuestro vacío, de nuestra insolidaridad, de nosotros mismos.

 

Es una vida amable, de gente envejecida no en edad sino en ilusiones, muchos jóvenes son viejos incapaces de la menor rebeldía seria, a veces, algún destello sin calado, sin base firme, sin intensidad, sin ideales. Hoy la rebeldía es difícil, tal vez, por todo lo que tenemos, por las "cosas" a las que nos aferramos. La rebeldía hoy, sólo puede surgir de la fe, de la generosidad, de la solidaridad. Es cierto que hay gente con conciencia y hace lo que puede, pero no se trata de más o menos caridad o de cosas parecidas, eso son paliativos frente a lo profundo de la sociedad. La rebeldía de hoy, si es concebible, distinta a la de otras épocas partirá de otros fundamentos en Occidente, pero nuestra forma de vida, que ha dado esta sociedad, nos impide tener conciencia de lo que nos falta, pasión para estallar con la fuerza de la razón ante lo que hay, empezando por la grandiosa injusticia de la que vivimos. Los movimientos de protesta que surgen revelan algo, tal vez sean el inicio de algo más poderoso y coherente que con tiempo vaya calando en gente, en la suficiente, tal vez.[7] A veces la rebeldía o una pretendida rebeldía aparece en lugares bajo la forma de dogmatismo, fanatismo, violencia o terrorismo como forma de protesta o como utilización por parte de otros para fines turbios, confesables o no, siniestros.

La pasión que construye, que impulsa, que cambia hacia el futuro a una sociedad, que la hace avanzar hacia un escalón superior en lo humano, en ideales, es como si estuviese ausente.

Sociedades con escaso pulso, que se contraen fácilmente, que tienen pánico al futuro, que quieren, sin percibirlo, frenar el avance en lo profundo y se llega a la paralización amable. La gente trabaja, hace cosas, pero el impulso es el inevitable pasar del tiempo sin apenas movimiento, con lentitud, el pasar pasivo, por inercia, aunque algunos hagan algo, pero como sociedad no parece que sepamos a dónde vamos. Aceptamos sumisamente "lo nuevo", nos protegemos mediante derechos individuales concretos, nos sumergimos en la indiferencia vacía.

 

 

La inmediatez

Es lo que sucede enseguida, en el acto, sin demora. es también lo que está próximo, muy cercano.

El mundo que hemos construido en Occidente tiene entre otras varias características y peculiaridades la de lo inmediato en el tiempo y en el espacio.

En la inmediatez se produce la paradoja, pues tiene algo de inverosímil y absurdo con apariencia de verdadero.

La paradoja de la inmediatez está, sobre todo, en que es movimiento activo y movimiento pasivo, alienación, angustia y supone infinitud con límites, el infinito limitado.

La inmediatez entra en nuestras vidas a partir de los cambios propiciados por los avances científico-técnicos que afectan a todos los aspectos de las "cosas" y del vivir que éstas originan.

Los procesos productivos nuevos permiten la producción de mercancías en cantidades masivas y en tiempos cada vez más reducidos, es decir, pueden llegar a mucha gente con gran rapidez; los medios de transporte permiten desplazamientos de gente y de mercancías desde cualquier lugar a cualquier lugar cada vez en menos tiempo; los medios de información y de difusión permiten que, de alguna manera, estemos presentes como espectadores en cualquier suceso de cualquier parte del mundo en el mismo momento en que se produce, siempre que los que deciden lo que es importante por banal que sea y también permiten el intercambio instantáneo de toda clase de información.

Todo al alcance de gran parte de la población, sobre todo de los países desarrollados económicamente, de forma masiva. Podemos acceder a todas las "cosas" en el acto. Iniciado el proceso continúa de forma acelerada.

Todo forma parte del cambio, de la velocidad del cambio, de "lo nuevo", que al producirse incesantemente hace que siempre estemos en "lo nuevo".

Los cambios acelerados nos impulsan a desear, a querer las "cosas" aceleradamente, en el acto, ya. Mañana serán siglos. Si no las tenemos hoy no podemos disfrutarlas y además quedamos desfasados. Si las cosas llegan con lentitud pensamos que hay algo que no funciona bien. Los cambios acelerados, que afectan a cuanto nos rodea, nos hacen tener otra idea, otro concepto, otra percepción del espacio y del tiempo.

La abundancia de "cosas" nuevas que ofrece nuestra sociedad, sólo la nuestra, nos incita a que su posesión y su disfrute los exijamos de inmediato; los constantes avances, las innovaciones, hacen que todo quede anticuado con rapidez, a la misma velocidad a la que se producen los cambios.

Cambia también el lenguaje tanto de "lo nuevo" como de lo antiguo, en cierta forma contribuye a cambiar el mundo en que vivimos.

Al mismo tiempo, la instantaneidad de la información y las ingentes cantidades de la misma que circulan y fluyen a gran velocidad somos incapaces de asimilarla. La información siempre nos llega acompañada de estímulos, de órdenes para consumir miles de "cosas", todo es consumible; la misma información es una mercancía más, los informadores también.

 

La observación del mundo actual nos permite ver ese vivir en todos los órdenes de nuestra vida de cada día: prisas, compras, estar a la última, estrés, medios de difusión, de transporte, teléfonos móviles, informática, canales de TV, modas cambiantes, velocidad, previsiones que pretenden anticipar futuros sobre diferentes aspectos,... ya no medimos la distancia en kilómetros, ahora la medimos en tiempo.

El espacio deja de ser un obstáculo, una barrera, el tiempo de lo que sucede lo acortamos, las "cosas" se acumulan, "lo nuevo" se acumula y es como si tuviésemos la necesidad de devorar, de engullir todo.

Tenemos prisa por llegar, por tener, por disfrutar, por ir, por volver, por salir, por entrar, por recibir,...

En realidad es tan sólo un mundo de mercancías que revisten diversas formas. Sabemos que las mercancías son única y exclusivamente trabajo, aunque para nosotros no es así; las transformaciones que origina el trabajo y dan lugar a muchas clases de mercancías nos deslumbran y confundimos las mercancías, lo que son realmente, con la "cosa" transformada y nos parece independiente, con vida propia y no lo que las mercancías son en sí: relaciones sociales, es decir, relaciones entre personas, entre gente. Sólo vemos lo que esas transformaciones suponen de avances en las "cosas", pero so únicamente trabajo, son una clase de relación social, de relación entre todos.

El mundo de las mercancías, que se convierte en un mundo de inmediatez, lo vemos como el mundo de las "cosas" no como el mundo del hombre al haber olvidado nosotros lo que realmente subyace en las "cosas", tanto en su producción como en su consumo, en su utilización. Todo es producido por el hombre para el hombre, la desvirtuación de ese sentido y realidad original es lo que nos distorsiona.

 

En la inmediatez también hay un impulso de infinitud que, ante la incredulidad, se convierte en el horizonte máximo que podemos alcanzar, la inmediatez. Lo infinito que acaba hoy, mañana habrá otro infinito que acabará mañana y así cada día, con la única esperanza de las "cosas". La muerte no rompe el infinito limitado, es asunto de otros, nosotros tenemos como límite las "cosas" de hoy. Lo infinito en "cosas", no en tiempo, tampoco en espacio, pues la inmediatez abole el tiempo y el espacio. En el fondo la desesperanza profunda, volvemos a la angustia.

La angustia ante lo infinito lo convierte en inmediatez y se manifiesta en engullir las "cosas" compulsivamente.

 

La inmediatez originada en nuestras vidas por las "cosas" no siempre es movimiento activo, la inmediatez también es movimiento pasivo. La paradoja.

Somos espectadores permanentes de sucesos, de noticias, de banalidades, de algo: un concierto, un espectáculo deportivo o cosas similares, es movimiento ajeno, pasivo para nosotros, pero creemos estar allí. Todo es inmediato. Acaba algo y empieza otro espectáculo, noticia, etc., nunca acaba lo inmediato, nunca acaba el movimiento pasivo, el de los otros que contemplamos. Estamos pero no somos allí. El movimiento pasivo se convierte en otra forma de alienación, nos adormece. La inmediatez que nos abruma se convierte en evasión, en alienación.

El movimiento pasivo, nosotros estamos quietos, se mueve el mundo: sucesos, espectáculos, etc. Desde nuestra pasividad impotente somos espectadores y creemos avanzar con el espectáculo de la clase que sea, el espectáculo es todo, lo mismo un programa del "corazón" que cientos de anuncios, una guerra, la miseria que sufren otros,... Todo es espectáculo inmediato y nosotros lo necesitamos para sobrevivir, lo consumimos, es una "cosa" más. No somos actores del espectáculo, somos espectadores de la fama de otros, de su inmortalidad efímera, tal vez nosotros deseamos ser famosos, inmortales fugaces y formar parte del espectáculo como actores.

Lo infinito limitado, lo infinito que es finito, sólo rompe la paradoja la fama, la inmortalidad, aunque esa inmortalidad sea de un solo día para el inmortal, mañana habrá otros.

 

Si las "cosas" las engullimos compulsivamente, la "cosa" imagen nos desconcierta al devorarla, es presencia de algo, da igual que sea alguien a quien admiramos-envidiamos que una marca que habla por nosotros y da buena imagen, nuestra buena imagen, pues no somos nosotros sino por medio de algo que nos trasciende y con lo que nos identificamos, nos convertimos en "cosa", en el rol que jugamos, lo mismo la imagen de marca que la imagen de una "cosa" que puede ser un político, también imagen.

La imagen nos trasciende, es parte del dios trascendente, puede formar parte del infinito limitado, nos embauca y seduce. La imagen es otra "cosa" que contribuye a convertirnos en actores de la otra función que representamos, aunque no sea la función de la que somos espectadores, pero es nuestra función. La imagen forma parte del vestuario necesario para jugar un papel, un rol en la sociedad, eso creemos, pero no para ser nosotros. Somos por los atributos externos tan solo: marcas, títulos, mercancías que consumimos, premios, relaciones, etc. La imagen nos convierte en actores de inmediato, en cuanto nosotros nos convertimos en la "cosa" y no en nosotros, en lo que realmente somos, pero es que no sabemos qué y quiénes somos realmente.

Esto siempre, cuando no es de este modo aparecen los ritos, es lo mismo, aunque se les dé un sentido religioso, cultural, misterioso, etc. Es la misma historia de hoy, con símbolos distintos, es buscar subterfugios para evitar ser el hombre como tal, por sí mismo, es otra forma de escenificar lo ajeno, el poder,... es lo que se atribuye al rito, también la superstición, es consustancial al rito de la clase que sea.

 

El místico, que tiene sentido, deseo de inmortalidad, de infinitud por amor a su Dios, tiene prisa, pero no vive en la inmediatez compulsiva, sabe que debe esperar, desea la inmortalidad para siempre junto a su Dios, la espera. Un ejemplo entre varios, San Juan de la Cruz: "Sácame de aquesta muerte/mi Dios, y dame la vida;/no me tengas impedida/en este lazo tan fuerte;/mira que peno por verte,/y mi mal es tan entero/que muero porque no muero".

El deseo de inmortalidad no es para ser reconocido, famoso, es para diluirse en lo que cree es el Amor, Todo, pero sin desaparecer, sin desintegrarse, con conciencia de sí en el Todo. Es la diferencia externa en su concepción de la sociedad, la idea, vida y esperanza en el Amor, frente a la idea, vida y esperanza en el egoísmo, en la indiferencia vacía. En este caso el impulso es el amor, en el nuestro, en la sociedad el egoísmo. Recordemos que la sociedad premia a quien mira por su individual y exclusivo provecho.

Hay algo más, en el Místico la fe, "la fe es la más alta pasión del hombre"[8]. No es la fe perdida en los relatos o ante los metarrelatos, es fe sin relatos, sin supersticiones, sin ritos, sin dogmas, vacía de todo.

 

La muerte es la vida para el místico, la muerte no se plantea en nuestra inmediatez, es algo que pasa por ahí, incluso el proceso del entierro es un acto social más, la función que seguimos representando, y con valoraciones distintas, con precios distintos según la clase de muertos cuando la consideración es social. Tiene un valor y un precio muy superior un muerto de los países del centro del sistema que muchos juntos de cualquier otro país de la periferia, lo vemos, por ejemplo, en las guerras en las que interviene Occidente y se televisan. Cuando las guerras que hay no son guerras y no existen porque no se televisan, los muertos tampoco existen, la muerte se detiene, existe cuando es espectáculo. Los muertos de nuestra, de la sociedad, superexplotación a otros para que nos proporcionen mercancías baratas y "cosas", son irrelevantes, no existen.

 

Lo que subyace en la inmediatez es la angustia, la incapacidad para ser nosotros por nosotros mismos. Es la huida ante la desazón, la pérdida de la noción del tiempo y del espacio.

Porque los avances científico-técnicos en especial y algunos avances sociales nos han permitido encontrarnos a muchos de los de Occidente en esta situación de abundancia, de opulencia y de más libertad en la gente, creemos que como sociedad y como individuos hemos dejado atrás la historia y el pensamiento, creemos que somos superiores a cuantos hombres y sociedades han podido existir, por eso dejamos atrás la historia, la ignoramos, sin embargo, si nos desnudamos veremos que no es así. Llevamos cientos de años diciendo lo mismo, pensando sobre lo mismo y sin encontrar soluciones a lo mismo, al hombre, a los hombres, soluciones colectivas asumidas por la sociedad.

 

Si estamos de acuerdo con Nietzsche en que: "el peor, el más duradero y peligroso de todos los errores ha sido hasta ahora un error de dogmáticos, a saber, la invención por Platón del espíritu puro y del bien en sí", en el prólogo de "Más allá del bien y del mal", aunque es absurdo y simplista entender así a Nietzsche, no lo es entenderlo como inicio de un acto de rebeldía ante la hipocresía de nuestra sociedad bienpensante ante lo que se aparenta. Camus apunta acerca de las ideas de Nietzsche: ¿puede uno vivir sin creer en nada?. Su respuesta (de Nietzsche) fue afirmativa. Sí, si se hace de la ausencia de fe un método, si se lleva el nihilismo hasta sus últimas consecuencias, y si, desembarcando entonces en el desierto y dando confianza a lo que va a venir, se experimenta en el mismo movimiento el dolor y la alegría"[9]. Pero nosotros tenemos una forma de estar en el mundo con una moral nominal tan sólo y sin creer en nada, ni aun siquiera en el vacío, por eso somos una sociedad de indiferencia vacía. Nuestro problema es entonces que ante la ausencia de fe en algo, empezando por los "metarrelatos", no llevamos hasta las últimas consecuencias esa especie de nihilismo. Realmente no es nuestro problema, pues esa indiferencia también es ausencia de problemas, aunque los tengamos, pero son problemas de nuestro egoísmo, de ahí que los resolvamos con el autoengaño.

 

El mundo de las "cosas", de la inmediatez, de la abundancia, de la paradoja de la inmediatez a lo sumo  nos acerca a la angustia apacible y, como masiva que es, un valor social más, la enfermedad de esa angustia, de la indiferencia vacía, la inmediatez de movimiento pasivo, paradójico y como tal con apariencia de verdadero en cuanto vemos y vivimos aunque sea absurdo e inverosímil.

Tras lo inmediato de hoy lo de mañana y lo del día siguiente y lo de días sucesivos hasta la nada, pues lo inmediato se nos escapa siempre o se convierte en viejo y desfasado en el mismo momento de alcanzarlo, de poseerlo; lo necesitamos para seguir, para "ir tirando", pero carece de sentido duradero por su misma característica; en realidad nos aporta no tener ningún asidero firme, eso nos angustia. No sabemos vivir realmente en la duda que es la certeza, pero andamos en la incertidumbre, nos confundimos, es otra aportación de la inmediatez.

La falta de creencia en los "metarrelatos" es algo, todo es cambiante. Los principios, los valores morales son tan cambiantes como las "cosas", son igual que ellas, proceden de lo inmediato de cada día.

 

Si nos desnudamos de las "cosas" que nos envuelven y seducen quedamos sin el engaño y sin nada ajeno, sin nada exterior, no sabemos, eso nos angustia.

Quizá lo infinito no existe porque no tenemos la certeza. Dios no es lo que queremos, es decir, en nuestro utilitarismo no es utilizable, usable como cualquier otra "cosa", pues eso forma parte de nuestros derechos individuales, por tanto no es, no puede haber, existir algo o alguien fuera de nuestros derechos individuales y estructurados; tampoco es en el acto, de forma inmediata, luego no es nunca, no puede ser nunca, es inconcebible fuera de todo eso.

Nuestro dios es otra "cosa", pues nuestra vida es en lo inmediato con derechos, no es necesario plantear nada más. Si alguien tiene principios particulares, algunos individuos, pero no generales, la moral social es otra diferente, no cabe en este mundo permisivo nominalmente, la diferencia no existe, aunque creamos lo contrario.

 

Pero el mundo no funciona. los datos una vez más, pero ya no importa, vivimos en lo inmediato, no puede hacerse nada. Algún principio, algún valor, tal vez la justicia, la de nuestra nada. Para ponernos de acuerdo necesitamos discutir durante cientos de años para que al final quienes decidan por nosotros sean los expertos, mientras tanto la inercia nos lleva. Vivir en la inmediatez impide llegar a acuerdos, a principios, a ideales. Todo sigue su curso, su andar fuera de la voluntad del hombre de hoy, pero la voluntad también es cambiante, tan sólo permanece la de actuar para el exclusivo e individual provecho, y eso cada día.

 

El silencio, nuestra incapacidad para oír la música del silencio, la que sale de lo más profundo del alma. Decía la Madre Teresa de Calcuta, mujer admirada por muchos, nuevo y peculiar ídolo, nueva "cosa", y discutida por otros que: "El fruto del silencio es la oración, el fruto de la oración es la fe, el fruto de la fe es el amor. Y el fruto del amor es el servicio a los demás". Quizá sea así, tal vez no. El silencio a veces enloquece, nos da miedo, detenernos, encontrarnos a nosotros mismos.

La quietud frente a la inmediatez, su tiempo, luego veremos algo del tiempo, es otro, no tiene ritmo y es acelerado. La quietud del silencio no es la paradoja del movimiento pasivo, es el principio de la acción coherente, pero si nos lleva a enloquecer, de la acción incoherente, tal vez un principio de rebeldía, no frente a la sociedad sino frente a uno mismo.

El pavor, el espanto ante silencio nos impulsa nuevamente a la inmediatez, ahora la huida no es de la nada ni de nosotros mismos desde la irreflexión, ahora la huida es despavorida, angustiosa, nos vemos en lo oscuro, en lo que llevamos de bestia y no en la parte de ángel, o nos desesperanzamos y nos descorazonamos ante el espanto de nuestra aparente incapacidad, de nuestra inanidad, de nuestra turbiedad. Pero tras lo oscuro en que nos reconocemos está la luz en que también somos.

El silencio es individual, de cada uno, no es compartible, es nada, es vacío solitario, es aterrador, es salvador. La sinceridad en el silencio es el primer paso, la sinceridad hasta que el corazón se rompe, hasta que sangra de dolor, hasta casi enloquecer, hasta vislumbrar el alma.

El silencio es aterrador, luego paz aparente, después, otra vez desesperanza, un rayo de luz, todo es fantasía, todo es falso, ficticio, intangible, engañoso, a veces el infierno propio, único, exclusivo, un instante de esperanza, luego incredulidad de uno, profunda, incomunicable, después necesidad de fe, de Dios y otra vez el infierno. Solo se ve la oscuridad profunda, infinita, inconmensurable y al final siempre quiere aparecer la luz, tenue, débil, o el sueño de luz de oro, del sol de invierno, Júpiter dormido, el Sol gélido. Después del invierno sabemos de la primavera, luego el Sol pleno, cegador, deslumbrante, cálido, esa es la esperanza.

La semilla solitaria, enterrada que se pudre por fuera y acaba alumbrando su nueva vida que estalla, la que late dentro de ella. Pero el hombre no es semilla, procede de una semilla y es vehículo de muchas semillas, pero no es semilla, tal vez en la muerte, es la esperanza de algunos. Nosotros estamos en la vida. Somos vida con alguna clase de alma, con corazón, vida real, vida a veces sufriente que desea el gozo sin buscarlo con la pasión que es la fe, que es el amor.

El silencio que nos produce vértigo, desde el que vemos que vivimos en el abismo, en la inanidad, en la ingravidez. Huimos hacia la aceleración en la inmediatez. La inmediatez se convierte en lo único soportable, la necesidad de engullir "cosas" como huida de la angustia profunda que procede de la oscuridad infinita del silencio. No somos capaces de enfrentarnos a esa oscuridad, de zambullirnos en ella. ¿Y si todo es oscuridad únicamente?. Los que dicen que la han vivido, que la han cruzado y no han sucumbido, cuentan que tras la oscuridad siempre hay luz, quizá sean sus fantasías.

Nada sabemos. Nada arriesgamos para intentar saber. Nada arriesgamos para ser. Solo huimos.

 

 

El tiempo

Es la duración de algo. El diccionario lo define en su primera acepción como: "duración de las cosas sujetas a mudanza". Es entonces lo que transcurre entre el comienzo y el fin de algo que cambia. Al estar definido como duración tiene que ver con lo que continúa siendo o con lo que permanece, con lo que subsiste. El tiempo referido a algo, a cosas, significa que es indeterminado, pero las cosas, el algo se mueven. El tiempo es movimiento. Es movimiento en algún sitio, en algún lugar, en un espacio, de la clase que sean.

En nuestra consideración, en la de la sociedad, intentamos medirlo y nos referimos al tiempo como la sucesión de horas, de minutos, de días y de noches, en este caso intentamos que el tiempo sea algo objetivo y lo referimos al movimiento de la Tierra, de la Luna, del Sol, del Universo, en este caso el tiempo nos trasciende y decimos que el tiempo se mueve, corre, es inexorable en su ritmo que consideramos ajeno a nosotros, pero las cosas en nosotros son de otra forma.

Tiempo: "duración de las cosas sujetas a mudanza". La duración de las "cosas" que cambian o la de nosotros mismos cuando cambiamos.

Nuestra época es de cambios constantes y acelerados, con la velocidad del cambio en aumento, las "cosas" duran poco y el tiempo se contrae, es el tiempo de lo inmediato. En la inmediatez las "cosas" cambian, unas sustituyen a otras, las "cosas" no duran, no permanecen, el tiempo es muy breve en el cambio.

También es tiempo de angustia apacible, que es individual y colectiva, es un valor social más aunque no esté reconocido como tal pero sí vivido por la gente y asumido como algo normal. La duración de la angustia, el movimiento en la angustia.

Es el tiempo de la velocidad del cambio, de la velocidad del tiempo, de la velocidad del movimiento en la duración de las "cosas". El tiempo parece correr a saltos, las "cosas" se mueven a saltos cuando llegan.

En el silencio, en el segundo inevitable de silencio, la distancia que hay entre dos algos o en un algo que cambia en la inmediatez, es tiempo de desazón, de angustia, o tiempo que transcurre en un espacio, el que hay entre dos algos o en el algo que cambia, ese espacio y ese tiempo, el del silencio, para nosotros es el espacio del abismo.

El tiempo de la inmediatez y de la abundancia. Los días, en nuestra medición del tiempo, son más largos, suceden y aparecen muchas "cosas", pero también son más cortos, no caben en un día todas las "cosas" que suceden o aparecen. El espacio cambia y el tiempo cambia. A veces parece un tiempo sin tiempo.

Tiempo de conciencia, tiempo de buscarse, de buscar el yo, de reconocerse el espíritu en sus atributos esenciales u las modificaciones que experimenta en sí mismo, tiempo de conocer las cosas, tiempo para ser, al final tiempo infinito sin tiempo, el del ser, las cosas ya no permanecen, tiempo infinito en el tiempo eterno, tiempo, movimiento hacia el ser.

El tiempo eterno no tiene principio ni fin, no es el de las "cosas", el de los algo, es el de la totalidad. El tiempo infinito no tiene fin, es el de la transformación hacia la totalidad. El tiempo de la eternidad es el tiempo del no tiempo. El tiempo infinito es el de los hombres, de los hombres con fe en el sentido de Kierkegaard, de "la más alta pasión del hombre"[10]o el que explica M. Eliade: "emancipación absoluta... la más alta libertad que el hombre puede imaginar... libertad creadora por excelencia"[11], es el tiempo que se une al tiempo eterno y acaba siendo el tiempo del ser en el que no hay movimiento o en el que el movimiento es de tal magnitud que se convierte en quietud a la que se une la totalidad del movimiento, el tiempo del ser que es todo.

El movimiento, que es tiempo, es en algún lugar, en el espacio. El movimiento, el tiempo del hombre se sitúa en el espacio que es el propio hombre, el que está o el que es su mente, su corazón, su alma, su conciencia, allí se producen los cambios que origina el movimiento, allí se producen movimientos de silencio, de angustia, de todo lo que lleva el hombre para ser también espacio ilimitado en el movimiento de la imaginación creadora, del amor, de todo; también es el espacio oscuro, el espacio de la turbiedad, del infierno desde el tiempo de la angustia. Si acaba la angustia, su tiempo, es porque su propio movimiento la absorbe, su espacio desaparece, un no tiempo hace desaparecer el espacio, es el no espacio. La quietud en el ser es posible porque procede del movimiento integrador e integra el espacio.

En la sociedad occidental, frente a todo eso está el tiempo de la indiferencia vacía, es tiempo sin sentido del tiempo.

 

Queremos medir el tiempo, de la manera que llamamos objetiva, la duración de las "cosas", de los algo, cuantificarlo, los datos una vez más, y no sabemos cómo hacerlo. Queremos que el tiempo se detenga y no sabemos cómo detenerlo. La duración de algo, de algo que permanece, de las "cosas" sujetas a cambio, pero los algo, las "cosas" son situaciones: gozo, sufrimiento, inanidad, vacío, angustia, inmediatez. Cada algo tiene una duración distinta en nuestra percepción, aunque las horas o los minutos o los años de cada algo sean los mismos.

Queremos que el tiempo, los días, los minutos, se detenga, como el bíblico sol de Josué, pero nuestros minutos pasan sin sentir, es la duración de la nada, o en el sufrimiento la que creemos duración infinita, pero el tiempo transcurre imparable, es el movimiento lo que corre, no queremos llegar al infinito y agotar el tiempo, el movimiento, queremos quedarnos donde estamos y como estamos. Las "cosas", los algo, el hombre, inmersos en el tiempo duran en su movimiento y creemos que siguen siendo las mismas, pero su tiempo, su duración es hasta que se transforman y, siempre se transforman pues el movimiento les es inherente, es su esencia.

Queremos vivir sin tiempo y perdemos, ignoramos u olvidamos el pasado, todos los pasados, el de la historia que somos todos y el de cada uno. Nos engañamos y creemos que todo es el hoy, que no ha habido movimiento y en consecuencia tampoco lo habrá, tampoco vamos hacia delante, hacia el futuro, por eso queremos detener el tiempo, porque queremos parar el movimiento, nuestro movimiento. También eso nos angustia.

Queremos que el tiempo se detenga y reinventamos un pasado, cualquier pasado, nuestro pasado. El pasado que pretendemos reconstruir lo vemos sin movimiento, sin tiempo y eso queremos que sea presente, nuestro presente, reinventamos y creemos que recuperamos ese pasado sin movimiento: monumentos antiguos sin vida, su tiempo, el de su movimiento, en algún momento ha dado paso a otras "cosas", su tiempo está agotado, carece de movimiento, por eso queremos recuperarlos; el folclore antiguo; las costumbres antiguas; todo lo antiguo ya muerto. Para completar nuestro engaño llamamos a todo eso cultura, pero olvidamos o ignoramos que la cultura es el resultado del ejercicio, del trabajo, del movimiento de las facultades intelectuales, del conocimiento que suele ser acumulativo y no está agotado y, por tanto, siempre tiene tiempo, porque siempre está en movimiento. Convertimos entonces la cultura en algo muerto, ambiguo y eso suele estar bien visto por la sociedad, esa forma de cultura muerta. Todo eso porque nos asusta el tiempo, el futuro, el tiempo, el movimiento que llega.

Nos convertimos en conservacionistas o en ecologistas irracionales por la misma razón y no nos damos cuenta de que la naturaleza, que es vida, no se detiene, está siempre en movimiento ascendente y cuando contra la propia naturaleza queremos detener su movimiento, no lo logramos nunca, pero nosotros queremos que el tiempo se detenga. Cuando transgredimos el movimiento de la naturaleza y lo herimos o tergiversamos, lo pervertimos, su movimiento, su tiempo cambia de dirección y reacciona, el movimiento sigue imparable.

 

En tiempo de cambios sociales, de mayor movimiento en la sociedad, en "El Gatopardo" de Lampedusa, Tancredi le dice a su tío Don Fabrzio: "Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie". En la sociedad siempre ha sido así, Las instituciones claves que estructuran las interrelaciones humanas, que proceden de conductas profundamente arraigadas en los individuos y que una parte de las mismas se convierte en normas escritas de obligatorio cumplimiento, son las mismas desde hace cientos de años; los cambios de las "cosas" producidas por la inteligencia y la imaginación del hombre, han sido extraordinarios, pero los valores, lo que subyace, lo profundo es exactamente lo mismo que hace cientos de años, más refinado, más sofisticado, más complejo ahora, pero cambios reales, cambios sustanciales, esenciales, cambios en la naturaleza de las relaciones, no se han producido. En la sociedad occidental actual, de cambios acelerados, los fundamentos permanecen inmutables, incluso los fundamentos que impulsan los cambios, pues éstos lo son tan sólo en las "cosas". El tiempo en esto se ha detenido, la duración del algo es la de la historia, la de los hombres desde que tenemos historia, pero la historia es la misma, ese tiempo, ese movimiento de lo profundo, de lo más hondo de la sociedad apenas se mueve, es lento, casi parece detenido. En realidad es así porque siempre hemos querido y seguimos queriendo que todo siga igual, pero los cambios necesarios para que todo siga igual también nos asustan son acelerados y el tiempo del cambio, el tiempo del tiempo, se nos escapa y son otros los que producen el movimiento.

Tal vez en algún momento esos cambios, en lo que puedan afectar a lo profundo de los individuos, de muchos, supongan que el "todo siga igual" ya no sea así. Nosotros, quizá por eso, empezamos por querer que todo siga igual sin que nada cambie pues nos arrastra el cambio y nos supera sin nuestro control, sin nuestro consentimiento, sin nuestra voluntad y además contra nuestros derechos.

En la realidad inmediata en que vivimos nada sigue igual para cada uno individualmente y todo cambia, pero es únicamente en las "cosas" y nosotros al no ser nos convertimos en las "cosas"; para la sociedad, en lo profundo, es al revés. Los tiempos chocan, los cambios están en confrontación. El de la sociedad en lo profundo parece detenido, en la superficie, en cada individuo se acelera, los cambios chocan y nos dejamos llevar. Si el tiempo de la sociedad parece detenido en su movimiento más hondo, es porque el de los individuos no ha llegado a su hondura real, al ser, al yo profundo y desnudo. No es posible el tiempo, el cambio profundo de la naturaleza desnuda de la sociedad mientras no se dé en todos o en muchos individuos el yo verdadero, el ser que es quietud y movimiento infinito. Porque no nos hemos sabido encontrar a nosotros mismos y ser, todo sigue igual.

 

Nos aferramos a nuestro tiempo individual, procuramos adaptarnos a los cambios que nos superan y arrastran, pero queremos frenar los cambios, nos asustan, nos asusta nuestra vida en la angustia que producen los cambios, el movimiento, el tiempo, es como si quisiéramos que nuestras vidas permanecieran como están ahora, tenemos pánico al tiempo, al movimiento, al tiempo que nos llega anunciado por los cambios. Queremos evitar el futuro porque no sabemos ser hoy.

Buscamos y vivimos en toda clase de engaños para detener el tiempo. Vivimos desestacionalizados, contra el tiempo de la naturaleza que siempre anuncia cambios: cambiamos la hora del reloj dos veces al año para alargar la luz del día, para ahorrar energía, dicen como coartada, para intentar detener el tiempo y para no estar en la oscuridad, en el silencio, ni aun siquiera el instante inevitable, para ahuyentar el miedo y la angustia; construimos ambientes artificiales para estar siempre en primavera, para que su duración sea permanente, para vivir de manera lineal lo más posible, sin frío, sin calor, siempre igual, sin cambios, una vez más pretendemos detener el cambio, el de la naturaleza que nos quiere hablar; llenamos las ciudades de luces artificiales, la noche la convertimos en día y en los momentos de la máxima fiesta, la del consumismo necesario y compulsivo en nuestra inmediatez compulsiva, creamos un tiempo de alegría, de luz, artificial todo. Los ritmos del tiempo exterior, del movimiento exterior en el que nosotros estamos, los rompemos para no tener referencias y evitar, eludir el tiempo interior, el tiempo propio, individual, único, el movimiento, el tiempo de la conciencia, para no tener tiempo para el alma.

 

El silencio otra vez, el tiempo de silencio, inacabable cuando llegamos a intuirlo y lo rechazamos, interminable, transcurre a saltos absurdos cuando en ese movimiento de silencio emerge nuestra turbiedad; infinito cuando se llega al alma.

Dice Kierkegaard: "La sola idea de cargar con el tiempo sobre la conciencia, y dejar que en su insomne infatigabilidad escrute todo pensamiento digno de entretenerse en él, de modo que si no se hace a cada instante el movimiento en virtud de cuanto hay de más noble y sagrado en el interior de cada hombre, se puede descubrir con angustia y terror, y si no es posible de otra manera, hacer surgir por medio de la angustia, la oscura actividad que se esconde en toda vida humana, mientras que viviendo en compañía de los demás uno se olvida y escapa fácilmente de todo ello y se mantiene en pie de mil diversos modos"[12] y en una nota recuerda cómo tras el griego conócete a ti mismo, lo primero que descubrimos es nuestra disposición al mal, según he recordado antes.

Sólo es posible tener conciencia del tiempo a partir del silencio, sólo es posible tener conciencia del yo a partir del silencio. Allí, el tiempo, el movimiento es hacia el ser, como lo llaman los filósofos, hacia el yo, pero no es el yo centro del universo, es el yo en el mundo. El tiempo se prepara para ser vida en plenitud, el tiempo es plenitud. El movimiento tiene sentido. En el silencio el tiempo no se detiene, en el silencio del que emerge el yo, el movimiento es necesario, el yo tiene el impulso del infinito. Al infinito se llega por el movimiento, por el tiempo.

 

Pero el tiempo también es la duración de lo que falta, el algo es lo que falta. Cuando alcanzamos una "cosa" el tiempo de lo que falta se acaba y empieza el  tiempo de la "cosa". El tiempo de lo que falta es tiempo de inmediatez, la duración de lo que falta hasta tener otra "cosa" es carencia de lo que falta y se desea, "cosas" que sustituyen al yo; vuelve a ser manifestación de angustia para nosotros.

El tiempo de lo que falta para ser, para el yo, si por casualidad queremos ser, es tiempo de trabajo, de voluntad y de espera, es movimiento con la esperanza de un tiempo infinito, de un no tiempo.

La duración de lo que falta, la angustia por lo que no hemos alcanzado, por lo que no tenemos, por lo que no poseemos pero que en realidad cuando lo logremos nos poseerá y dominará a nosotros, por lo que nos falta para tener más "cosas" o para tener otras "cosas", por lo que nos falta para alejarnos más. Lo que nos falta somos nosotros mismos, pero al identificarnos y convertirnos en las "cosas" que deseamos, que ansiamos, porque eso es lo que sucede, nos confundimos y seguimos pensando en el tiempo que nos falta para poseer otras "cosas" que son parte de lo que representamos, de nuestra ostentación también, de lo que no somos realmente. Nos falta nosotros mismos, el yo, pero nos asusta, lo negamos y nos negamos a nosotros, sólo queremos representar, negamos el tiempo, la duración de algo que es nuestra vida, esa duración es nuestro tiempo, antes que eso, nuestra posibilidad de movimiento, de tiempo.

También es lo que dejamos de hacer, en las omisiones, pero no es detener el tiempo, el movimiento no se detiene, es distorsionar, pervertir el sentido del movimiento. Sobre todo dejamos de hacer porque no sabemos muchas veces qué debemos hacer porque no nos hemos encontrado a nosotros mismos todavía y no nos queremos encontrar. Nos negamos a nosotros y entonces nos paralizamos y angustiamos en un mundo que se mueve, de tiempo.

La duración de lo que falta que no sabemos qué es, lo que dejamos de hacer, las omisiones modificando la dirección del movimiento. El silencio no es dejar de hacer, no es omitir, es escuchar el movimiento del ser, del yo, aceptarlo y andar en él, empezar a estar en el tiempo verdadero, en el del ser.

El tiempo que falta para el yo, para un tiempo infinito que es un no tiempo en la quietud del movimiento total. ¿Es posible el no tiempo con conciencia del yo?. El ser está en el límite, en el no tiempo, en la quietud del movimiento total.

El no tiempo, a veces, lo intuimos en la imaginación, en los sueños,... se producen en un espacio que no es espacio y en un tiempo que no es tiempo, proceden de nuestra mente y entran en ella que permanece dondequiera que esté en nosotros, si es que está en algún lugar.

El no tiempo es o bien algo que no dura nada, esto es absurdo pues si no existen el algo o su carencia carecen de duración posible, o bien en la duración del algo que jamás acaba, infinito sin que transcurra o se pueda medir el tiempo; pero las cosas, los algos están sujetos a cambio, a movimiento, eso sería el tiempo detenido, la quietud, o el tiempo a una velocidad inimaginable, también la quietud; pero el tiempo no tiene velocidad, nosotros lo empleamos para medir la velocidad cuando el espacio está relacionado con él, medimos la velocidad del algo que se mueve. El movimiento de algo nos da idea del tiempo, la duración de ese movimiento, su mayor o menor velocidad acorta o ensancha el tiempo. Una velocidad infinita en un espacio supone un tiempo cero, los matemáticos lo explicarían por medio de los límites, y una velocidad nula supondría un tiempo infinito dentro de un espacio.

Lo cierto de las "cosas", de los algo, es el movimiento, así, el tiempo siempre existe, salvo en la velocidad infinita que es nulo o, en rigor matemático, tiende a cero.

En nuestro tiempo individual es la conciencia la que se mueve ahí, en su espacio propio, ahí sucede todo, es movimiento. La duración de algo es ese algo que se mueve, lo que dura el movimiento, el tiempo. Por eso en la inmediatez pretendemos detener el movimiento y con ello la angustia que también es movimiento, que también tiene tiempo, pero eso es imposible, nos engañamos con la inmediatez que suponemos es movimiento acelerado para que el tiempo se acorte y también la angustia, para no ser. Sólo podemos estar en el espacio sin tiempo, lo cual también es imposible pues, salvo en el infinito, todo algo tiene movimiento y está en el espacio. El engaño, otro movimiento, otro tiempo, no es posible y queda la angustia, la negación imposible del movimiento, del tiempo.

En la angustia huimos a la inmediatez de las "cosas" que nos alienan del tiempo en el que tendríamos que ser.

La huida es pretender eludir al ser, la omisión del ser es la "separatividad". Cuando emerge el ser sólo puede hacerlo con otros, pues el ser es la totalidad; el ser separado es el absurdo, el ser, que es con otros y en otros, es la plenitud. Solo podemos ser verdaderamente si aparece el yo, sin "cosas", sin engaños, libre.

 

El tiempo de uno, del individuo y el tiempo de la sociedad. El movimiento de uno y el movimiento de la sociedad. Los tiempos no coinciden, los movimientos son diferentes, el movimiento de uno es breve, el movimiento de la sociedad es muy largo. El tiempo de la sociedad es el movimiento de sus gentes que están en momentos separados y diferentes. El movimiento de la sociedad procede del movimiento que predomina en la mayoría de sus individuos en cada momento y en todos los momentos, esto siempre ha sido confuso, por eso la sociedad también es confusa, no da soluciones porque los individuos tomados de uno en uno no las tienen, porque el espíritu de la sociedad es el del conjunto de sus miembros y en ellos predomina la confusión, predominan los valores, la moral de siempre; cada uno tomado de uno en uno procura su exclusivo e individual provecho frente a los otros y contra los otros. Vivimos en la negación de la sociedad. Los pocos que van en otra dirección, cuyo movimiento es distinto, carecen de peso, son incapaces de construir un nuevo espíritu de la sociedad, por eso han fracasado las revoluciones, las rebeliones, los actos de rebeldía que han llevado una dirección distinta a la marcada por el espíritu de la sociedad existente, las revoluciones o rebeliones que han tenido éxito, no llevaban direcciones distintas a las del espíritu profundo de esas sociedades.

El espíritu de la sociedad, el espíritu del sistema para otros, está formado por los valores hegemónicos, predominantes en sus miembros y manifestados en sus conductas, en las relaciones con los otros. En la sociedad hay cambios en maneras, en formas ajenas a lo profundo, corrientes de opinión que se imponen en momentos que son el resultado de diversos factores entre los que los avances científico-técnicos tienen importancia. Un cambio, un movimiento de lo profundo, de lo fundamental requiere cambios profundos, movimientos profundos desde la razón libre, desde la conciencia sincera, desde la voluntad firme, y todo eso en muchos hombres y en cada uno de ellos hacia algún sitio, hacia un nuevo espacio en el que empezar otro tiempo o en el inmenso espacio de la sociedad hacia otra dirección.

Todo cambia y todo sigue igual porque la dirección del movimiento es la misma desde siempre, el tiempo es el mismo, no es infinito, es indefinido.

Los intentos de cambiar la dirección del movimiento de la sociedad han fracasado hasta ahora, su discurso no ha interesado, no ha calado en los individuos suficientes o lo han utilizado transgrediéndolo.

Repasemos la historia, cualquier historia, de cualquier sitio, de cualquier época o desde que tenemos historia, veremos que lo que nos cuentan los historiadores es siempre lo mismo, pues los impulsos, los valores sociales sin revestir de "cosas", de avances, desnudos, son los mismos desde siempre.

El tiempo de la sociedad tiene su ritmo, su movimiento, su duración no la conocemos, su dirección hacia un tiempo infinito, si eso es posible, tampoco porque la nuestra como individuos también la desconocemos; el tiempo de los movimientos de la sociedad, la duración entre el espíritu actual desde el principio de la historia hasta un nuevo espíritu, si eso es posible, tampoco la conocemos, pero su movimiento lento, largo, sólo puede darse en lo profundo, en el espíritu de la sociedad. Hemos visto que éste depende de sus miembros, allí, en su movimiento es donde puede producirse el cambio, donde realmente es posible otra sociedad. Sus tiempos son muy diferentes a los de los hombres, no tiene conciencia de su duración, se mueve empujada por los individuos. Los individuos pasan, la sociedad sigue su andar hacia no sabemos dónde en este momento.

 

El tiempo que nos concierne a los hombres, en última instancia, es el tiempo total, el tiempo del ser, el tiempo de ser hombres simplemente. Ese movimiento es de la totalidad de cada uno en los otros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] S. Kirkegaard. Temor y Temblor. Alianza. Madrid. 2001. (p.76).

[2] "Una verdadera liquidación". S. Kierkegaard... (p.51)

[3] A. N. Whitehead. La función de la Razón. Altaya. Madrid. 1.999. (p.50).

[4] B. Russell. Sociedad humana: ética y política. Altaya. Barcelona. 1.999. (p.250).

[5] G. W. Leibniz. Discurso de metafísica. AlianzaEd. Madrid. 2.002.

[6] S. Kierkegaard. Temor y Temblor. ... (p. 167). En nota a pie de página.

[7] Recuerdo aquí unas palabras dirigidas a estudiantes al acabar su diplomatura, en marzo de este año. Son palabras que hoy resultan alejadas de nuestro mundo, quizá por eso surgieron así: "Muchas generaciones de jóvenes, vosotros sois la última, se han caracterizado por ser: generosos, sinceros, valientes,... rebeldes.

"¿Qué es un hombre rebelde?. Un hombre que dice no. Pero si niega, no renuncia: es también un hombre que dice sí, desde su primer movimiento".  Son palabras de Camus, no mías.

Si recordáis la historia, veréis que ha habido algunos hombres rebeldes, no muchos, capaces de elevarse por encima de la mediocridad de sus contemporáneos; también ha habido sociedades, partes de ellas, que en momentos determinados han sido rebeldes. Eso ha contribuido a transformar el mundo.

Vosotros y muchos más como vosotros en muchos lugares, estáis empezando a construir el mundo que viene; recibís otro que ha desarrollado unas posibilidades para la humanidad como jamás se habían dado, un mundo que llamamos globalizado, y es así, también lo está en la miseria y en la injusticia. No aceptéis ese mundo.

Vuestra rebeldía, al no estar vosotros oprimidos, ni sufrir la miseria o la injusticia, ha de ser la más hermosa, la que salga de vuestros corazones nobles y sinceros. ¡Sed valientes para decir no!. ¡Sed generosos para decir sí!. ¡Sed rebeldes!.

[8] S. Kierkegaard. Temor y Temblor. ... (p. 194).

[9] A. Camus. El hombre rebelde. Alianza Ed. Madrid. 2.001. (p. 83).

[10] S. Kierkegaard. Temor y Temblor. ... (p. 194)

[11] M. Eliade. El mito del eterno retorno. Alianza. Madrid. 2.000. (p. 154)

[12] S. Kierkegaard. Temor.... (p. 167).